13-01-2026, 09:22 AM
Para variar, estaba finalmente en una misión revolucionaria presumiblemente junto a mi fiel camarada Daigo Stein... Que por cierto. ¿Dónde andaba él? Bueno, prosigamos:
Estaba vestida como era habitual, más semejante a una pirata que a lo que se supone que los revolucionarios éramos. Tenía mi sombrero de capitana, mi polémico Corset que dejaba mis piernas al descubierto y mis típicas botas bucaneras que sobrepasaban por encima de mi rodilla en su altura. Gracias al enorme tacón de las mismas pasaba de mis nada destacables 165cm con los pies en el suelo a poco más de un metro setenta.
Mi cabello se arremolinaba en su descenso por todo mi rostro, llegando hacia el escote de mi pecho. Mi piel pálida, blanquecina, resaltaba mi figura entre colores oscuros de mi prendas creando un bonito y muy marcado contraste de luz y oscuridad.
Gracias a mi adjudicada belleza y capacidad seductiva de la que no era consciente, había llamado un poco la atención de los presentes. Presumiblemente más de un ojo curioso se dirigió a distintas partes de mi cuerpo, acción a la que no le daba demasiada importancia.
Me concentraría en buscar pistas, pero primero debía pasar como una miembro más de este no tan afamado bar. Lastimosamente no soy ni era ni posiblemente nunca llegue a ser una buena bebedora. - Madame. ¿Podría pedir un vaso de leche y algo dulce para acompañar? - Llamé su atención con un gesto de mi mano y mi apagado tono de voz, mi acento francés me permitió destacar entre los demás aunque no de la forma en la que me gustaría. Se notaba a leguas que no pertenecía a ese bar, que ni siquiera hablábamos el mismo dialecto. Mi aura fría y fúnebre es perfectamente distinguible de otras, sobre todo entre ellas otras diez almas allí presentes además de Madame Rossie.
- Je pensé que debe dar algo de gracia escuchar a una extranjera pedir un vaso de leche en un bar. C'est étonnant. No soy muy tolerante al alcohol, más no quiero que me impida disfrutar de este bar tan bonito. - Estaba siendo honesta, brutalmente honesta con mis pensamientos. Quería hablar primera para que nadie me preguntase algo comprometedor y tener que evitar preguntas incómodas. De paso, si algún postre me gustaba estaríamos hablando de matar dos pájaros de un tiro. ¡Comer y trabajar! C’est magnifique.
Utilicé mi olfato para sacar información del lugar: Había sido bendecida con una capacidad superior para detectar químicos a través de mi nariz. Era capaz de distinguir la humedad de la madera, los distintos tipos de alcoholes y sustancias a varios metros de mí… El hierro de la sangre, por supuesto y también paneaba en un intento de identificar la ubicación de mi compañero o procedería yo misma de todas maneras.
Aún así, hice un pequeño gesto entrecerrando mis ojos. El bar a estas horas estaba bastante sucio, con parte de su mobiliario impregnado con aroma a cebada, tequilas, vino merlot y otros más baratos. Sentí que mi nariz estaba un poco saturada y que debía acostumbrarme a esta sensación consecuencia a que en el mar todos son de beber… Excepto Mademoiselle Charlotte evidentemente.
- Me pregunto si debería tomar alcohol… Quizá eso me sirva para desinhibirme y conseguir lo que necesito… Ni siquiera me siento en confianza para encarar a esos hombres. - Me dije a mí misma, en un tono bajo. Me senté en la barra como cualquier persona lo haría al esperar su pedido. Me sentía algo temerosa, pero eso no parecía importarle a los demás. ¿Por qué? Bueno… Mi afamado trasero estaba llamando demasiado la atención: Al tener mis muslos sobre el taburete no había nada que lo ocultase de las miradas ajenas. Además, este se veía enaltecido por mi postura erguida y elegante al sentarme, mi cruce de piernas y el porte con el cual hablaba. Sería cuestión de tiempo que alguien intentase algo más, cosa que debería aprovechar.
