25-01-2026, 11:45 PM
Día 13, Invierno. Año 11.
Sus ojos no podían percibir ningún tipo de luz, ni tan siquiera la que se asomaba por el horizonte en un nuevo amanecer. Uno que sus amigos no verían.
Sentía el peso de sus pérdidas en el pecho, consumiéndolo mientras todo lo que alguna vez soñó, o imaginó que era, se perdía progresivamente. El dolor punzaba, palpitante, le quitaba el aire y se llevaba las emociones restantes, dejándolo en una posición poco favorable para seguir siendo quien acostumbraba a ser.
Un tipo brillante, egocéntrico y con las cosas claras. Muchas personas lo tildaban de genio absoluto en el arte de esgrimir una katana, otros, de alguien adinerado con la suerte de haber tenido muchísimos recursos a su disposición. El caso es que nada de eso terminó importando, porque al final, la sangre ajena en sus manos seguía quemando como si fuese un soldado mediocre más, alguien del montón. Y quizás esa mezcla letal le hacía resignarse tanto como para estar a punto de romperse, especialmente al lado de su amigo de toda la vida, Kael.
Ambos reposaban en lo alto de las murallas que delimitaban los terrenos del clan Hasegawa, un predio de hectáreas donde varias familias provenientes del mismo árbol genealógico hacían sus respectivas vidas. Aquel muro ha de medir unos siete metros, en terreno empinado, lo que daba la ilusión de que incluso era todavía más alto. Desde allí se veían los mejores amaneceres, solía acudir con su pareja, fallecida en el incidente pirata que acabó con casi todos, Himari.
Bebía alcohol directamente de la botella, y considerando que nunca se le dio bien, le iba subiendo más rápido de lo que imaginaba. Kael le encontró después de mucho rato, y desde entonces no había dicho una sola palabra. Aquel día, la orden que lo causó todo fue suya, y ese peso lo estaba abrumando.
—Creo que lo dejaré. —soltó, después de varios minutos en silencio. Su tono era frío, desganado y desgarrador, nadie lo había visto así, nunca. —No hay nada para mí aquí, y a estas alturas creo que en ningún lugar. —remató, con la mandíbula produciendo un temblor involuntario hacia el final. Estaba en una camiseta de mangas largas negra, sin más, en medio del frío matutino de Sorbet. Su cuerpo se mantenía helado, sin embargo, algo en su cabeza le hacía ignorar perfectamente esa sensación.
Como si se mereciera padecerlo.
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