11-01-2026, 11:31 PM
Vestimenta
Samba era un lugar de muchas virtudes, unos cuántos defectos y sobre todo, millares de situaciones impredecibles que volvían el juego de aventurarse por la isla algo extremadamente divertido. El marine eligió aquella vez pasearse por el mercado marítimo, con varios puestos cercanos a la playa ofreciendo un centenar de artilugios de lo más variado, entre joyas, reliquias y promesas de tesoros, o mapas que profesaban el descubrimiento de frutas raras y recursos exóticos. A juicio del marine, eran estafas muy bien elaboradas para cazar a aquellos que aún no salían del capullo.
—¡No es ninguna mentira, amable caballero! Si lo compra, el poder estará al alcance de su mano, todo lo que podría desear o imaginar. Sólo lo encontrará gracias a esto. —agita el trozo de tela con dibujos garabateados en el susodicho, intentando ocultar el contenido del mismo aunque sin demasiado éxito. Desde luego, le faltaba alma de vendedora a la señora, uno pensaría que los años forjarían una experiencia digna, pero supuso que a veces se tiene talento para determinadas cosas o simplemente no hay nada que ofrecer.
—Por supuesto que sí, tiene usted toda la razón. Es más, ¡se lo compraré por el doble del precio que me pide! —la mujer se quedó sorprendida y durante instantes no supo que decir, momento donde Shin aprovechó para volver a interrumpir —Sólo déjeme buscar mi cartera... —no, no es que iba a ser víctima de una estafa, sencillamente se fijó en sus pintas, estaba seguro de que era una ciudadana perteneciente a la zona más cercana al río, donde viven los pobres, quienes son apartados de la población noble cercana al palacio. Hasegawa no podía evitar el deseo por ayudar a esa clase social, aunque lastimosamente en esa ocasión algo interrumpiría su oleada de buenas intenciones.
A la distancia fue cautivado por una mujer altísima, en bañador. Sus perfectos muslos adornados con una falda transparentada, el derecho rodeado de joyería, lo que enaltecía su piel morena. Hasegawa detuvo su accionar para reacomodarse las gafas, exponiendo sus ojos cerúleos a la luz matutina, observándola con mucho más detalle. No fue sólo la señorita quien se robó toda su atención, sino, la compañía de apariencia indeseada que tenía delante. No escapó al detalle de que intentaron ponerle las manos encima, dos veces. —Disculpe, señora. Tengo algo que hacer, no se vaya que me llevaré ese mapa conmigo en un momento. —con toda la calma del mundo, se decidió y se acercó.
Aquel día no iba de marine, sino, como un civil cualquiera, y por ello pasó desapercibido ante posibles estafas con la mercadería de dudosa procedencia. Sin embargo, lo que no parecía falso eran las joyas encima del tablón bajo, vendidas por la señorita altísima del otro lado. Se percató de la cuenta a punto de caer, y se inclinó la suficiente para evitar que toque el suelo, sosteniéndola con la mano justo a tiempo.
—Como dicen, esto parece valer su precio en oro. —asiente, mientras coloca la joya a la altura de su rostro, observándola con suma atención. Al mismo tiempo se quita las gafas y las coloca en el cuello de su camiseta blanca, mirándolos a todos. —¡Yō! ¿Interrumpo algo? Me dieron ganas de comprar. Para nada me vi convencido por nuestra humilde vendedora, esto parece de buena calidad... —se inclina sobre el resto de su mercancía y coloca la cuenta en su lugar, volteándose nuevamente al dúo problemático.
—De hecho, sí. Estábamos a punto de cerrar un negocio de los grandes. Puedes volver por donde viniste. —con dejes de soberbia le contesta, aunque no sabía que estaba delante de uno de los mayores ególatras que se había topado jamás.
—Esto... nah, me quedo. —ignorándolos, les da la espalda, elevando la vista para observar a la encantadora mujer. Aunque siendo honesto, tranquilamente se podría haber quedado observando sus muslos, estaban a la altura perfecta. —¿Qué le parece si le compro todo el tablón, hm? ¿A cuánto me lo deja? ~ —con un tono casi seductor y animado, se centró en ella, sin esperarse que repentinamente el tipo con el cual interactuó hace segundos lo sostendría del hombro para voltearlo, y posteriormente intentar darle un puñetazo.
—Eh, niño bonito, respeta la fila. —el consiguiente impacto fue casi que en cámara lenta para Hasegawa, pudiendo activar el poder de su fruta al instante. No necesitó esquivarlo, el puño era de carne y huesos, no había elementos en él, ni algo que le preocupara, además, ya había comprobado su intangibilidad cuando no controlaba la pika pika, sabía que al convertirse en luz, sencillamente iba a traspasarlo.
Y así fue. El contorno del marine se volvió dorado, para luego iluminar el resto de su cuerpo mientras mantenía la misma sonrisa pasota que siempre predomina en sus gestos. Antes de que por la misma inercia el hombre pasase de largo y cayese sobre el puestecito de la mujer, Shin dio dos pasos hacia delante, volvió a hacerse tangible y lo sostuvo del pañuelo pirata del cual parecía fardar con mucho orgullo, impulsándolo contra el compañero de un tirón que poco más y tiñe su piel de morado al asfixiarlo durante segundos. —¡Muy lento! —exclama, justo al instante en que los cuerpos del dúo se chocan entre sí.
De un segundo a otro, la luz dorada parece absorber el cuerpo de Hasegawa, haciéndolo desaparecer momentáneamente, reapareciendo a una velocidad absurda al costado izquierdo de los dos, volviéndose tangible para asestar una patada en la zona costillar de ambos al mismo tiempo que los impulsó unos pocos metros hacia el otro costado, haciéndolos caer sobre la arena. Shin se quedó en su lugar, sacudiéndose las manos como si estuviesen llenas de polvo y ampliando su sonrisa, mirando a la morena hacia arriba —Bueno, ¿en qué estábamos? —aquel poder sólo podía provenir de una fruta del diablo, eso estaba claro, y los hombres, ahora asustados, tenían claras las represalias.
—¡Desgraciado! ¡Cuando le digamos a la marina de ti vas a reírte pero tras las rejas! —una amenaza vacía, para quien representa la ley, claro está.
—Hehe, yo soy marine. ¿Quieren terminar tras las rejas ustedes? Porque con gusto me los llevaría. —ladeando la cabeza y mostrando un lado más... sádico, les expone consecuencias claras. Aquello fue suficiente para que se resignen y huyan despavoridos, levantando algo de arena en el camino. Shin entonces se enderezó nuevamente, hasta sacando pecho para presumir de ello frente a la vendedora a su lado.
—No entiendo por qué alguien querría ponerle las manos encima a alguien como usted, la verdad. Aunque bueno, si hablamos de contextos más específicos... tendría más sentido. —mismo tono grave y masculino que antes, quizás más dulce, incluso, con toda la intención de volverlo adictivo al oído de quien lo escucha, acompañado de gestos que ante la media se podrían considerar llamativos, hipnóticos. Hasegawa se sabía atractivo, y también conocía las formas de abusar de ello.
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![[Imagen: vEBNZb3.png]](https://i.imgur.com/vEBNZb3.png)
