Sentí el impacto de mis nudillos a través de los Rompe-cráneos impactando en la cara del demonio. Sentí el sabor de la victoria, la determinación del que lucha por una causa justa y obtiene los resultados adecuados por su sacrificio. Sentí que tanto tiempo y tantos años siguiendo en silencio al mal encarnado llegaban a su fin por el peso de mis propias manos. Sentí como la voluntad del infierno se quebraba ante la resolución de los hombres buenos, guiados por mi puño, y sentí que el futuro de los piratas Mushoku, se distanciaba de la locura genocida que se había puesto frente y tras nuestros pies.
Sentí el crujir de sus huesos, ajenos al humo que lo protegía de la realidad, y sentí el final de este enfrentamiento.
El acero perforó mi costillar.
Sentí el impacto del frío acero atravesando mi carne y abriéndose paso por ella. Sentí como el metálico sabor de la sangre brotaba de mis labios, y cómo el sabor del metal de mi costado guiaba esta misma fuera de mi cuerpo. Sentí que todo este enfrentamiento no había servido para nada más que para perder una oportunidad por no estar lo suficientemente preparado. Sentí como la maldición que imperaba en aquel monstruo se reforjaba de entre sus pedazos quebrados, y la bondad quedaba reducida a una intención frágil y volátil. Sentí como su ambición lo había devorado todo, incluso a mi.
Escupí una buena cantidad de sangre.
Recordé a Maeve, su promesa, su sacrificio. A Eaa y su cercanía y amabilidad, el respeto por su camino. Recordé la noticia en la que vi la muerte de ese bastardo que nos arrebató a Maeve, a manos de Eaa y sentí que ese círculo se cerraba. Recordé a los Piratas del Infame Infortunio, mi primera tripulación y aunque breve, el único sitio en el que me sentí en paz en casa. Recordé a todos mis compañeros, de allí y de aquí. Recordé cuando conocí a Quetzalli y a Gaeru, cómo nos encontramos en Sabaody, cómo les invité a formar parte de esto y protegerles lo mejor posible, cómo entrenábamos y luchábamos por mejorar juntos. Recordé como la ranita nos dejó injustamente tiempo después. Recordé las charlas con Quetzalli en cubierta y las noches charlando sobre el futuro. Recordé que yo le metí en esto y ahora, yo escapaba pero él quedaba atrás. Recordé la risa de Artur en el Niebla de Guerra y como temí porque las enseñanzas del demonio se lo llevasen,,, y recordé como hacía minutos antes dejé de sentir su haki. Recordé al doctor Ben Power y pensé, con esperanza, que ojalá hubiese logrado escapar y dejarnos atrás sin contratiempos ni problemas. Recordé a Korg manejando el navío y cómo lo encontramos en el lugar en el que acabamos con la señorita de pelo rojo de los marines. Pero esos recuerdos llegaban de forma desordenada y desorganizada.
Retiré mi mano del rostro del demonio y miré sus ojos.
Pensé que este poder me había elegido para lograr cosas grandes, para poder hacer la diferencia con los que estaban peor.
Pensé que ese poder me iba a llevar a un nivel diferente y que yo podría ser la piedra angular de un cambio, alguien que temieran los malvados y que esperasen los bondadosos... y no porque yo quisiese ser el héroe de nadie, si no porque sentía que un poder así, había caído en mis manos, a veces incapaces y a veces dudosas, para que no cayese en las manos de alguien peor y que se dedicase a sembrar el caos con él. Yo no era ningún santo, pero sabía que en mi, este poder había hecho el menor daño posible, y por él, yo había llegado hasta este punto.
La sangre brotaba de mi costado por el acero del demonio, y de las comisuras de mis labios manchando su rostro.
Me había equivocado. Me equivoqué cuando acepté seguir a este tipo sólo para escapar de aquella selva. Me equivoqué cuando maté a su compañero y no seguí atacándole a él. Me equivoqué cuando acepté asaltar aquel cuartel de la marina. Me equivoqué cuando convencí a Quetzalli y Gaeru de que entrasen en esta tripulación. Me equivoqué cuando no seguí los pasos de Ben de irme. Me equivoqué cuando acepté venir a este lugar. Y me equivoqué cuando decidí atacarle en este momento. Tenía que haberme hecho más fuerte. Tenía que haber esperado a atacarle cuando estuviera más débil por la batalla. Tendría que haber hecho tantas cosas, y no haber hecho tantas otras, que no tenía sentido pensar en todo ello.
Sonreí mirando su cara mientras mis ojos temblaban, mis párpados se cerraban
Intenté hablar. Intenté gritar para avisar a mis compañeros, pero las palabras no acudían a mis labios. Intenté aferrarme al presente, llevando mi mano hacia la conexión de su acero con mi piel, pero las fuerzas no acudían a mis músculos. Intenté mantenerme consciente, estar presente, resistir un poco más para al menos, llevármelo conmigo, pero la luz de mis ojos se apagaba.
Sentí, recordé, pensé, me lamenté, traté de resistir y finalmente lo entendí. Era el final. Ashura, el demonio, el mata héroes, la catástrofe... Ese asesino sin alma ni futuro, había ganado mi apuesta de todo o nada, y como ganador reclamaba su premio que era mi alma, justo o no. Y aunque sabía que tarde o temprano otro acabaría lo que yo había empezado, esperaba que él también encontrase su final en esta isla, con todas las fuerzas que me quedaban. El sonido del campo de batalla en los alrededores se eclipsaba por un zumbido sordo permanente que iba creciendo. La luz comenzaba a aumentar su brillo y a fundir las formas a su alrededor, haciéndome cerrar los ojos lentamente, con calma.
