Bones la observaba con los brazos cruzados y la cabeza levemente ladeada, sosteniendo una sonrisa ladeada cuando escuchó el comentario acerca de los insectos. Aquella reacción no le sorprendía en absoluto, pues era bastante común que muchas personas sintieran una profunda repulsión al descubrir el tamaño que podían alcanzar los insectos en aquella isla, algunos de los cuales fácilmente podían llegar a medir lo mismo que una rata adulta.
—Aaah… bueno, espero que haya traído bastantes sopas instantáneas si no quiere terminar comiendo unas buenas cucarachas gigantes a las brasas —comentó con tono burlón, sonriendo mientras hacía aquella broma, claramente entretenido por la forma en que ella parecía disfrutar incluso los pequeños pedazos de fideo que se quedaban adheridos al costado del vaso, como si aquello fuera parte del ritual de la comida.
—Aunque también hay buena cocina del lugar que no tiene que ver con insectos —añadió poco después—, aunque debo admitir que algunos sabores… son cosas que se deben adquirir con el tiempo.
Dijo aquello sin entrar en demasiados detalles, evitando reconocer abiertamente que gran parte de la gastronomía local no era precisamente agraciada al paladar. No era raro que él mismo terminara pagando un poco más por lugares que utilizaban carne importada de otras islas, simplemente para evitar ciertas “especialidades” demasiado arraigadas a la fauna local. Mientras hablaba, el canto constante de las cigarras se hacía presente en la lejanía, marcando el ritmo de aquella tarde calurosa y densa.
Durante unos segundos, Bonez guardó silencio, quedándose a admirar el estilo elegante y estoico de Charlotte. Aquella visión era un claro ejemplo de cómo él no concebía la belleza de la misma manera que lo hacía la mayoría de las personas. No la asociaba con lo vivo, con lo luminoso ni con aquello que exigía ser mirado. Para él, lo hermoso siempre había estado ligado a algo más solemne: una quietud funeraria, una ceremonia contenida, un respeto profundo por aquello que existe a un paso del final. Esa visión se reflejaba claramente en su propia estética vudú y en la cercanía espiritual que compartía con los médicos brujos, quienes mantenían una relación respetuosa y casi reverencial con el fino hilo que separa la vida de la muerte.
Y ella encajaba ahí.
Encajaba con una naturalidad inquietante, como si perteneciera a ese espacio sin esfuerzo alguno.
Su apariencia no se sentía como un adorno ni como una provocación deliberada; era, más bien, una declaración silenciosa. Los tonos oscuros que la envolvían no buscaban ocultarla, sino delimitarla, del mismo modo en que se lleva un luto con dignidad y elegancia. Cada pliegue de su vestimenta evocaba rituales antiguos, procesiones nocturnas en las que la muerte no es temida, sino acompañada con solemnidad. El contraste entre la palidez de su piel, la elegancia del negro de sus prendas y los tonos verdosos que rompían la monocromía le otorgaban un aire marcadamente ritualístico, casi ceremonial.
Bones desvió entonces la mirada para observar durante unos segundos la rudimentaria clínica que los rodeaba. A pesar de que su estructura parecía básica y poco refinada, resultaba evidente que los estantes estaban repletos de frascos, preparados y muestras medicinales. Aquello contrastaba fuertemente con la escasez de conocimiento médico que solía verse en las zonas más pobres de Samba, donde la falta de recursos era la norma. Allí, en cambio, aquella abundancia parecía algo casi natural, como si la isla misma favoreciera ese tipo de saberes.
—Pues me gustaría ir a la biblioteca, si no es mucha molestia —dijo finalmente, retomando la conversación—. Tengo interés en algunas hiedras que deseo investigar, para estudiar ciertas propiedades que podrían ser útiles contra algunas infecciones. Son conocimientos que podrían ayudar a un conocido al que estimo mucho… y, con algo de suerte, salvarle la vida.
Su tono se volvió ligeramente más contenido, más cercano a una petición formal. —Soy consciente de que quizá estaba pidiendo demasiado, considerando que es la encargada del lugar, mademoiselle, pero aun así necesito acceder a esa información y conocer a fondo las propiedades de aquellas plantas.—
Dicho esto, asintió suavemente, ofreciéndole una sonrisa calmada cuando ella finalmente se presentó con aquel nombre: Charlotte. Un nombre que, de alguna manera, había esperado escuchar de labios de alguien con ese acento francés tan marcado. Normalmente se presentaba simplemente como “Bones”, pero al encontrarse frente a una colega y profesional de la medicina, optó por algo distinto. Realizó una leve genuflexión respetuosa, retirándose el sombrero y llevándolo hacia su pecho en una breve pero sentida reverencia.
