25-01-2026, 12:26 PM
Crueldad y frivolidad. Las palabras me rozaron como una cuchilla bien afilada: limpias, precisas… y hechas para cortar sin remordimientos. Era preciso en muchos aspectos, no solo en el médico. Levanté la vista hacia él con lentitud, observando cómo incluso tras la mascarilla demostraba el placer intelectual. No era sadismo. Era algo mejor: comodidad. O al menos eso es lo que me pareció entrever en sus expresiones faciales. Sentí un leve cosquilleo en la nuca. No de miedo, sino de reconocimiento. La última vez que sentí eso, acabé siendo traicionada. Aún no tenía motivos reales para desconfiar de él (más bien todo lo contrario), pero mi propia ansiedad me mantenía alerta.
— La naturaleza es cruel —concedí en voz baja—. Pero eso no nos exime de responsabilizarnos de cómo lo somos nosotros. Somos médicos precisamente porque vamos en contra de las normas de la naturaleza —para jugar con nuestra realidad a nuestro antojo y moldearla como queramos.
No aparté los ojos del cuerpo inerte mientras hablaba. El dinosaurio yacía abierto ante nosotros como una lección de anatomía a medio escribir, la carne separándose con una facilidad que me ponía incómoda. No debería ser así. Ni siquiera en un cadáver reciente. La incomodidad residía en que me hallaba al lado del autor. Cuando Hyak retiró la mano de golpe, yo ya estaba inclinándome hacia delante, con el ceño fruncido. Su explicación estaba bien hecha, medida, sabía lo que hacía, o al menos quería experimentar con lo que creía saber. En cualquier circunstancia era admirable—. Terrorífico. Me encanta. Tendré cuidado la próxima vez que me encuentre contigo. Tal vez ni deba tocar tus objetos sin guantes antes —una desconfianza fundamentada pero a la vez un tanto irónica, pues aunque me produjese pinchazos en el pecho, no sentía rechazo hacia él. Era más bien… temor y curiosidad.
Lo sentí entonces. No con la piel, sino más profundo, como si el aire mismo vibrara. Un calor húmedo, antinatural, que no pertenecía a ningún proceso normal de descomposición. Tragué saliva—. Eso… —murmuré— eso no es solo citotoxicidad.
Escuché su explicación con atención. Daño muscular. Inhibidores nerviosos. Colapso metabólico. Todo tenía sentido, demasiado. Asentí despacio mientras mis ojos recorrían el interior del animal, memorizando colores, texturas, la manera en que los tejidos se rendían sin resistencia, intentando encontrar en ese ser todas las palabras que él había admitido encontrar—. Has forzado al cuerpo a consumirse a sí mismo —dije finalmente—. No se apaga. Se quema desde dentro.
Cuando la sangre empezó a burbujear, sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No por asco. Por fascinación. El sonido era bajo, húmedo, como una sopa hirviendo muy despacio. Me acerqué un poco más sin darme cuenta, hasta que la jeringa apareció y la aguja se hundió en la vena. El color me heló el estómago. Había algo extraño en ella—. Hyak… —susurré—. Mira la viscosidad. Está cambiando incluso fuera del cuerpo.
Me fijé en cómo el líquido parecía volverse más denso a cada segundo, como si la sangre estuviera olvidando cómo ser sangre y estuviera mutando a algo que aún no sabía describir, mucho menos nombrar. Tal vez una especie de pus.
Cuando me ofreció el botiquín, asentí y me moví hacia él, consciente por primera vez de que mis manos desnudas podían ser peligrosas para mí misma, aún más después de saber todo el mejunje utilizado para matar al dinosaurio. Era peligroso ingerido pero ¿lo sería también al tacto? Improvisé. Siempre improvisaba. Tela, hojas grandes, una venda vieja. No era estéril, pero en esta isla ese concepto era casi un chiste. Tomé la jeringa cuando me la tendió, sujetándola con cuidado, sintiendo el calor atravesar incluso mi protección precaria.
