[Presente Relativo] Sin Vasos Vacíos | Social | Hiiragi
#7
Cuando Hiiragi se levantó y fue hacia la pista, no la seguí de inmediato. Me quedé medio segundo más sentada, lo justo para tomar aire y dejar que la música termine de prenderme fuego por dentro. Esa canción entra por el cuerpo, te sacude y te dice “dale, movete”. Y yo soy de hacerle caso a esas voces.

Me incorporé con calma, estirando primero la espalda, los hombros, dejando que las alas se acomodaran solas detrás mío. El banco quedó ahí, esperándonos para después. La botella de agua también. Todo en orden. Crucé el espacio hasta la pista sintiendo cómo el piso vibraba bajo los pies, cargado de energía compartida. El Centro estaba en uno de esos momentos donde ya nadie mira raro a nadie: todos bailan, todos existen, todos están bien.

La encontré fácil. Hiiragi brillaba sin esfuerzo, metida de lleno en la música. Su cuerpo no discutía con el ritmo, lo celebraba. Saltaba, giraba, se desplazaba con una alegría contagiosa, y sus orejas marcaban acentos que ni las trompetas se atrevían a exagerar. Me acerqué sonriendo, sin invadirle el espacio de golpe, dejando que mi presencia se sume como una capa más al movimiento general.

Arranqué suave, primero con caderas y hombros, dejándome llevar por el pulso de los tambores. Los pasos se volvieron más amplios, más redondos, y pronto el cuerpo entero estaba metido en la fiesta. Las alas acompañaban el vaivén, abriéndose apenas en los giros, cerrándose cuando bajaba el centro de gravedad. El sudor volvió rápido, pero era de ese que se disfruta, el que confirma que estás viva y presente.

La miré mientras bailábamos cerca, compartiendo espacio sin necesidad de tocarnos todavía. Cuando gritó algo sobre los tambores, me reí fuerte y asentí con la cabeza, marcando un contratiempo con el pie.

— ¡Eso es porque el cuerpo sabe cosas antes que la cabeza! — le respondí, levantando la voz apenas lo necesario — ¡Y hoy parece que sabe exactamente qué hacer!

Me dejé llevar un poco más, sumando giros cortos, bajadas de cadera, pasos que nacen más del instinto que de cualquier técnica. No estaba bailando para lucirme; estaba bailando para compartir. Cada vez que cruzábamos miradas, el ritmo se ajustaba solo, como si el aire entre las dos también tuviera memoria.

Cuando empezó a hablar de sus planes, de rutas, de islas, de contactos, no dejé de moverme. Al contrario: escuchaba mientras el cuerpo seguía marcando. Eso me permitía entenderla mejor. Sus palabras tenían ambición, sí, pero no pesaban. Eran livianas, móviles, hechas para circular.

— Suena grande lo que querés — le dije mientras giraba y volvía a enfrentarla — No imposible. Grande de verdad.

Marqué un paso más bajo, firme, dejando que el peso caiga bien en el suelo.

— Una red así necesita gente que sepa leer a los demás — continué — Y vos eso lo tenés. Se nota en cómo te movés entre cuerpos sin chocar, cómo entrás y salís del ritmo. Eso no se aprende en un mapa. Es todo un tema.

Me acerqué un poco más, sincronizando mis pasos con los suyos. Blanco y negro mezclándose en movimiento, sin competir. El calor era intenso, pero lejos de cansarme, me afilaba los sentidos. La música estaba en su punto más alto, las trompetas desatadas, la percusión marcando un pulso que parecía no querer terminar nunca.

— Y si algún día caés en mi joyería con historias de islas raras — agregué, con una sonrisa ladeada — más te vale traerlas bien contadas. Las piezas más lindas siempre salen de relatos que valen la pena.

Le seguí el salto que propuso, adaptando el movimiento a mi propio eje. No era una carrera, pero tampoco un paseo. El cuerpo respondió sin quejarse, agradecido por el desafío. Al caer, sentí el impacto firme del suelo, estable, y me reí otra vez.

La canción empezó a encarar su tramo final, ese desborde alegre que deja a todos un poco sin aire. Bajé apenas la intensidad, más por estrategia que por cansancio, dejando que el movimiento se vuelva más ondulante. El sudor corría por la espalda, las alas pesaban un poco más, pero no era una molestia. Era parte del trato.

Cuando la música finalmente empezó a cerrar, me incliné hacia ella lo suficiente para que me escuche sin tener que gritar.

— Después de esto, vamos a necesitar agua — dije — Y capaz sentarnos un rato… porque ahora sí quiero seguir con esa charla.

Le guiñé un ojo, todavía en movimiento, mientras el Centro explotaba en risas, aplausos y cuerpos que se resistían a quedarse quietos incluso cuando la canción ya estaba terminando.
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RE: [Presente Relativo] Sin Vasos Vacíos | Social | Hiiragi - por Asherah Bel-Nadin - 23-01-2026, 01:01 AM

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