13-01-2026, 10:27 PM
Por primera vez desde que había abandonado Centaurea, Daigo tenía una misión clara que debía completar. No se trataba de proteger a los suyos, ni de vigilar desde las alturas, ni de interponerse entre la selva y quienes no sabían cómo sobrevivir en ella. Esta vez el encargo era distinto, buscar información y eso, para alguien como él, siempre era más molesto que romper huesos. El objetivo era un bar con fama de frecuentarse por marines en una de las islas cercanas. Un lugar donde las lenguas se soltaban con el alcohol y las miradas se volvían descuidadas justo el tipo de sitio que Daigo detestaba. No le gustaba mezclarse, no le gustaba el ruido, y mucho menos fingir ser algo que no era, pero la información era necesaria, y la Revolución no se sostenía solo con fuerza bruta.
Al menos no tendría que hacerlo solo. Según el informante, tendría una compañera asignada para la misión, la corsaria, ese era el apodo que él mismo le había puesto, casi por inercia, porque a sus ojos tenía más de pirata que de revolucionaria. Su forma de moverse, de hablar, incluso la manera en la que miraba el mundo todo en ella gritaba libertad sin pedir permiso. A Daigo le causaba cierta gracia, aunque jamás lo admitiría en voz alta. No obstante, debía reconocer algo, que ella fuera su compañera no le molestaba en absoluto, sabía defenderse, sabía leer ambientes hostiles y, sobre todo, no parecía intimidarse por su tamaño, su voz o su perpetua expresión de mal humor, eso ya la colocaba por encima de muchos.
Daigo colocó el escudo a su espalda con un movimiento lento y calculado, asegurándolo antes de dejar caer la capa por encima. La tela oscura cubrió casi por completo el metal, ocultándolo a simple vista; no era prudente anunciar su presencia más de lo necesario, y menos en un bar con olor a sal, alcohol barato y marines con la guardia baja. Aun así, su figura seguía siendo imposible de ignorar. El solo hecho de que el mink cruzara la entrada bastó para que varias conversaciones bajaran de volumen o se apagaran del todo, era claro que este mink no pertenecía a este sitio.
El ambiente era denso, risas forzadas, vasos chocando, miradas largas que se apartaban con rapidez. Daigo avanzó entre las mesas sin prisa, como si el lugar le perteneciera, su presencia imponiéndose sin necesidad de palabras, entonces la vio, en la barra, apoyada con naturalidad, estaba Charlotte, incluso allí, rodeada de marines y ruido, parecía fuera de lugar o tal vez era el resto del mundo el que no encajaba con ella, Daigo ladeó levemente la cabeza, había más cosas en común entre ambos de las que él admitiría, una honestidad casi incómoda, una incapacidad absoluta para fingir y, para desgracia de cualquiera que compartiera mesa con ellos, una pésima relación con el alcohol.
Se acercó por detrás sin anunciarse y cuando estuvo lo suficientemente cerca, apoyó una de sus enormes manos sobre el hombro de la chica, no fue un gesto brusco, pero sí firme, posesivo, como el de un depredador marcando presencia en su territorio y entonces habló. —Corsaria. — Su voz gruesa, baja y cargada de intención cortó el ruido del bar como una hoja afilada entre la maleza, no necesitó alzar el tono, no lo hacía nunca. —Llegaste primero, Tssk. — Tomó asiento a su lado con un leve crujido del banco de madera bajo su peso, girando luego la mirada hacia la mink que atendía la barra. Sus ojos amarillos se clavaron en ella por un instante más de lo necesario, no como amenaza directa, sino como advertencia silenciosa, no estaba allí para juegos, aunque tampoco estaba en busca de ningún problema.
—Sírvame lo mismo que a ella, por favor. — Dijo las palabras con una cortesía áspera, casi contradictoria con su presencia. Luego volvió la vista al frente, apoyando un antebrazo sobre la barra, Daigo no bebía por gusto, y menos aún en un lugar así, pero la misión exigía mezclarse y aunque el alcohol nunca había sido su aliado, tampoco sería hoy el motivo para dar marcha atrás.
Al menos no tendría que hacerlo solo. Según el informante, tendría una compañera asignada para la misión, la corsaria, ese era el apodo que él mismo le había puesto, casi por inercia, porque a sus ojos tenía más de pirata que de revolucionaria. Su forma de moverse, de hablar, incluso la manera en la que miraba el mundo todo en ella gritaba libertad sin pedir permiso. A Daigo le causaba cierta gracia, aunque jamás lo admitiría en voz alta. No obstante, debía reconocer algo, que ella fuera su compañera no le molestaba en absoluto, sabía defenderse, sabía leer ambientes hostiles y, sobre todo, no parecía intimidarse por su tamaño, su voz o su perpetua expresión de mal humor, eso ya la colocaba por encima de muchos.
Daigo colocó el escudo a su espalda con un movimiento lento y calculado, asegurándolo antes de dejar caer la capa por encima. La tela oscura cubrió casi por completo el metal, ocultándolo a simple vista; no era prudente anunciar su presencia más de lo necesario, y menos en un bar con olor a sal, alcohol barato y marines con la guardia baja. Aun así, su figura seguía siendo imposible de ignorar. El solo hecho de que el mink cruzara la entrada bastó para que varias conversaciones bajaran de volumen o se apagaran del todo, era claro que este mink no pertenecía a este sitio.
El ambiente era denso, risas forzadas, vasos chocando, miradas largas que se apartaban con rapidez. Daigo avanzó entre las mesas sin prisa, como si el lugar le perteneciera, su presencia imponiéndose sin necesidad de palabras, entonces la vio, en la barra, apoyada con naturalidad, estaba Charlotte, incluso allí, rodeada de marines y ruido, parecía fuera de lugar o tal vez era el resto del mundo el que no encajaba con ella, Daigo ladeó levemente la cabeza, había más cosas en común entre ambos de las que él admitiría, una honestidad casi incómoda, una incapacidad absoluta para fingir y, para desgracia de cualquiera que compartiera mesa con ellos, una pésima relación con el alcohol.
Se acercó por detrás sin anunciarse y cuando estuvo lo suficientemente cerca, apoyó una de sus enormes manos sobre el hombro de la chica, no fue un gesto brusco, pero sí firme, posesivo, como el de un depredador marcando presencia en su territorio y entonces habló. —Corsaria. — Su voz gruesa, baja y cargada de intención cortó el ruido del bar como una hoja afilada entre la maleza, no necesitó alzar el tono, no lo hacía nunca. —Llegaste primero, Tssk. — Tomó asiento a su lado con un leve crujido del banco de madera bajo su peso, girando luego la mirada hacia la mink que atendía la barra. Sus ojos amarillos se clavaron en ella por un instante más de lo necesario, no como amenaza directa, sino como advertencia silenciosa, no estaba allí para juegos, aunque tampoco estaba en busca de ningún problema.
—Sírvame lo mismo que a ella, por favor. — Dijo las palabras con una cortesía áspera, casi contradictoria con su presencia. Luego volvió la vista al frente, apoyando un antebrazo sobre la barra, Daigo no bebía por gusto, y menos aún en un lugar así, pero la misión exigía mezclarse y aunque el alcohol nunca había sido su aliado, tampoco sería hoy el motivo para dar marcha atrás.
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