16-01-2026, 10:25 PM
Eros observa con resignación como el dinosaurio es inhumanamente despedazado frente a él. El shock de lo ocurrido es tal que no se da cuenta del paso del tiempo, 45 minutos han pasado desde la cruel muerte que sufrió el velociraptor. Sin embargo, Eros no tiene miedo, está por buscar realizar una de las mayores hazañas de la raza humana: derrotar a un gigante. Decide rasgarse la camisa y aventar una piedra en dirección a la que saltaría instantes después. La piedra voló por el aire en un arco limpio y golpeo el suelo con un chasquido seco que atrajo la atención de Cassius. El gigante dejó de jugar con los restos del velociraptor, su cabeza girada hacia el origen del sonido, sus ojos rojos escaneando el terreno hasta que se detienen exactamente donde Eros acaba de saltar. Treinta metros en línea recta separan al humano del gigante. Cassius, a un metro por delante de la entrada de la cueva donde vivían el resto de familiares con mayores niveles de agresividad, parecía hacer de guardián de la entrada de la que había salido, pero no era ni mucho menos el caso. El terreno era llano frente a ellos, extendiéndose en un cuadrado de 30 metros el cual solo era cortado por la línea de rocas de 3 metros de altura de las cuales Eros había saltado. Mas allá de dichas rocas – a 15 metros a la derecha de Cassius – el terreno se seguía extendiendo de forma llana indiscriminadamente hasta donde la vista alcanzaba, al igual que lo hacia el extremo izquierdo del gigante.
Cassius ve los dedos de Eros moviéndose en ese desafío silencioso, y algo en su pecho retumba antes de que la risa explote desde su garganta – “GYOOOO HOHO HOHO HO!” – la risa resuena por toda la ladera del volcán, rebotando en las rocas y perdiéndose en la vegetación. Cassius se golpea el pecho con la mano izquierda, todavía sosteniendo el ojo amarillo del velociraptor entre sus dedos masivos. Su sonrisa se hace más amplia, imposiblemente más grande, estirando su cara hasta que parece que la piel va a rasgarse –“¡SOY CASSIUS!” – grita, y su voz es como un trueno grave que hace vibrar el aire – “¡EL TERROR DE LOS INSECTOS!” – se yergue completamente, sus quince metros de altura proyectando una sombra que se extiende varios metros sobre el suelo caliente – “¿Qué haces en mi isla basura humana?” – continua golpeando su pecho con su mano izquierda buscando imitar el sonido de un tambor de guerra retumbando. Sus ojos rojos están fijos en Eros, brillando con esa mezcla de hambre y desprecio que no oculta nada – “Humano patético” – escupe Cassius – “Te atreves a desafiarme con esos gestos ridículos de tus ridículas manos” – se ríe otra vez, más corto esta vez, más cruel. Para Cassius el desafío de Eros es un chiste, uno mal contado y sin gracia, tan absurdo como intentar nadar en la lava del volcán que está a punto de erupcionar – “Ni siquiera voy a preguntarte tu nombre. No me importa saber cómo se llama el insecto que voy a aplastar.” – levanta el ojo amarillo del velociraptor frente a su cara, examinándolo por un segundo. Luego escupe. Un escupitajo denso y amarillento golpea el ojo, cubriéndolo de saliva espesa que gotea por los lados. Cassius lo sostiene así por un momento, dejando que el fluido viscoso empape completamente el órgano muerto, y lo lanza. El ojo vuela por el aire hacia Eros y, aunque no busca atacar, si no insultar, falla terriblemente pues la buena puntería no es algo que defina a este gigante. Sin embargo, es un mensaje claro de lo que piensa hacer con el resto del cuerpo de Eros cuando le despedace como al resto de sus víctimas.
Al instante en el que lanza el ojo, el reloj de la isla procede a recordar la hora con esa forma tan característica suya que tiene: haciendo erupción. El volcán, conocido por aquellos que se han aventurado a explorar la isla, ha sido bautizado como el volcán de la hora por su curiosa condición de erupcionar en punto cual reloj. Rios de lava empiezan a correr a los costados de Cassius y Eros aumentando los niveles de calor haciéndolos casi inaguantables y transformando el terreno en un cuadrilátero de 30 x 30 metros donde solo la selva a espaldas de Eros (y la cueva a espaldas de Cassius) podría darle escapatoria. Cassius vuelve a reír como un enfermo, pues siente que el volcán le ha dado luz verde de atacar a Eros – “GYOOOO HOHO HOHO HO!” – chilla a la vez que agarra la maza con ambas manos. Diez metros de metal negro y púas manchadas de sangre. Las cadenas tintinean mientras levanta el arma sobre su cabeza, sosteniéndola ahí arriba con los brazos completamente extendidos. Sus piernas se flexionan, los músculos del grosor de troncos tensándose bajo la piel grisácea. Recorre 4 metros corriendo y luego salta. El suelo donde estaba parado explota en una nube de polvo. Cassius vuela por el aire en un arco que devora veinte metros de distancia en un solo movimiento, su cuerpo masivo bloqueando el sol por un instante y proyectando una sombra móvil sobre el terreno. Aterriza a diez metros de Eros y conforme va cayendo al suelo al mismo tiempo lo hace su maza, sin pausa ni vacilación. El arma cae con toda la fuerza de quince metros de gigante más el peso de toneladas de metal concentradas en el punto donde se encuentra Eros. El aire silba alrededor de las púas mientras descienden, creando ese sonido agudo y terrible que precede al impacto. Cassius sonríe mientras la maza cae. Esa sonrisa demente que nunca abandonó su cara desde que salió de la cueva mientras continúa riendo como desquiciado.
