[Pasado/Social] Error micológico
#2
Sus botas se hundieron en el terreno saturado, castigando el lodo con un chapoteo ahogado y rítmico. Plop. El sonido se repetía con la precisión de un metrónomo que marcaba una marcha lenta, muy alejada de la aleatoriedad de la naturaleza. A su alrededor, los mosquitos orbitaban en nubes densas, como una guardia pretoriana de carroñeros alados que aguardaba, con una paciencia letal, a que la barrera invisible de sus aceites se desvaneciera.

Y es que, aquella mañana, tras una sesión de ejercicio que había despertado cada fibra de su ser, Bai se había ungido siguiendo su riguroso ritual de higiene que nada tenía que ver con la imperiosa necesidad de que esos seres no le picaran. De ahí que ahora, su cuerpo —todavía vibrante por el esfuerzo— reluciera bajo los haces de luz que lograban perforar el dosel arbóreo, convirtiendo su piel en una superficie broncínea y especular.

Fshh, fshh.

El roce persistente de las hojas contra su ropa pronto se convirtió en una estática táctil que comenzó a erosionar la paciencia de la birkiniana. Pues, en aquel tramo, la espesura parecía haber desarrollado una voluntad antropófaga, cerrándose sobre ella con la intención de engullir su imponente estatura.

Flop.

Con un movimiento, Bai apartó una hoja de considerables dimensiones, sin percatarse de que, justo frente a ella, un árbol joven había extendido sus ramas —largas y afiladas como falanges— en una trayectoria descendente. Si en embargo, su verdadero error había sido la división de la atención: inclinó la cabeza para buscar a Alana, preocupada por si el desplazamiento de la hoja había sepultado a la pequeña, y fue entonces cuando la física reclamó su tributo poco antes de que levantara su vista para cerciorarse del camino.

¡Plam!

El impacto fue una nota seca, leñosa y humillante. Un sonido vacío que resonó en el silencio del bosque como si su cráneo, en lugar de albergar décadas de estudio, fuera una caja de resonancia llena de aire.

Dio un par de pasos hacia atrás, se detuvo en seco y, sus alas, se erizaron en un espasmo involuntario.

—Bien… —articuló entre dientes, mientras cerraba los ojos y sentía su cabeza palpitar.

Abrió la boca para decir algo más y, al instante, la cerró para luego apretar los labios con tal fuerza que estos mismos pronto palidecieron. De no haber sido así estaba completamente segura de que, el improperio que iba a soltar, hasta Alana lo habría entendido.

—Atenta. Muy atenta. Claro que sí... —añadió sobándose la zona afectada —Estoy bien — le comentó a la pequeñaja sonriendo como pudo y alzando un pulgar.

A partir de ahora iba a tener que ir con cuidado. Dicho y hecho.

Pues desde aquel momento, Bai procederia con mayor cautela,  apartando las cortinas de clorofila con movimientos extremadamente calculados; evaluando la tensión de cada rama antes de oponer resistencia y midiendo su fuerza para no provocar un efecto de látigo que pudiera alcanzar a la tontatta que avanzaba a sus pies.

Efectivamente. Ya no se permitiría el lujo de la distracción.

Mientras tanto, sus alas —firmemente replegadas contra su espalda— operaban como sensores barométricos, reaccionando de forma autónoma a las sutiles variaciones en la densidad del aire. Se tensaban en un ángulo rígido,  cuando el silencio del bosque se volvía demasiado sepulcral, una señal de alarma instintiva ante el vacío sonoro; y solo recuperaban una relativa laxitud cuando el murmullo vibrante de los insectos y el siseo de las hojas confirmaban que el ecosistema recuperaba su curso lógico.

De esta forma, para cuando llegaron a una zona plagada de setas, el entorno se había transformado en un tapiz de geometrías caprichosas y colores que desafiaban la paleta cromática de la superficie pero que ella aún no descubría.

Por suerte para ella, Alana sí sabía lo que habían venido a buscar.

Y tan pronto como le señaló el suelo, Bai se sintió fascinada pues, desde su altura –y frente a ella— se podía ver cómo se extendía una alfombra de sombreros convexos y láminas intrincadas que brotaban de las raíces como excrecencias de un mundo subterráneo.

—Wow —murmuró sintiéndo cómo por sus alas le recorría un cosquilleo de excitación —Es precioso —añadió bajando la mirada y sonriendo a la pequeña Alana que ahora le hacía gestos y mencionaba a Han.

—¿Han? —le costó unos instantes entender a qué se refería —¡Han! ¡Claro! —respondió mientras iniciaba un laborioso proceso de plegarse sobre sí misma —No te preocupes —Alana y Bai... —hizo un gesto de cocinar algo en una sartén. Una torilla imaginaria —. Cocinar setas —terminó diciendo y señalando los hongos para luego levantar un pulgar y decirle que todo iría bien.

Y tan pronto como habló sus rodillas crujieron levemente y sus alas se ajustaron para hacerla mantener el equilibrio, proyectando una sombra vasta sobre el jardín de hongos.