—Me llamo Baltazar. Provengo de Centaurea, de una tribu de médicos brujos con profundas tradiciones del vudú y de antiguas tradiciones de cirugías y artes medicas de las áreas misticas. Aunque, en lo profesional… —añadió mientras volvía a colocarse el sombrero de copa adornado con calaveras incrustadas—, suelo presentarme como Dr. Bones. O, al menos, así es como me he dado a conocer.
—Aaah… bueno, espero que haya traído bastantes sopas instantáneas si no quiere terminar comiendo unas buenas cucarachas gigantes a las brasas —comentó con tono burlón, sonriendo mientras hacía aquella broma, claramente entretenido por la forma en que ella parecía disfrutar incluso los pequeños pedazos de fideo que se quedaban adheridos al costado del vaso, como si aquello fuera parte del ritual de la comida.
—Aunque también hay buena cocina del lugar que no tiene que ver con insectos —añadió poco después—, aunque debo admitir que algunos sabores… son cosas que se deben adquirir con el tiempo.
Dijo aquello sin entrar en demasiados detalles, evitando reconocer abiertamente que gran parte de la gastronomía local no era precisamente agraciada al paladar. No era raro que él mismo terminara pagando un poco más por lugares que utilizaban carne importada de otras islas, simplemente para evitar ciertas “especialidades” demasiado arraigadas a la fauna local. Mientras hablaba, el canto constante de las cigarras se hacía presente en la lejanía, marcando el ritmo de aquella tarde calurosa y densa.
Durante unos segundos, Bonez guardó silencio, quedándose a admirar el estilo elegante y estoico de Charlotte. Aquella visión era un claro ejemplo de cómo él no concebía la belleza de la misma manera que lo hacía la mayoría de las personas. No la asociaba con lo vivo, con lo luminoso ni con aquello que exigía ser mirado. Para él, lo hermoso siempre había estado ligado a algo más solemne: una quietud funeraria, una ceremonia contenida, un respeto profundo por aquello que existe a un paso del final. Esa visión se reflejaba claramente en su propia estética vudú y en la cercanía espiritual que compartía con los médicos brujos, quienes mantenían una relación respetuosa y casi reverencial con el fino hilo que separa la vida de la muerte.
Y ella encajaba ahí.
Encajaba con una naturalidad inquietante, como si perteneciera a ese espacio sin esfuerzo alguno.
Su apariencia no se sentía como un adorno ni como una provocación deliberada; era, más bien, una declaración silenciosa. Los tonos oscuros que la envolvían no buscaban ocultarla, sino delimitarla, del mismo modo en que se lleva un luto con dignidad y elegancia. Cada pliegue de su vestimenta evocaba rituales antiguos, procesiones nocturnas en las que la muerte no es temida, sino acompañada con solemnidad. El contraste entre la palidez de su piel, la elegancia del negro de sus prendas y los tonos verdosos que rompían la monocromía le otorgaban un aire marcadamente ritualístico, casi ceremonial.
Bones desvió entonces la mirada para observar durante unos segundos la rudimentaria clínica que los rodeaba. A pesar de que su estructura parecía básica y poco refinada, resultaba evidente que los estantes estaban repletos de frascos, preparados y muestras medicinales. Aquello contrastaba fuertemente con la escasez de conocimiento médico que solía verse en las zonas más pobres de Samba, donde la falta de recursos era la norma. Allí, en cambio, aquella abundancia parecía algo casi natural, como si la isla misma favoreciera ese tipo de saberes.
—Pues me gustaría ir a la biblioteca, si no es mucha molestia —dijo finalmente, retomando la conversación—. Tengo interés en algunas hiedras que deseo investigar, para estudiar ciertas propiedades que podrían ser útiles contra algunas infecciones. Son conocimientos que podrían ayudar a un conocido al que estimo mucho… y, con algo de suerte, salvarle la vida.
Su tono se volvió ligeramente más contenido, más cercano a una petición formal. —Soy consciente de que quizá estaba pidiendo demasiado, considerando que es la encargada del lugar, mademoiselle, pero aun así necesito acceder a esa información y conocer a fondo las propiedades de aquellas plantas.—
Dicho esto, asintió suavemente, ofreciéndole una sonrisa calmada cuando ella finalmente se presentó con aquel nombre: Charlotte. Un nombre que, de alguna manera, había esperado escuchar de labios de alguien con ese acento francés tan marcado. Normalmente se presentaba simplemente como “Bones”, pero al encontrarse frente a una colega y profesional de la medicina, optó por algo distinto. Realizó una leve genuflexión respetuosa, retirándose el sombrero y llevándolo hacia su pecho en una breve pero sentida reverencia.
—Me llamo Baltazar. Provengo de Centaurea, de una tribu de médicos brujos con profundas tradiciones del vudú y de antiguas tradiciones de cirugías y artes medicas de las áreas misticas. Aunque, en lo profesional… —añadió mientras volvía a colocarse el sombrero de copa adornado con calaveras incrustadas—, suelo presentarme como Dr. Bones. O, al menos, así es como me he dado a conocer.