El abismo negro en mis párpados.
El tacto del metal en mi mano.
El sonido de mi corazón.
El sabor de la sangre.
El olor del humo.
Adios, muchachos.
Sentí el crujir de sus huesos, ajenos al humo que lo protegía de la realidad, y sentí el final de este enfrentamiento.
El acero perforó mi costillar.
Sentí el impacto del frío acero atravesando mi carne y abriéndose paso por ella. Sentí como el metálico sabor de la sangre brotaba de mis labios, y cómo el sabor del metal de mi costado guiaba esta misma fuera de mi cuerpo. Sentí que todo este enfrentamiento no había servido para nada más que para perder una oportunidad por no estar lo suficientemente preparado. Sentí como la maldición que imperaba en aquel monstruo se reforjaba de entre sus pedazos quebrados, y la bondad quedaba reducida a una intención frágil y volátil. Sentí como su ambición lo había devorado todo, incluso a mi.
Escupí una buena cantidad de sangre.
Recordé a Maeve, su promesa, su sacrificio. A Eaa y su cercanía y amabilidad, el respeto por su camino. Recordé la noticia en la que vi la muerte de ese bastardo que nos arrebató a Maeve, a manos de Eaa y sentí que ese círculo se cerraba. Recordé a los Piratas del Infame Infortunio, mi primera tripulación y aunque breve, el único sitio en el que me sentí en paz en casa. Recordé a todos mis compañeros, de allí y de aquí. Recordé cuando conocí a Quetzalli y a Gaeru, cómo nos encontramos en Sabaody, cómo les invité a formar parte de esto y protegerles lo mejor posible, cómo entrenábamos y luchábamos por mejorar juntos. Recordé como la ranita nos dejó injustamente tiempo después. Recordé las charlas con Quetzalli en cubierta y las noches charlando sobre el futuro. Recordé que yo le metí en esto y ahora, yo escapaba pero él quedaba atrás. Recordé la risa de Artur en el Niebla de Guerra y como temí porque las enseñanzas del demonio se lo llevasen,,, y recordé como hacía minutos antes dejé de sentir su haki. Recordé al doctor Ben Power y pensé, con esperanza, que ojalá hubiese logrado escapar y dejarnos atrás sin contratiempos ni problemas. Recordé a Korg manejando el navío y cómo lo encontramos en el lugar en el que acabamos con la señorita de pelo rojo de los marines. Pero esos recuerdos llegaban de forma desordenada y desorganizada.
Retiré mi mano del rostro del demonio y miré sus ojos.
Pensé que este poder me había elegido para lograr cosas grandes, para poder hacer la diferencia con los que estaban peor.
Pensé que ese poder me iba a llevar a un nivel diferente y que yo podría ser la piedra angular de un cambio, alguien que temieran los malvados y que esperasen los bondadosos... y no porque yo quisiese ser el héroe de nadie, si no porque sentía que un poder así, había caído en mis manos, a veces incapaces y a veces dudosas, para que no cayese en las manos de alguien peor y que se dedicase a sembrar el caos con él. Yo no era ningún santo, pero sabía que en mi, este poder había hecho el menor daño posible, y por él, yo había llegado hasta este punto.
La sangre brotaba de mi costado por el acero del demonio, y de las comisuras de mis labios manchando su rostro.
Me había equivocado. Me equivoqué cuando acepté seguir a este tipo sólo para escapar de aquella selva. Me equivoqué cuando maté a su compañero y no seguí atacándole a él. Me equivoqué cuando acepté asaltar aquel cuartel de la marina. Me equivoqué cuando convencí a Quetzalli y Gaeru de que entrasen en esta tripulación. Me equivoqué cuando no seguí los pasos de Ben de irme. Me equivoqué cuando acepté venir a este lugar. Y me equivoqué cuando decidí atacarle en este momento. Tenía que haberme hecho más fuerte. Tenía que haber esperado a atacarle cuando estuviera más débil por la batalla. Tendría que haber hecho tantas cosas, y no haber hecho tantas otras, que no tenía sentido pensar en todo ello.
Sonreí mirando su cara mientras mis ojos temblaban, mis párpados se cerraban
Intenté hablar. Intenté gritar para avisar a mis compañeros, pero las palabras no acudían a mis labios. Intenté aferrarme al presente, llevando mi mano hacia la conexión de su acero con mi piel, pero las fuerzas no acudían a mis músculos. Intenté mantenerme consciente, estar presente, resistir un poco más para al menos, llevármelo conmigo, pero la luz de mis ojos se apagaba.
Sentí, recordé, pensé, me lamenté, traté de resistir y finalmente lo entendí. Era el final. Ashura, el demonio, el mata héroes, la catástrofe... Ese asesino sin alma ni futuro, había ganado mi apuesta de todo o nada, y como ganador reclamaba su premio que era mi alma, justo o no. Y aunque sabía que tarde o temprano otro acabaría lo que yo había empezado, esperaba que él también encontrase su final en esta isla, con todas las fuerzas que me quedaban. El sonido del campo de batalla en los alrededores se eclipsaba por un zumbido sordo permanente que iba creciendo. La luz comenzaba a aumentar su brillo y a fundir las formas a su alrededor, haciéndome cerrar los ojos lentamente, con calma.
El abismo negro en mis párpados.
El tacto del metal en mi mano.
El sonido de mi corazón.
El sabor de la sangre.
El olor del humo.
Adios, muchachos.
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![[Imagen: GGT7d9e.png]](https://i.imgur.com/GGT7d9e.png)
