15-01-2026, 05:46 PM
(Última modificación: 15-01-2026, 05:49 PM por Varoganchin.)
Escuchar la confianza con la que hablaba Eros me hacia sentir una extraña satisfacción. ¿O tal vez sería fruto del vino? De cualquier manera, ambos podían interpretarse como el último regalo de Rosse. De un capitán a otro, me hacían sentir que había una luz al final del túnel excavado bajo tierra que parecía ser mi vida. Hablaba de sacarnos de esta isla, la que había confirmado un desastre que se venía mascando desde hacía semanas. También de libertad y de cómo protegerla. El creía haberla conseguido y yo... Yo me esforzaba en pensar que aún no la tenía. De momento solo me había dedicado a huir. Huir y sobrevivir. ¿Acaso aquello era ser libre?
Volví a beber, pero mi mirada esta vez no se fue al cielo. Miré a mi capitán para no despreciar ni una sola de las palabras que salían de su boca. Podía estar ebrio, pero todo lo que decía conseguía prender algo en mi interior. Algo que se alimentaba a su vez con el vino. No era furia, ni rabia, aunque me dolía haber perdido a tanta gente. Tampoco era felicidad, pues esas mismas pérdidas aún me lastraban. Sin embargo, algo se prendía dentro de mi; una fuerza que sería el motor de mi vida a partir de ese momento. Era la determinación.
Intenté aliviar la presión de mi garganta con otro trago más. Luego suspiré y quedé cabizbajo.
—Es difícil confiar en uno mismo cuando no has podido hacer nada por los demás —dije levantando mi mirada del suelo en dirección a Eros—. Pero no pienso fallar a tu confianza. Voy a darlo todo para ser digno de ella.
Tal vez, mis antiguos compañeros habían muerto por debilidad. La suya, la mía, la de todos. Pero ya no estaba dispuesto a pasar por aquello nunca más. Y menos aún sabiendo que mi nuevo capitán, aquel que había dado la cara en los peores momentos, confiaba en mi. Calé de nuevo mi sombrero y di otro trago más a la botella, esta vez por placer más que por inercia.
—¿De verdad crees que nadie muere hasta que lo olvidan? —pregunté con una leve sonrisa en mi cara. Aquello me parecía una idea brillante, la mejor manera de esquivar a la muerte—. Si lo piensas, es como los héroes y villanos de mis libros. Ellos son eternos —comenté mientras blandía la botella a modo de espada, dejando escapar alguna pequeña gota que salía disparada desde su boca—. Yo no quiero morir, Eros. Quiero ser recordado. Un gran sabio, o un aventurero. No, no, no. El mejor ladrón... —añadí arrastrando las palabras—. O el mejor enfermador —susurré con la cabeza entre los hombros y una sonrisa pícara en mis labios.
La embriaguez era ya evidente en mi, pero aún así, decidí dar un trago más. Me parecía buena idea. Abracé la botella bajo uno de mis brazos y me recosté. Sentía que no me importaba nada si me manchaba un poco con la tierra. Ya me limpiaría al día siguiente. Me sentía relajado como hace tiempo que no lo había sentido. Sin embargo, un nuevo nudo atenazó mi garganta cuando Eros preguntó de nuevo sobre mis padres. Metí mi mano bajo mi camisa, por el cuello, y comencé a buscar.
—No, nunca más supe de ellos —saqué la mano de la camisa, un colgante pendía de ella—, pero mi madre me dio esto justo antes de meterme en un bote salvavidas. En él había metido un par de papeles con los que decía que podría encontrarlos si alguna vez nos separábamos. Cuando me atraparon los hombres del jefe Reena se lo quedaron como seguro —dije acompañando la última palabra de un gesto con mis dedos—. Antes de fugarme le robé el collar de nuevo, pero dentro ya solo había algo de polvo ceniciento. Ya no tengo más pistas que sus investigaciones.
Guardé de nuevo el collar con cuidado. Ya no había rastro de las risas que había habido antes. Tan solo el pesar dentro de mi.
—Y tú, Eros, ¿sabes algo de ellos? ¿Mantienes el contacto con los tuyos?
