13-01-2026, 01:30 PM
Sonreí cuando empezó a hablar. No fue un gesto pensado; simplemente apareció, acomodándose solo en la cara cuando alguien entra bien en la conversación. Incliné apenas la cabeza mientras la escuchaba, sin apurar nada, dejando que sus palabras se asienten antes de buscar respuesta. Sus orejas se movían con una naturalidad hipnótica: una atenta, firme; la otra más suelta, juguetona. No me causaron risa, me generaron una ternura tranquila. Hay cuerpos que escuchan enteros, no solo desde el silencio.
— Si me lo repiten tanto, será porque no saben qué otra cosa decir — respondí, siguiendo el hilo de su broma — Igual prefiero que acá me hablen como persona. Las ideas no se cansan. Yo sí.
Me acomodé un poco más en el banco cuando terminó de sentarse. La madera crujió bajo el peso compartido, un sonido familiar que no me molestaba. Desde ahí, la diferencia de alturas dejaba de ser una distancia, como si el mundo se hubiera nivelado a propósito para la charla.
— Las pavadas importantes es casi todo lo que está bien en este mundo — agregué — Lo serio de verdad suele necesitar menos explicación y más presencia.
Asentí con calma cuando habló de volver a la isla, de ese ir y venir que no termina de cortarse nunca del todo. Ese pulso lo conocía bien: llegar, irse, volver con otra forma.
— Este lugar guarda a la gente — dije, señalando el salón sin dramatismo — Aunque te vayas, algo tuyo se queda. Y cuando volvés… lo encontrás esperándote. Es todo un tema.
Su comentario sobre pedirme bailar me sacó una risa breve. Bajé la mirada apenas, más por disfrute que por timidez, comenzaba a caerme simpática la coneja.
— Hhh-heh-hhh... No voy a meterme con religiones — contesté — pero no pienso cometer ningún sacrilegio hoy. Una pieza, al menos, está más que bien.
Alrededor nuestro, el Centro seguía vivo. Alguien chocó contra la mesa y pidió disculpas con una reverencia exagerada. Cerca de la ventana, dos personas discutían pasos con pasión innecesaria. La música bajaba y subía como una respiración larga. Todo seguía pasando, sin pedirnos permiso.
La dejé hablar sin interrumpirla cuando se embaló. Me apoyé apenas hacia atrás, cómoda, acompañando su ritmo. Ese entusiasmo no lo iba a interrumpir, ya que se notaba que estaba siendo leal a su personalidad. Cuando se disculpó, negué despacio con la cabeza.
— No hace falta — le dije — Acá hablar también es una forma de bailar. La lengua a veces se acelera, a veces se enrieda… pero siempre dice algo.
La observé tomar la fruta, masticar con decisión y después resistir con una dignidad admirable. Esta vez sí me reí, abiertamente, cuando vació varios vasos de agua seguidos. Me recordó a mi misma cuando la vieja esa, que no volví a ver... me dio esa endemoniada fruta con los mismos patrones ¿habrá metido mano acá también?
— Esa fruta es una trampa — admití — Nadie sabe por qué sigue apareciendo, ni cómo o quién la consigue, pero ya es parte del ritual. Sobreviviste: eso cuenta.
Deslicé mi botella un poco más cerca de ella. No iba a revelarle que capaz esa cochinada de la naturaleza le otorgaría poderes, se enteraría tarde o temprano.
Cuando propuso bailar y charlar al mismo tiempo, ladeé la cabeza, evaluando la idea con interés real.
— Me gusta — dije con una media sonrisa — Hablar mientras el cuerpo se mueve cambia lo que una dice. Se vuelve más sincero y sin filtros.
Entonces dijo su nombre completo y habló de su oficio. Giré un poco el torso hacia ella, atenta.
— Comerciante… mirá qué coincidencia — comenté con genuina sorpresa — Yo también. Aunque en otro terreno. Trabajo con joyas.
Lo dije sin solemnidad, dejándolo ahí como al pasar, accesible.
— Piezas a pedido, trabajos chicos y otros más grandes — continué — Me interesa ese momento en que el metal deja de ser material y pasa a ser elección: no sólo para lucir bonito o acaudalado, sino también para contar una historia de sí mismo sin hablar.
La música empezó a cambiar de nuevo. Algunas personas se levantaron, otras se acercaron a la pista con anticipación. El ambiente se tensó con esa expectativa linda que anuncia un nuevo movimiento.
— Tengo además un proyecto propio dando vueltas — añadí, bajando apenas la voz — todavía está verde, pero apunta a crear algo donde el intercambio no sea solo comercial. Si te da curiosidad, después lo charlamos.
Le sostuve la mirada un segundo, cómplice.
— Después de un buen meneo de esqueleto — sumé, con humor — Las ideas suelen acomodarse mejor cuando el cuerpo ya habló.
Cuando me devolvió la pregunta, esta vez sí respondí sin rodeos. Me tomé apenas un segundo, más para ordenar que para esquivar.
— Sí — dije — Me gustaría saber qué te trajo de vuelta ahora. No al Centro… a la isla. Qué estás buscando, o qué dejaste de buscar. A veces eso dice más que saber el punto de partida.
Apoyé las manos sobre las rodillas y me incliné un poco hacia adelante. No me levanté todavía, pero el gesto ya marcaba intención.