Estaba vestida como era habitual, más semejante a una pirata que a lo que se supone que los revolucionarios éramos. Tenía mi sombrero de capitana, mi polémico Corset que dejaba mis piernas al descubierto y mis típicas botas bucaneras que sobrepasaban por encima de mi rodilla en su altura. Gracias al enorme tacón de las mismas pasaba de mis nada destacables 165cm con los pies en el suelo a poco más de un metro setenta.
Mi cabello se arremolinaba en su descenso por todo mi rostro, llegando hacia el escote de mi pecho. Mi piel pálida, blanquecina, resaltaba mi figura entre colores oscuros de mi prendas creando un bonito y muy marcado contraste de luz y oscuridad.
Gracias a mi adjudicada belleza y capacidad seductiva de la que no era consciente, había llamado un poco la atención de los presentes. Presumiblemente más de un ojo curioso se dirigió a distintas partes de mi cuerpo, acción a la que no le daba demasiada importancia.
Me concentraría en buscar pistas, pero primero debía pasar como una miembro más de este no tan afamado bar. Lastimosamente no soy ni era ni posiblemente nunca llegue a ser una buena bebedora. - Madame. ¿Podría pedir un vaso de leche y algo dulce para acompañar? - Llamé su atención con un gesto de mi mano y mi apagado tono de voz, mi acento francés me permitió destacar entre los demás aunque no de la forma en la que me gustaría. Se notaba a leguas que no pertenecía a ese bar, que ni siquiera hablábamos el mismo dialecto. Mi aura fría y fúnebre es perfectamente distinguible de otras, sobre todo entre ellas otras diez almas allí presentes además de Madame Rossie.
- Je pensé que debe dar algo de gracia escuchar a una extranjera pedir un vaso de leche en un bar. C'est étonnant. No soy muy tolerante al alcohol, más no quiero que me impida disfrutar de este bar tan bonito. - Estaba siendo honesta, brutalmente honesta con mis pensamientos. Quería hablar primera para que nadie me preguntase algo comprometedor y tener que evitar preguntas incómodas. De paso, si algún postre me gustaba estaríamos hablando de matar dos pájaros de un tiro. ¡Comer y trabajar! C’est magnifique.
Utilicé mi olfato para sacar información del lugar: Había sido bendecida con una capacidad superior para detectar químicos a través de mi nariz. Era capaz de distinguir la humedad de la madera, los distintos tipos de alcoholes y sustancias a varios metros de mí… El hierro de la sangre, por supuesto y también paneaba en un intento de identificar la ubicación de mi compañero o procedería yo misma de todas maneras.
Aún así, hice un pequeño gesto entrecerrando mis ojos. El bar a estas horas estaba bastante sucio, con parte de su mobiliario impregnado con aroma a cebada, tequilas, vino merlot y otros más baratos. Sentí que mi nariz estaba un poco saturada y que debía acostumbrarme a esta sensación consecuencia a que en el mar todos son de beber… Excepto Mademoiselle Charlotte evidentemente.
- Me pregunto si debería tomar alcohol… Quizá eso me sirva para desinhibirme y conseguir lo que necesito… Ni siquiera me siento en confianza para encarar a esos hombres. - Me dije a mí misma, en un tono bajo. Me senté en la barra como cualquier persona lo haría al esperar su pedido. Me sentía algo temerosa, pero eso no parecía importarle a los demás. ¿Por qué? Bueno… Mi afamado trasero estaba llamando demasiado la atención: Al tener mis muslos sobre el taburete no había nada que lo ocultase de las miradas ajenas. Además, este se veía enaltecido por mi postura erguida y elegante al sentarme, mi cruce de piernas y el porte con el cual hablaba. Sería cuestión de tiempo que alguien intentase algo más, cosa que debería aprovechar.
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