Cassius ve los dedos de Eros moviéndose en ese desafío silencioso, y algo en su pecho retumba antes de que la risa explote desde su garganta – “GYOOOO HOHO HOHO HO!” – la risa resuena por toda la ladera del volcán, rebotando en las rocas y perdiéndose en la vegetación. Cassius se golpea el pecho con la mano izquierda, todavía sosteniendo el ojo amarillo del velociraptor entre sus dedos masivos. Su sonrisa se hace más amplia, imposiblemente más grande, estirando su cara hasta que parece que la piel va a rasgarse –“¡SOY CASSIUS!” – grita, y su voz es como un trueno grave que hace vibrar el aire – “¡EL TERROR DE LOS INSECTOS!” – se yergue completamente, sus quince metros de altura proyectando una sombra que se extiende varios metros sobre el suelo caliente – “¿Qué haces en mi isla basura humana?” – continua golpeando su pecho con su mano izquierda buscando imitar el sonido de un tambor de guerra retumbando. Sus ojos rojos están fijos en Eros, brillando con esa mezcla de hambre y desprecio que no oculta nada – “Humano patético” – escupe Cassius – “Te atreves a desafiarme con esos gestos ridículos de tus ridículas manos” – se ríe otra vez, más corto esta vez, más cruel. Para Cassius el desafío de Eros es un chiste, uno mal contado y sin gracia, tan absurdo como intentar nadar en la lava del volcán que está a punto de erupcionar – “Ni siquiera voy a preguntarte tu nombre. No me importa saber cómo se llama el insecto que voy a aplastar.” – levanta el ojo amarillo del velociraptor frente a su cara, examinándolo por un segundo. Luego escupe. Un escupitajo denso y amarillento golpea el ojo, cubriéndolo de saliva espesa que gotea por los lados. Cassius lo sostiene así por un momento, dejando que el fluido viscoso empape completamente el órgano muerto, y lo lanza. El ojo vuela por el aire hacia Eros y, aunque no busca atacar, si no insultar, falla terriblemente pues la buena puntería no es algo que defina a este gigante. Sin embargo, es un mensaje claro de lo que piensa hacer con el resto del cuerpo de Eros cuando le despedace como al resto de sus víctimas.
Al instante en el que lanza el ojo, el reloj de la isla procede a recordar la hora con esa forma tan característica suya que tiene: haciendo erupción. El volcán, conocido por aquellos que se han aventurado a explorar la isla, ha sido bautizado como el volcán de la hora por su curiosa condición de erupcionar en punto cual reloj. Rios de lava empiezan a correr a los costados de Cassius y Eros aumentando los niveles de calor haciéndolos casi inaguantables y transformando el terreno en un cuadrilátero de 30 x 30 metros donde solo la selva a espaldas de Eros (y la cueva a espaldas de Cassius) podría darle escapatoria. Cassius vuelve a reír como un enfermo, pues siente que el volcán le ha dado luz verde de atacar a Eros – “GYOOOO HOHO HOHO HO!” – chilla a la vez que agarra la maza con ambas manos. Diez metros de metal negro y púas manchadas de sangre. Las cadenas tintinean mientras levanta el arma sobre su cabeza, sosteniéndola ahí arriba con los brazos completamente extendidos. Sus piernas se flexionan, los músculos del grosor de troncos tensándose bajo la piel grisácea. Recorre 4 metros corriendo y luego salta. El suelo donde estaba parado explota en una nube de polvo. Cassius vuela por el aire en un arco que devora veinte metros de distancia en un solo movimiento, su cuerpo masivo bloqueando el sol por un instante y proyectando una sombra móvil sobre el terreno. Aterriza a diez metros de Eros y conforme va cayendo al suelo al mismo tiempo lo hace su maza, sin pausa ni vacilación. El arma cae con toda la fuerza de quince metros de gigante más el peso de toneladas de metal concentradas en el punto donde se encuentra Eros. El aire silba alrededor de las púas mientras descienden, creando ese sonido agudo y terrible que precede al impacto. Cassius sonríe mientras la maza cae. Esa sonrisa demente que nunca abandonó su cara desde que salió de la cueva mientras continúa riendo como desquiciado.
“GYOOOO HOHO HOHO HO!”
Detalles Importantes
Gigante
Belico
OFF

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