— Gracias —dije—. Y no te preocupes por mi nombre —lo miré de reojo—. He trabajado con gente que olvidaba caras. Además, no creo que eso sea lo peor que puede pasarle a un médico.
Cuando habló de la amnesia, mi expresión se suavizó un poco sin que pudiera evitarlo, no se transformó en pena, sino en curiosidad: la cantidad de cosas que pueden pasar desapercibidas durante la batalla—. La memoria falla —respondí—. El criterio no. Y el tuyo… es inquietantemente bueno. No todo tiene que ser malo.
Empecé a ayudarle. Pasé tubos, señalé zonas aún “útiles”, aparté piel con cuidado. Mis pensamientos iban rápidos, demasiado. Little Garden no era una isla normal. Nada aquí lo era. Y entonces… al llegar a aquella protuberancia, el olor me golpeó incluso a través de la mascarilla improvisada. Metálico. Dulzón. Incorrecto. Sentí un mareo breve, como si el aire quisiera entrar demasiado rápido en mis pulmones.
— Eso no es descomposición normal —dije, con la voz más tensa—. Tu veneno está reaccionando con algo propio del animal… o de la isla incluso. ¿Tal vez reacción a la propia humedad del aire?
Mis ojos se encontraron con los suyos, buscando una segunda opinión. Parecía de verdad maravillado poro aquel nuevo síntoma. Me acerqué de nuevo, más cauta esta vez, observando cómo el cuerpo parecía seguir “activo” en su propia muerte—. Si esto sigue así —añadí—, el cadáver va a volverse inestable. Debemos ser rápidos.
Respiré hondo, sintiendo el pulso en las sienes, una mezcla peligrosa de adrenalina y curiosidad—. Tú corta —concluí—. Yo apunto. Y si esto decide explotar, corro más rápido que tú.
Lo dije medio en broma… pero yo no me reí. Y durante un instante no supe si estaba más pendiente de la jeringa… o de lo natural que le resultaba a Hyak moverse en medio de aquel caos biológico. Aun así, cuando se acercó y me tendió la jeringuilla llena de sangre espesa, no dudé, a pesar de la broma. El cilindro estaba caliente. No “tibia”, caliente de verdad. Mis dedos se tensaron alrededor del cuerpo de la jeringa mientras seguía con la mirada el gesto con el que señalaba los tubos de recolección. Cinco. Pocos. Insuficientes para algo así.
— ¿Una ofrenda de buena fe? —repetí en voz baja, ladeando apenas la cabeza—. Curiosa forma de disculparse. Me gusta.
No había burla en mi tono, solo una observación sincera. Mientras hablaba, deslicé con cuidado la aguja y dejé que la sangre llenara uno de los tubos. Cuando se apartó para repetir el procedimiento, mis ojos siguieron el movimiento de la sangre, ese espesor antinatural que avanzaba segundo a segundo—. No es solo efectivo —murmuré, más para mí que para él—. Es voraz.
Cuando me pidió ayuda con las notas, solté una breve exhalación por la nariz. Casi una risa sin humor—. ¿Mis manos más limpias que las tuyas? —levanté una ceja—. Eso dice más de ti que de mí, doctor.
Aun así, asentí. Me moví a su lado, observando cómo guardaba los tubos con una delicadeza que contrastaba con la violencia del proceso que los había llenado. Me fijé en la forma en que suspiró al mencionar los órganos—. Puedo entenderlo —dije—. Un cuerpo así no se repite. No en cualquier lado. No con este veneno.
Cuando volvió al cadáver para extraer piel y carne, me acerqué también. El olor era más fuerte ahora. Observé cómo el cuero cedía bajo la hoja, cómo la carne parecía separarse casi con demasiada facilidad—. Sí —respondí cuando preguntó si quería muestras—. Cuantas más tengamos, mejor podremos distinguir qué es efecto directo del veneno… y qué es cosa de esta isla maldita.
