15-01-2026, 09:37 AM
Un ángel o un demonio.
Tal vez un fantasma o una ilusión.
Quizá todo, quizá nada.
Para no ser alguien muy creyente en las supersticiones y en lo paranormal, en ocasiones estos lo envolvían como una araña a su presa, con lentitud, con elegancia, hasta que no pudiera moverse y fuera el veneno de la parálisis todo lo que ocupara el cuerpo, tal como ahora las ideas sobre el más allá y las casualidades son todo lo que ocupa su mente.
Debía asustarse, retroceder, negar la existencia de alguien con el poder para atraerlo con solo su presencia y unas pocas palabras de consuelo, pero no podía, mejor dicho, no quería hacerlo.
Por una sola vez, quería dejarse atrapar.
Sacudió la cabeza de lado a lado, negando con ello la existencia de quien tenía en frente, aunque, para este, seguramente el gesto pudiera significar una negación a la pregunta que le hacía.
¿Borracho?
¿Lo estaba?
Sí, no había caso en negarlo y, claro que entendía los peligros de tener tanta piel expuesta en las noches frías, todavía quedaba algo de claridad en su mente, la suficiente para saber qué hacía mal, pero no tanta como para detener sus acciones.
—No —. Su voz salió frágil como un fino cristal, temerosa, no por aceptar su ebriedad, si no por la idea de que, si le daba la mano al desconocido que lo tenía paralizado con su sola presencia, este desaparecería, pero, al mismo tiempo, viéndose tentado a comprobar si el roce de sus manos sería tan delicado como la porcelana y tan distinguido como el de un príncipe.
—Es decir, yo… —¿Desde cuando se le trababa la lengua al hablar?, ¿desde cuándo dejaba que su cuerpo gobernara sobre su mente?
No supo cuando ni como su mano se movió por su cuenta y, temblorosa, rozó sus dedos con los ajenos para luego enlazarlos sin la firmeza que en otra ocasión habría mostrado. Ya no era solo su mano, el resto de su cuerpo también decidió actuar por su cuenta, poniéndose de pie, solo para balancearse desequilibrado sobre la rampa del puerto y luchar porque las vueltas que daba el mundo a su alrededor no le afectaran lo suficiente como para caer sobre el rubio que… ¿Era real?
Sus ojos bajaron hasta donde su mano aún sostenía la ajena, apreciando por un instante la suavidad de la piel y el calor que emanaba de esta. Tan vivo, tan real.
El roce de sus dedos no resultó como lo imaginó. No, no es como que se decepcionara, por el contrario, la piel tersa le resultó tan exquisita como el suave rocío de la mañana y, la calidez que desprendía era como la llama de una vela que, en medio de la noche, se negaba a apagarse.
Se sobresaltó y, por inercia, soltó la mano contraria, tal vez creyó que sostenerlo por más tiempo rompería esa ilusión que el alcohol le brindaba. Retrocedió un paso y se apoyó en la barandilla del puerto; sin embargo, sus ojos, acuosos por el llanto y el licor, estudiaron con paciencia las facciones del ángel o demonio que aun yacía frente a él.
¿Por qué la duda?
¿Por qué le afectaba tanto la presencia de este hombre?
Notó entonces las hebras doradas de cabello que competían en belleza con un campo de trigo bañado por la luz del amanecer, el rostro delicado y, aún así, con contornos definidos que mostraban una dureza fusionada con la gracia de un ser que, para él, debió haber salido de un libro de fantasía…Si fuera un escultor, podría decir que habría encontrado a su musa, a alguien para inmortalizar en un trozo de mármol.
Y ¿Sus ojos? Una lástima que no pudiera verlos tras esos anteojos oscuros que llevaba puestos, pero solo podía imaginar que debían ser tan profundos como la inmensidad del océano que tenían frente a ellos y que, ahora, por decisión propia, decidía ignorar.
La presencia del desconocido le hizo dejar atrás, por el momento, la melancolía por los rizos amarillos —que ya no le parecían tan hermosos ni importantes—, que el mismo manchó de sangre solo unas cuantas horas atrás. Lo hizo navegar hacia el lado más recóndito de su mente.
Ese lugar que el comparaba con un pantano de aguas lodosas y espesas por las que avanzar era imposible y, en donde, los árboles altos tapaban cualquier luz que quisiera filtrarse entre sus hojas, pero quienes hoy, para su sorpresa, habían cedido un poco, dejando traspasar un mísero rayo de sol.
¡Claro! No era solo la belleza del hombre frente a él lo que funcionaba como un magneto, era reconocimiento.
No, no un reconocimiento casual, no era como ese que sentía cada vez que alguien lo saludaba y él tenía que hacer un esfuerzo mayúsculo por recordar rostro, nombre, situación y contexto en el que conoció a la persona, esta vez era distinto. Era un reconocimiento lejano, real.
—Luc... —Parpadeó un par de veces antes de que el nombre que empezaba a formarse en su cabeza se esfumara del todo cuando el mundo decidió que era momento de dar vueltas de nuevo, obligándolo a llevar una mano a su cabeza y enlazar sus dedos entre las hebras rosas de su cabello medio despeinado por su propio estado. Se maldijo, maldijo al alcohol y a su mala memoria. ¿Luc…qué? ¿Quién era Luc…algo? ¿A quién tenía en frente? Se mordió el labio con fuerza, en una actitud pensativa que se rompió cuando la piel de su boca dejó escapar un hilillo de sangre.
Sacudió su cabeza de nuevo y respiró hondo, debía calmarse, no podía hacer un espectáculo frente al que se había convertido en su momentáneo objeto de fascinación. Necesitaba claridad. Sí, eso, si quería saber con quién hablaba, necesitaba claridad.
El aire frío entró por su nariz y, aunque su cabeza aún se negaba a cooperar del todo con su cuerpo, algo de lucidez llegó a su maltrecha mente, la suficiente para darse cuenta del desastre que era, de lo despeinado de su cabello y de lo desaliñado de su kimono, el cual no tardó en arreglarse para cubrirse más el pecho y los hombros, intentando recuperar algo de dignidad.
—Sí, tienes ra…zón —. Su lengua volvió a fallarse haciendo que sus mejillas se sonrojaran, ya no por el licor si no por vergüenza, una que decidió ignorar para seguir hablando. —Las noches de verano suelen ser traicioneras, tanto como el alcohol —. Esta vez habló con más claridad, aunque aun había un tono pastoso que no podía ser ignorado con facilidad.
—¿También pensabas entregarte a ese vicio? —¿Por qué hacía conversación de algo más? Podía simplemente preguntarle quién era y por qué lo había ayudado, pero no, se desvió al ver la botella en la mano ajena, algo que lo hizo agacharse para tomar su propia botella de ron que había dejado en el piso de la rampa y que, desde su lugar, casi le rogaba porque de nuevo le prestara atención.
—Si a ti no te molesta, no me importa compartir, no con alguien que ha aparecido para darle un poco de belleza a mi tarde —. Para alguien que acostumbraba, en sobriedad, a hablar con meticulosidad y precisión digna de un cirujano, para evitar decir de más, ahora hablaba demasiado al azar, dejando que su corazón fuera el que gobernara, no…no solo eso, ni siquiera especificó lo que pensaba compartir… ¿Licor?, ¿Puerto?, ¿Compañía?
Bien, quizá no lo especificó porque pensó en todo eso a la vez.
Karma