Ahora su rostro ya quedaba un poco más cercano a la tonatta pese que todabía había mucha distancia.

Bai observó el corte limpio que Alana había hecho en la carne blanca de la seta. La textura era firme, homogénea y sin vetas sospechosas. Inclinó la cabeza con un movimiento lento, evaluando no solo el espécimen fúngico sino también la confianza de la muchacha; Bai no poseía conocimiento alguno sobre hongos, flora o fauna más allá que el de un médico encaprichado con el conocimiento.

Y aunque era capaz de identificar raíces esenciales y hierbas de curación básica, el vasto e intrincado reino de los hongos le resultaba un mapa en blanco. Por ello, en un inusual ejercicio de humildad intelectual, decidió delegar su juicio en Alana. Además, contaba con un barómetro infalible: sus alas, siempre receptivas a las corrientes de aire y a las vibraciones del entorno, no interpretaban la presencia de aquellas setas como una amenaza biológica.

—¿Estas sí? —preguntó con un murmullo grave y un movimiento de cabeza.

Supondría que sí.

Y acto seguido se llevó las manos a la correa y se quito el zurrón de encima.

Luego, recogió con cuidado las que Alana le tendía y las acomodó en el  interior de su equipo. No eran muchas, pero requerían una disposición estratégica; de lo contrario, la pequeña caja de madera que albergaba su instrumental médico —su compañera imprescindible— acabaría por reducirlas a pulpa bajo su propio peso.

Mientras tanto, Alana continuó recolectando algunas más, moviéndose con una destreza que la titánica mujer envidiaba.

—Alana —iba llamándola de tanto en tanto y señalandole zonas que ella podía ver debido a su posición —Allí.

Y tras eso se levantaba para seguirla apartándole hojas y ramas buscando asegurarse de que nada caía sobre la pequeña.

Así estuvieron un rato, buscando, cortando, y rechazando hasta que, finalmente, llegaron a unas de dudosa comestibilidad.

—Hmmm... —el sonido emergió de su garganta como un ronroneo pensativo, vibrando con la profundidad de un trueno lejano.

Y acto seguido tomó la seta entre sus dedos, tratándola con  delicadeza; la inspeccionó bajo la luz filtrada, girándola con parsimonia sin hallar anomalías macroscópicas evidentes. Pero, ¿qué significaba realmente la "normalidad" en un ecosistema que desafiaba todos sus mapas mentales? Para ella, aquel hongo era un microcosmos de incógnitas.

Sin embargo, su mente académica pronto encontró refugio en su máxima favorita: El conocimiento no es más que una conjetura elegante hasta que el empirismo dicta su veredicto.

—Cógela —sentenció finalmente asintiendo y colocándola, esta vez, separada de las demás en un bolsillo externo de su zurrón.

Ahora ya tenían dos variedades que buscar.

—Con esto bastará —comentó, tras descubrir que llevaban un pequeño botín de lo más generoso. E hizo un gesto de parar con la diestra.

Después, con una serie de movimientos fluidos, ajustó las correas de cuero sobre sus hombros, equilibrando la carga de forma que no interfiriera con la envergadura de sus alas y asegurando así el zurrón.

—¿Vamos?

Tras eso Bai extendió sus manos —amplias y marcadas por su reciente hobbie como manitas— hacia la pequeña Alana; sus palmas se ofrecieron como una plataforma sólida, invitándola a ocupar un lugar de honor sobre su hombro.
Además, si alguien merecía la recompensa de observar el mundo desde las alturas, era ella por el  maravilloso trabajo que había hecho.

Acto seguido, Bai inició el laborioso ascenso de su propia estructura. Sus músculos se tensaron bajo la piel aceitada mientras se erguía, vértebra a vértebra, hasta que su coronilla rozó de nuevo el dosel más alto. Y ahora, desde su altura recuperada, el bosque volvía a ser un tapiz bajo sus pies, y ella, de nuevo, la observadora que dominaba el horizonte.

—¿A dónde vamos ahora?

Hacia el norte, la alfombra de vegetación se espesaba en una amalgama de verdes sombríos que terminaban por devorar la luz en una zona de oscuridad impenetrable; un territorio que prometía misterios, pero también peligros desconocidos. Hacia el sur, el aire acariciaba sus alas con un rastro de salitre, indicando que el límite de la costa no estaba lejos.

Sin embargo, Bai giró el torso hacia el este, donde la densidad forestal claudicaba. Allí, la vegetación se volvía menos intrusiva, permitiendo que fragmentos de luz dorada perforaran la atmósfera. Para su mente analítica, la ecuación era sencilla: mayor incidencia solar equivalía a un incremento térmico y, por consiguiente, a una zona de humedad reactiva. Un microclima perfecto para encontrar especies que no toleraban la penumbra del sotobosque.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
  Responder


Mensajes en este tema
[Pasado/Social] Error micológico - por Alana Sahiba - 23-01-2026, 12:40 PM
RE: [Pasado/Social] Error micológico - por Bai Mudan - 24-01-2026, 02:29 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)