Me agaché a su lado, esta vez sin dudar. Señalé una zona concreta del costado del animal—. Ahí —dije—. La textura es distinta. Mira cómo las fibras no se retraen —lo miré—. Eso puede darnos una pista sobre el orden en el que el veneno actuó.
— La naturaleza es cruel —concedí en voz baja—. Pero eso no nos exime de responsabilizarnos de cómo lo somos nosotros. Somos médicos precisamente porque vamos en contra de las normas de la naturaleza —para jugar con nuestra realidad a nuestro antojo y moldearla como queramos.
No aparté los ojos del cuerpo inerte mientras hablaba. El dinosaurio yacía abierto ante nosotros como una lección de anatomía a medio escribir, la carne separándose con una facilidad que me ponía incómoda. No debería ser así. Ni siquiera en un cadáver reciente. La incomodidad residía en que me hallaba al lado del autor. Cuando Hyak retiró la mano de golpe, yo ya estaba inclinándome hacia delante, con el ceño fruncido. Su explicación estaba bien hecha, medida, sabía lo que hacía, o al menos quería experimentar con lo que creía saber. En cualquier circunstancia era admirable—. Terrorífico. Me encanta. Tendré cuidado la próxima vez que me encuentre contigo. Tal vez ni deba tocar tus objetos sin guantes antes —una desconfianza fundamentada pero a la vez un tanto irónica, pues aunque me produjese pinchazos en el pecho, no sentía rechazo hacia él. Era más bien… temor y curiosidad.
Lo sentí entonces. No con la piel, sino más profundo, como si el aire mismo vibrara. Un calor húmedo, antinatural, que no pertenecía a ningún proceso normal de descomposición. Tragué saliva—. Eso… —murmuré— eso no es solo citotoxicidad.
Escuché su explicación con atención. Daño muscular. Inhibidores nerviosos. Colapso metabólico. Todo tenía sentido, demasiado. Asentí despacio mientras mis ojos recorrían el interior del animal, memorizando colores, texturas, la manera en que los tejidos se rendían sin resistencia, intentando encontrar en ese ser todas las palabras que él había admitido encontrar—. Has forzado al cuerpo a consumirse a sí mismo —dije finalmente—. No se apaga. Se quema desde dentro.
Cuando la sangre empezó a burbujear, sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No por asco. Por fascinación. El sonido era bajo, húmedo, como una sopa hirviendo muy despacio. Me acerqué un poco más sin darme cuenta, hasta que la jeringa apareció y la aguja se hundió en la vena. El color me heló el estómago. Había algo extraño en ella—. Hyak… —susurré—. Mira la viscosidad. Está cambiando incluso fuera del cuerpo.
Me fijé en cómo el líquido parecía volverse más denso a cada segundo, como si la sangre estuviera olvidando cómo ser sangre y estuviera mutando a algo que aún no sabía describir, mucho menos nombrar. Tal vez una especie de pus.
Cuando me ofreció el botiquín, asentí y me moví hacia él, consciente por primera vez de que mis manos desnudas podían ser peligrosas para mí misma, aún más después de saber todo el mejunje utilizado para matar al dinosaurio. Era peligroso ingerido pero ¿lo sería también al tacto? Improvisé. Siempre improvisaba. Tela, hojas grandes, una venda vieja. No era estéril, pero en esta isla ese concepto era casi un chiste. Tomé la jeringa cuando me la tendió, sujetándola con cuidado, sintiendo el calor atravesar incluso mi protección precaria.
— Gracias —dije—. Y no te preocupes por mi nombre —lo miré de reojo—. He trabajado con gente que olvidaba caras. Además, no creo que eso sea lo peor que puede pasarle a un médico.