— Y también quiero saber cuánto aguantás en la pista — añadí, con un guiño — Porque yo no corro carreras… pero tampoco bailo corto.
Volví a mirarla con atención abierta, sin apuro, mientras la música se acomodaba para arrancar otra vez.
— Si me lo repiten tanto, será porque no saben qué otra cosa decir — respondí, siguiendo el hilo de su broma — Igual prefiero que acá me hablen como persona. Las ideas no se cansan. Yo sí.
Me acomodé un poco más en el banco cuando terminó de sentarse. La madera crujió bajo el peso compartido, un sonido familiar que no me molestaba. Desde ahí, la diferencia de alturas dejaba de ser una distancia, como si el mundo se hubiera nivelado a propósito para la charla.
— Las pavadas importantes es casi todo lo que está bien en este mundo — agregué — Lo serio de verdad suele necesitar menos explicación y más presencia.
Asentí con calma cuando habló de volver a la isla, de ese ir y venir que no termina de cortarse nunca del todo. Ese pulso lo conocía bien: llegar, irse, volver con otra forma.
— Este lugar guarda a la gente — dije, señalando el salón sin dramatismo — Aunque te vayas, algo tuyo se queda. Y cuando volvés… lo encontrás esperándote. Es todo un tema.
Su comentario sobre pedirme bailar me sacó una risa breve. Bajé la mirada apenas, más por disfrute que por timidez, comenzaba a caerme simpática la coneja.
— Hhh-heh-hhh... No voy a meterme con religiones — contesté — pero no pienso cometer ningún sacrilegio hoy. Una pieza, al menos, está más que bien.
Alrededor nuestro, el Centro seguía vivo. Alguien chocó contra la mesa y pidió disculpas con una reverencia exagerada. Cerca de la ventana, dos personas discutían pasos con pasión innecesaria. La música bajaba y subía como una respiración larga. Todo seguía pasando, sin pedirnos permiso.
La dejé hablar sin interrumpirla cuando se embaló. Me apoyé apenas hacia atrás, cómoda, acompañando su ritmo. Ese entusiasmo no lo iba a interrumpir, ya que se notaba que estaba siendo leal a su personalidad. Cuando se disculpó, negué despacio con la cabeza.
— No hace falta — le dije — Acá hablar también es una forma de bailar. La lengua a veces se acelera, a veces se enrieda… pero siempre dice algo.
La observé tomar la fruta, masticar con decisión y después resistir con una dignidad admirable. Esta vez sí me reí, abiertamente, cuando vació varios vasos de agua seguidos. Me recordó a mi misma cuando la vieja esa, que no volví a ver... me dio esa endemoniada fruta con los mismos patrones ¿habrá metido mano acá también?
— Esa fruta es una trampa — admití — Nadie sabe por qué sigue apareciendo, ni cómo o quién la consigue, pero ya es parte del ritual. Sobreviviste: eso cuenta.
Deslicé mi botella un poco más cerca de ella. No iba a revelarle que capaz esa cochinada de la naturaleza le otorgaría poderes, se enteraría tarde o temprano.
Cuando propuso bailar y charlar al mismo tiempo, ladeé la cabeza, evaluando la idea con interés real.
— Me gusta — dije con una media sonrisa — Hablar mientras el cuerpo se mueve cambia lo que una dice. Se vuelve más sincero y sin filtros.
Entonces dijo su nombre completo y habló de su oficio. Giré un poco el torso hacia ella, atenta.
— Comerciante… mirá qué coincidencia — comenté con genuina sorpresa — Yo también. Aunque en otro terreno. Trabajo con joyas.
Lo dije sin solemnidad, dejándolo ahí como al pasar, accesible.
— Piezas a pedido, trabajos chicos y otros más grandes — continué — Me interesa ese momento en que el metal deja de ser material y pasa a ser elección: no sólo para lucir bonito o acaudalado, sino también para contar una historia de sí mismo sin hablar.
La música empezó a cambiar de nuevo. Algunas personas se levantaron, otras se acercaron a la pista con anticipación. El ambiente se tensó con esa expectativa linda que anuncia un nuevo movimiento.
— Tengo además un proyecto propio dando vueltas — añadí, bajando apenas la voz — todavía está verde, pero apunta a crear algo donde el intercambio no sea solo comercial. Si te da curiosidad, después lo charlamos.
Le sostuve la mirada un segundo, cómplice.
— Después de un buen meneo de esqueleto — sumé, con humor — Las ideas suelen acomodarse mejor cuando el cuerpo ya habló.
Cuando me devolvió la pregunta, esta vez sí respondí sin rodeos. Me tomé apenas un segundo, más para ordenar que para esquivar.
— Sí — dije — Me gustaría saber qué te trajo de vuelta ahora. No al Centro… a la isla. Qué estás buscando, o qué dejaste de buscar. A veces eso dice más que saber el punto de partida.
Apoyé las manos sobre las rodillas y me incliné un poco hacia adelante. No me levanté todavía, pero el gesto ya marcaba intención.
— Y también quiero saber cuánto aguantás en la pista — añadí, con un guiño — Porque yo no corro carreras… pero tampoco bailo corto.
Volví a mirarla con atención abierta, sin apuro, mientras la música se acomodaba para arrancar otra vez.
Cita:OFF: Te dejo a ti la elección del próximo tema... sorpréndeme (?)
