18-01-2026, 02:15 AM
Escondió su preocupación bajo su usual máscara de picardía, mientras se ocultaba con la silueta de su colega, ser tan pequeña tenía sus ventajas. Aun así, se mantenía alerta de cualquier cosa que pudiese pasar por si se requería correr en el momento menos esperado. Satsuki se cruzó de brazos, apoyándose en una palmera para hablar de forma más cómoda. La algarabía de la estafa todavía corría por sus venas, a la expectativa de que los bandidos se calmaran y se olvidarán de esa pequeña bromita tan insignificante.
—Lo de siempre —respondió encogiéndose de hombros—. Pocos forasteros tienen buen sentido de las ventajas juveniles —sonrió ampliamente—. De nada —respondió tras entregarle la guarda para su espada—. La vida no me permite ir más lento —bromeó—. ¡Anda! ¿Ya me reclutarás? —le dio un pequeño codazo con una risa divertida—. No estoy preparada para llamarte ‘‘Capitán’’ aún.
La propuesta hizo que la máscara se cayera durante unos instantes. Era todo lo que Satsuki había soñado. Lejos de gritos, de golpes y del hambre, pero dejar a los más pequeños en el orfanato Providence era algo que todavía su lógica no podía procesar. Había intentado comunicarse con los niños que habían enviado a otros sitios desde hacía niños y los adultos actuaban como si nunca hubiesen existido. Satsuki aún recordaba el dolor en su mejilla que le supuso la bofetada de la Señorita Cabús la última vez que preguntó por sus amigos.
—Lo sé —admitió con una seriedad que pocas veces se permitía mostrar—, pero sabes que los niños no sobrevivirán si no llevo comida —le recordó con un suspiro—. ¿Pudiste averiguar algo de mis amigos? —la última vez que lo vio le pidió averiguar algo de los huérfanos que habían enviado lejos—. Sé que es una información irrelevante para alguien como tú, pero todos prometieron escribir, o al menos buscar cómo comunicarse —afiló la mirada—. En fin —recompuso su máscara de carisma—. Por ser mi aliado puedo invitarte algo de la frutería —le picó las costillas con una sonrisa—. ¡Así se llama el nuevo burdel del pueblo, ue! ¡Te lo juro! —se sostuvo el estómago entre risas—. Se supone que entre más grandes las frutas más berries te cuestan. Pedí trabajo y me mandaron de paseo —volvió a encogerse de hombros—. Ni que lo hubiese pedido por gusto. Así que, por el momento, seguimos siendo este viejo y yo.
Señaló su laúd con una sonrisa picaresca. Satsuki sabía que era un problema para los adultos, pero realmente no dimensionaba qué tanto. Contar con alguien como Dharma para no morir antes de tiempo era, de alguna manera, un salvavidas en sí mismo. Aun así, tenía el presentimiento de que su presencia era imperativa en su pueblo y, más específicamente, en Providence.
—Siempre que necesites una granuja, sabes que puedes contar conmigo —se señaló con orgullo—. Nadie es mejor que yo para aprovecharse de los descuidos mortales —aseguró—. ¿Cuánto te quedarás está vez?
Porque el tiempo corría y Satsuki aprendía día a día que la vida transcurría sin esperar a que las cosas mejoraran, a que sus amigos estuviesen a salvo y a que el hambre dejara de ser una amenaza constante.