Cuando habló de la amnesia, mi expresión se suavizó un poco sin que pudiera evitarlo, no se transformó en pena, sino en curiosidad: la cantidad de cosas que pueden pasar desapercibidas durante la batalla—. La memoria falla —respondí—. El criterio no. Y el tuyo… es inquietantemente bueno. No todo tiene que ser malo.
Empecé a ayudarle. Pasé tubos, señalé zonas aún “útiles”, aparté piel con cuidado. Mis pensamientos iban rápidos, demasiado. Little Garden no era una isla normal. Nada aquí lo era. Y entonces… al llegar a aquella protuberancia, el olor me golpeó incluso a través de la mascarilla improvisada. Metálico. Dulzón. Incorrecto. Sentí un mareo breve, como si el aire quisiera entrar demasiado rápido en mis pulmones.
— Eso no es descomposición normal —dije, con la voz más tensa—. Tu veneno está reaccionando con algo propio del animal… o de la isla incluso. ¿Tal vez reacción a la propia humedad del aire?
Mis ojos se encontraron con los suyos, buscando una segunda opinión. Parecía de verdad maravillado poro aquel nuevo síntoma. Me acerqué de nuevo, más cauta esta vez, observando cómo el cuerpo parecía seguir “activo” en su propia muerte—. Si esto sigue así —añadí—, el cadáver va a volverse inestable. Debemos ser rápidos.
Respiré hondo, sintiendo el pulso en las sienes, una mezcla peligrosa de adrenalina y curiosidad—. Tú corta —concluí—. Yo apunto. Y si esto decide explotar, corro más rápido que tú.
Lo dije medio en broma… pero yo no me reí. Y durante un instante no supe si estaba más pendiente de la jeringa… o de lo natural que le resultaba a Hyak moverse en medio de aquel caos biológico. Aun así, cuando se acercó y me tendió la jeringuilla llena de sangre espesa, no dudé, a pesar de la broma. El cilindro estaba caliente. No “tibia”, caliente de verdad. Mis dedos se tensaron alrededor del cuerpo de la jeringa mientras seguía con la mirada el gesto con el que señalaba los tubos de recolección. Cinco. Pocos. Insuficientes para algo así.
— ¿Una ofrenda de buena fe? —repetí en voz baja, ladeando apenas la cabeza—. Curiosa forma de disculparse. Me gusta.
No había burla en mi tono, solo una observación sincera. Mientras hablaba, deslicé con cuidado la aguja y dejé que la sangre llenara uno de los tubos. Cuando se apartó para repetir el procedimiento, mis ojos siguieron el movimiento de la sangre, ese espesor antinatural que avanzaba segundo a segundo—. No es solo efectivo —murmuré, más para mí que para él—. Es voraz.
Cuando me pidió ayuda con las notas, solté una breve exhalación por la nariz. Casi una risa sin humor—. ¿Mis manos más limpias que las tuyas? —levanté una ceja—. Eso dice más de ti que de mí, doctor.
Aun así, asentí. Me moví a su lado, observando cómo guardaba los tubos con una delicadeza que contrastaba con la violencia del proceso que los había llenado. Me fijé en la forma en que suspiró al mencionar los órganos—. Puedo entenderlo —dije—. Un cuerpo así no se repite. No en cualquier lado. No con este veneno.
Cuando volvió al cadáver para extraer piel y carne, me acerqué también. El olor era más fuerte ahora. Observé cómo el cuero cedía bajo la hoja, cómo la carne parecía separarse casi con demasiada facilidad—. Sí —respondí cuando preguntó si quería muestras—. Cuantas más tengamos, mejor podremos distinguir qué es efecto directo del veneno… y qué es cosa de esta isla maldita.
Me agaché a su lado, esta vez sin dudar. Señalé una zona concreta del costado del animal—. Ahí —dije—. La textura es distinta. Mira cómo las fibras no se retraen —lo miré—. Eso puede darnos una pista sobre el orden en el que el veneno actuó.
