El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ]
#5
Era extraño cómo nuestros cuerpos seguían físicamente ahí, en el mercado —con sus olores densos a frutas abiertas y voces que se superponían como capas de tela— pero ya no me atravesaba de la misma manera. Mi atención estaba anclada en él, en cómo su presencia habia pasado de irrupción heroica a posibilidad sin que yo sintiera la necesidad de retroceder ni rechazarlo.

Aún sentía en la piel el rastro de su cercanía: el calor firme en el muslo, el peso exacto de una mano que supo detenerse antes de cruzar el límite, la manera en que sus ojos no pidieron disculpas por mirar. Había gestos que no se borraban al tomar distancia. Se quedaban, silenciosos, como un pulso bajo la superficie. Y mientras respiraba hondo, acomodando mis alas con un movimiento lento, entendí que parte de mí seguía midiendo ese contacto, no para evitarlo… sino para recordarlo.

Su nombre quedó flotando entre nosotros como una invitación abierta.

Lo dejé asentarse, permitiéndome ese segundo de silencio que siempre uso para medir las cosas importantes: la intención detrás de las palabras, el peso real de una propuesta, la diferencia entre deseo pasajero y curiosidad con raíces. Él había pedido acompañarme con descaro elegante, con esa sinceridad frontal que no pide permiso pero tampoco atropella. Y, sobre todo, había bajado el tono justo cuando hacía falta.

Eso decía mucho.

Apoyé con cuidado el anillo de cobre nuevamente sobre la tela blanca. No lo solté de golpe; dejé que mis dedos se demoraran un instante más del necesario, como si el objeto fuese una excusa para ordenar pensamientos que, en realidad, no estaban desordenados en absoluto. El cobre brilló apenas bajo el sol.

Me giré apenas, lo suficiente para mirarlo de perfil desde arriba. El contraste seguía siendo delicioso: su altura segura frente a la mía imposible, su cuerpo firme y contenido frente a mi sombra extendida cubriendo media escena. Incliné un ala apenas, no como gesto defensivo, sino como quien acomoda una prenda sabiendo que está siendo observada… y disfrutada.

— Antes de que sigamos acumulando propuestas y confesiones… — agregué, inclinándome un poco más, con intención clara — Soy Asherah.

No extendí la mano. No hacía falta. Mi presentación vino acompañada de una cercanía cálida, de una mirada sostenida que no pedía nada pero tampoco se escondía.

Deslicé una mano por el borde del tablón improvisado, recorriendo la madera gastada, y luego señalé con la barbilla el pasillo principal del mercado, donde los puestos se apretaban en una coreografía caótica de colores, telas tensadas con sogas y risas que explotaban sin previo aviso.

— Iba a hacer unas compras rápidas para el almuerzo — expliqué — Pero antes… — No terminé la frase de inmediato. En cambio, empecé a moverme en torno al tablón.

El desmontaje fue preciso y elegante. El paño blanco se plegó con cuidado, sin rozar el suelo, y las piezas fueron retiradas una por una, como corresponde. El cobre no tocó el latón; la plata quedó aislada; el vidrio marino volvió a su estuche individual. Cada joya encontró su lugar en pequeños estuches rígidos forrados en tela oscura, separados, protegidos del roce y del descuido.

Luego me agaché para sacar de debajo del tablón un cofre de joyero con correas, compacto pero sólido, revestido en cuero oscuro, con herrajes discretos marcados por el  debido uso, no por abandono. Lo abrí lo justo para acomodar las bandejas interiores acolchadas, encastrando cada estuche. El cierre final sonó bajo.

Mientras lo hacía, sentía todavía su mirada recorriéndome. Suponía que cada gesto —mis manos firmes, el pliegue de las alas, la calma del cuerpo inclinándose— se hubiese vuelto parte del mismo diálogo silencioso que había empezado cuando me encaró sin remordimientos. Y, lejos de incomodarme, ese pensamiento se acomodó en mí con una tibieza peligrosa.

Entonces el tablón quedó vacío y la palmera volvió a ser solo una palmera.

— No tengo puesto fijo — aclaré, sin dramatismo — Lo armo cuando quiero y lo levanto igual de fácil. Hoy ya cumplió su función.

Le dediqué una mirada breve, cómplice. Con el cofre asegurado a mi costado, el mercado volvió a abrirse frente a mí sin obligaciones. Libre.

—Ahora sí — retomé — Si te parece bien acompañarme, podemos ir juntos.

Mis ojos se encontraron con los suyos.

— No soy de andar apurada — añadí — pero tampoco me gusta dejar pasar el momento cuando se presenta. Es todo un tema.

Di un paso más cerca. No invadí: ocupé. La diferencia era clara. El leve movimiento hizo que las pulseras tintinearan otra vez, más cerca de su pecho ahora, y que el pareo se acomodara con una lentitud consciente contra mis muslos. Esta vez, no fue solo gesto, fue una respuesta definitiva.

— Después… — dejé que la frase respirara — podemos almorzar en casa.

No fue una invitación lanzada al aire. Fue concreta y sencilla, dicha con la misma naturalidad con la que se ofrece agua a alguien que viene del sol.

— Vivo por acá cerca del río — aclaré — Corre brisa casi todo el día y queda lo suficientemente lejos del bullicio como para escuchar algo más que a gente gritándonos encima.

Apoyé el peso en una sola pierna, relajando la postura, permitiéndome observarlo con más detenimiento ahora que la escena había bajado un cambio. Su seguridad seguía ahí, intacta, pero ya no era exhibición: era comodidad. Y eso… eso era más peligroso.

— Trabajo por acá cuando el cuerpo y el ánimo coinciden — continué — Joyas simples, encargos chicos… y a veces conversaciones interesantes que empiezan sin aviso.

Dejé escapar una risa baja, sincera.

— Hhh-heh-hhh~ Como hoy.

Acomodé el cofre contra mi cadera y tomé la canasta de mimbre en un movimiento fluido, de alguien que sabe cuidar lo que vale… y elegir cuándo moverse.

— Si te preocupa el tiempo — dije, mirándolo por encima del hombro — prometo no secuestrarte todo el día. Aunque no garantizo que el almuerzo sea corto.

Le dediqué una mirada ladeada, cargada de intención suave, sin presión, y terminaba de girar el cuerpo nuevamente para darle la espalda.

Di el primer paso hacia el camino arenoso del mercado. No miré atrás enseguida. Me gustaba otorgar la sensación de que la última decisión —si es que todavía pensara que no se lo había confirmado— fuera suya.


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RE: El pulso bajo la palmera [ P.A. - Social| Shin ] - por Asherah Bel-Nadin - 23-01-2026, 04:13 PM

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