14-01-2026, 01:31 PM
— Confiaré en ti tan solo porque me has dado la razón y eso es algo que me gusta. Toma nota de eso, te servirá en el futuro, algo así como "a Alana le gusta que le doren la píldora" —a pesar de eso, no me acerqué de golpe cuando dijo que podía hacerlo. Primero observé cómo se colocaba él midiendo en todo momento sus reacciones, pues no era capaz de ignorar como al inicio había estado tenso, protegiendo su territorio. No le culparía por ello, al fin y al cabo había encontrado a su objeto de estudio o presa (aunque más adelante revelase la realidad de todo lo ocurrido con aquel dinosaurio). Ver que sus músculos se relajaban me tranquilizó más de lo que estaba dispuesta a admitir. No era la seguridad del cazador orgulloso, ni del carnicero acostumbrado a abrir cuerpos sin pensar. Era otra cosa. Precisión. Respeto de oficio, a pesar de que posteriormente dijese que no recordaba nada de los Cabos Gemelos. ¿Todos tenían mala memoria o cómo? Si no recordaba mal, Maki había admitido no acordarse de mí… ¡Joder! Soy enana pero no como para se me omita así en todos los hechos.
Dejé a un lado la rabia de ser tan innecesaria cuando mencionó el veneno, mis dedos se cerraron ligeramente sobre sí mismos, no porque me sorprendiera, sino porque confirmó lo que ya sospechaba—. Eso es ofensivo, aunque me creas en mis palabras —aclaré como quien habla del tiempo, no le di mayor importancia y me incliné un poco hacia delante al ver cómo giraba el cuerpo. El sonido húmedo del desplazamiento me hizo fruncir el ceño. Demasiado fácil. No dije nada todavía, pero mi mirada se clavó en el torso, siguiendo la línea que pronto abriría.
Cuando habló de improvisar, de actuar por instinto, sentí un leve tirón de escepticismo. Instinto, sí. Pero no solo eso. Hay gente que improvisa mal y sobrevive por suerte, mirad a Han. Y hay gente que improvisa bien porque lleva media vida preparándose sin saberlo. Según escuchaba y según había visto, Hyákinthos era del segundo tipo.
El primer corte me hizo contener la respiración. No por asco, no por miedo, sino por atención absoluta. Me acerqué un poco más cuando la piel cedió, inclinando la cabeza para captar mejor la luz. El interior del cuerpo se reveló apagado. Mi estómago se tensó. No era una muerte violenta. Era una rendición forzada. La magia de los venenos. Un mundo aún por explorar para mí.
Cuando comentó que el animal había agonizado, sentí un pinchazo incómodo en el pecho. Se trataba de una mezcla de pena y de reconocimiento. Mis ojos recorrieron la carne, las fibras, el color. Todo hablaba de un proceso silencioso, ordenado. Demasiado limpio para ser accidental. Cuando dijo que ahora solo aprovechaba la circunstancia, levanté la vista hacia él, evaluándolo por primera vez no como médico… sino como variable. No terminaba de confiar del todo en su versión. Había algo que no me cuadraba. ¿Pero el qué?
— Actuar por instinto también es una decisión —pensé—. Aprovecharse siempre lo es. Supervivencia a veces. Curiosidad también. No es solo… crueldad o frivolidad, que es lo que puede verse aquí.
Di un paso más cerca cuando me invitó a observar el efecto del veneno. Me agaché, apoyando una mano en la roca húmeda, ignorando cómo el frío ignoraba que aún llevaba ropa y que se suponía que esta debería ser capaz de ignorar parte de su efecto—. Aquí —dije en voz baja, señalando una zona cercana al corte—. El tejido no se defendió. No hay inflamación. Es como si el cuerpo hubiese recibido la orden de apagarse… y la hubiese obedecido.
Entonces escuché algo que llevaba ignorando un rato (desventajas de encontrar tal magnificencia ante mí). Al principio fue solo una vibración leve bajo mis pies. Tan sutil que pensé que era mi pulso pero no, era el agua cercana que parecía haberse filtrado hasta esa zona desde algún arroyo oculto. Levanté la cabeza de golpe y miré alrededor. La selva seguía igual. Demasiado igual. Los insectos habían callado. Ese silencio repentino me tensó la espalda, intuyendo algo malo—. Hyak… —dije despacio, sin levantar la voz—. ¿Oyes eso?
No era un sonido claro, más bien una presión, incluso una extraña sensación en la piel, como un ligero cambio en el ambiente. Como si algo enorme se moviese lejos, pero lo bastante cerca como para sentirse. El cadáver del dinosaurio emitió entonces un leve crujido interno, casi imperceptible, y una burbuja oscura emergió desde el interior del corte, estallando con un plop húmedo. Palidecí. No era aire. Era espeso. Denso. Y olía distinto. De repente envidié a Cherry. Me incorporé despacio, sin apartarme del cuerpo, pero con todos los sentidos alerta.
— El veneno sigue activo —añadí, esta vez más firme—, incluso después de muerto. Joder. ¿Qué le has dado? Apesta.
Aunque intuí que no se trataría solo de la magia que Cherry hubiese hecho, sino también de la mezcla de los fluidos con el veneno, creando un resultado asqueroso, equiparable a un sinus que recién estallaba y dejaba ver en todo su esplendor una extraña y asquerosa virulencia. La diferencia estaba en que en el sinus buscabas expulsar absolutamente todo el líquido que contuviese, pero en ese bulto recién aparecido quizás lo mejor sería huir, no sea que fuese tóxico también al tacto.
