17-01-2026, 05:21 AM
(Última modificación: 18-01-2026, 02:17 AM por Satsuki Kaminari.)
Los días de la semana deberían ser irrelevantes para los niños, al menos para aquellos que no debían preocuparse por dormir con las panzas vacías. Así pues, los huérfanos de ‘‘Providence’’, se las ingeniaban para hacerse con todo tipo de recursos; especialmente cuando forasteros llegaban a su hogar. Satsuki estaba en medio de la plaza con su laúd en la espalda, mientras uno de sus compañeros apostaba con algunos de los extraños. ¿El premio? Una canasta repleta de frutas y una cesta de pan. Eso alimentaría al orfanato durante al menos una semana. Henri lanzó los dados, mientras Satsuki cambiaba el ritmo de sus acordes a una melodía de tensión.
— ¡Siete! —exclamó el jovencito de doce años cuando sus dados, poco honorables, cayeron justo en ese número. Chocó los cinco con la rubia y otros tres niños más pequeños—. Berries para ti, ¡hey! Berries para mí, ¡oh! ¡Berries por montones!
Canturrearon como si acabaran de lograr una hazaña impresionante.
—Bueno, caballeros —Henri hizo una reverencia—. No es nuestra intención ser poco hospitalarios —los niños se acercaron para tomar el botín—, pero aquí se rompió una taza y…
Los dedos resbalaron de las manos del jovencito, cayendo —nuevamente— en el número siete. Los huérfanos palidecieron, buscando auxilio en su ‘‘líder’’, quien se palmeó la frente con un gesto de negación, mascullando un ‘‘idiota’’ entre dientes. Los forasteros bramaron enfadados y Satsuki corrió a colocarse frente a sus compañeros.
—Amigos, amigos —levantó las manos en rendición—. No hay por qué ponernos así —sonrió de forma pícara—. Podemos resolverlo de otra forma. Es un simple malentendido… son niños y no son muy listos —continuó su perorata, dando tiempo a que los más pequeños se escabulleran lentamente entre la gente—. Podemos ofrecerles… —miró en todas direcciones, señalando hacia la frutería—. ¡Melones!
— ¿Tienen ese tipo de mujeres aquí? —el bandido arqueó una ceja con curiosidad.
— ¿Mujeres? —Satsuki parpadeó confundida—. Ah… sí, sí —Henri asintió al rostro de su amiga—. Y sandías… —Satsuki intercambió una mirada con su compañero—, pero… si ven que nos hacemos más pequeños —advirtió—, es porque… ¡estamos corriendo!
Los niños que quedaban se dispersaron entre la multitud con lo que pudieron llevar. Satsuki corrió con todas sus fuerzas, burlándose entre risas cantarinas hasta que se estampó de frente con una roca. Bueno, en realidad no era una roca, pero se sintió como si lo fuera. Se masajeó la nariz y abrió los ojos con sorpresa. No es que el espadachín fuese su amigo, sólo era un ‘‘agente’’ no hostil para ella y su integridad, por lo que podía considerarse una especie de compañero. Además, le había obsequiado una Den Den Mushi que Satsuki guardaba en su escondite secreto, lejos de la ‘‘Señorita Cabús’’, la cruel directora del orfanato.
— ¡Dharma! —saludó—. ¡Estás vivo! —su sonrisa se desvaneció—. ¿O estoy muerta?
Era una probabilidad demasiado alta, considerando que acababa de escapar de una estafa peligrosa y que nunca sabía en qué demonios estaba metido el hombre. Negó rápidamente, su largo cabello rubio se movió con ella como si danzara con vida propia.
— ¿Cuánto tiempo estarás por aquí? —lo jaló hacia un callejón menos transitado—. Por cierto —bajó la voz—. Si alguien pregunta, he estado contigo todo el día —rebuscó entre su ropa y sacó una guarda de plata—. Toma, para una de tus espadas —se la extendió—. ¡No es robada, ue! —se apresuró a aclarar—. Me tomó seis meses de cantar en el ‘‘ratón bizco’’ para pagarla —se colocó su laúd en la espalda—. Es por la comida de la última vez —se encogió de hombros—. Bueno, ¿qué te trae por aquí? Espero que no sean melones y sandías, porque sospecho que se agotarán el día de hoy.
Con quince años, Satsuki sabía que pronto tendría que abandonar el orfanato ‘‘Providence’’. Era demasiado mayor para seguir quedándose ahí y sabía que la Señorita Cabús no podía esperar a echarla, pero dejar a los pequeños era algo que no se podía permitir. Claro que había pensado en escapar con el espadachín, morir por una espada parecía más noble que morir de hambre, al menos en su mente. Sin embargo, estaba muy lejos de poder dejar a los niños del orfanato, aunque las visitas de su ‘‘colega’’ siempre resultaban en algo inesperado. En especial cuando se trataba de salvar su propio trasero de una posible represalia de forasteros enfadados.