— Creo que sí te aceptaré esa mascarilla y guantes como ofrenda de paz por olvidarte de mi persona, porque que sepas que no me olvido fácilmente de este tipo de faltas de respeto —y aunque la frase pudiese escucharse por sí misma a nivel lenguaje verbal bastante ofendida, el tono y mi expresión facial delataba todo lo contrario: relajación pura.
Dejé a un lado la rabia de ser tan innecesaria cuando mencionó el veneno, mis dedos se cerraron ligeramente sobre sí mismos, no porque me sorprendiera, sino porque confirmó lo que ya sospechaba—. Eso es ofensivo, aunque me creas en mis palabras —aclaré como quien habla del tiempo, no le di mayor importancia y me incliné un poco hacia delante al ver cómo giraba el cuerpo. El sonido húmedo del desplazamiento me hizo fruncir el ceño. Demasiado fácil. No dije nada todavía, pero mi mirada se clavó en el torso, siguiendo la línea que pronto abriría.
Cuando habló de improvisar, de actuar por instinto, sentí un leve tirón de escepticismo. Instinto, sí. Pero no solo eso. Hay gente que improvisa mal y sobrevive por suerte, mirad a Han. Y hay gente que improvisa bien porque lleva media vida preparándose sin saberlo. Según escuchaba y según había visto, Hyákinthos era del segundo tipo.
El primer corte me hizo contener la respiración. No por asco, no por miedo, sino por atención absoluta. Me acerqué un poco más cuando la piel cedió, inclinando la cabeza para captar mejor la luz. El interior del cuerpo se reveló apagado. Mi estómago se tensó. No era una muerte violenta. Era una rendición forzada. La magia de los venenos. Un mundo aún por explorar para mí.
Cuando comentó que el animal había agonizado, sentí un pinchazo incómodo en el pecho. Se trataba de una mezcla de pena y de reconocimiento. Mis ojos recorrieron la carne, las fibras, el color. Todo hablaba de un proceso silencioso, ordenado. Demasiado limpio para ser accidental. Cuando dijo que ahora solo aprovechaba la circunstancia, levanté la vista hacia él, evaluándolo por primera vez no como médico… sino como variable. No terminaba de confiar del todo en su versión. Había algo que no me cuadraba. ¿Pero el qué?
— Actuar por instinto también es una decisión —pensé—. Aprovecharse siempre lo es. Supervivencia a veces. Curiosidad también. No es solo… crueldad o frivolidad, que es lo que puede verse aquí.
Di un paso más cerca cuando me invitó a observar el efecto del veneno. Me agaché, apoyando una mano en la roca húmeda, ignorando cómo el frío ignoraba que aún llevaba ropa y que se suponía que esta debería ser capaz de ignorar parte de su efecto—. Aquí —dije en voz baja, señalando una zona cercana al corte—. El tejido no se defendió. No hay inflamación. Es como si el cuerpo hubiese recibido la orden de apagarse… y la hubiese obedecido.
Entonces escuché algo que llevaba ignorando un rato (desventajas de encontrar tal magnificencia ante mí). Al principio fue solo una vibración leve bajo mis pies. Tan sutil que pensé que era mi pulso pero no, era el agua cercana que parecía haberse filtrado hasta esa zona desde algún arroyo oculto. Levanté la cabeza de golpe y miré alrededor. La selva seguía igual. Demasiado igual. Los insectos habían callado. Ese silencio repentino me tensó la espalda, intuyendo algo malo—. Hyak… —dije despacio, sin levantar la voz—. ¿Oyes eso?
No era un sonido claro, más bien una presión, incluso una extraña sensación en la piel, como un ligero cambio en el ambiente. Como si algo enorme se moviese lejos, pero lo bastante cerca como para sentirse. El cadáver del dinosaurio emitió entonces un leve crujido interno, casi imperceptible, y una burbuja oscura emergió desde el interior del corte, estallando con un plop húmedo. Palidecí. No era aire. Era espeso. Denso. Y olía distinto. De repente envidié a Cherry. Me incorporé despacio, sin apartarme del cuerpo, pero con todos los sentidos alerta.
— El veneno sigue activo —añadí, esta vez más firme—, incluso después de muerto. Joder. ¿Qué le has dado? Apesta.
Aunque intuí que no se trataría solo de la magia que Cherry hubiese hecho, sino también de la mezcla de los fluidos con el veneno, creando un resultado asqueroso, equiparable a un sinus que recién estallaba y dejaba ver en todo su esplendor una extraña y asquerosa virulencia. La diferencia estaba en que en el sinus buscabas expulsar absolutamente todo el líquido que contuviese, pero en ese bulto recién aparecido quizás lo mejor sería huir, no sea que fuese tóxico también al tacto.
— Creo que sí te aceptaré esa mascarilla y guantes como ofrenda de paz por olvidarte de mi persona, porque que sepas que no me olvido fácilmente de este tipo de faltas de respeto —y aunque la frase pudiese escucharse por sí misma a nivel lenguaje verbal bastante ofendida, el tono y mi expresión facial delataba todo lo contrario: relajación pura.
