26-01-2026, 02:47 PM
Después de caminar durante varios minutos por los senderos internos de la base, la vikinga y la recién formada tripulación terminaron llegando a la zona de entrenamiento, un espacio amplio y ruidoso donde el choque de armas, las órdenes gritadas y el esfuerzo constante llenaban el aire como un recordatorio permanente de lo que significaba vestir ese uniforme. Sigrid avanzaba entre ellos con paso firme pero relajado, inclinando la cabeza de vez en cuando para no golpear ninguna estructura, observando todo con esa mezcla tan suya de curiosidad tranquila y atención sincera, todavía asimilando el hecho de que, aun siendo soldado raso, ahora formaba parte de algo nuevo, algo que recién empezaba a tomar forma. Fue en ese ambiente, casi sin intención y con un tono aparentemente casual, cuando Juan Sebastián lanzó una pregunta que cayó con más peso del esperado, una de esas que no buscan una respuesta rápida sino que remueven cosas por dentro: ¿por qué se unieron a la Marina?
Sigrid redujo el paso de manera casi imperceptible y su sonrisa habitual se volvió más suave, menos ruidosa, mientras la pregunta se repetía en su mente una y otra vez. No era la primera vez que se lo planteaba, pero sí una de las pocas ocasiones en que alguien lo decía en voz alta, obligándola a mirar hacia adentro en lugar de seguir avanzando sin pensar. Mientras escuchaba a algunos de sus compañeros prepararse para responder, la buccaner bajó la mirada hacia sus manos enormes, marcadas por el trabajo duro, el combate y la medicina, y sintió cómo esa pregunta sencilla la hacía reflexionar de más, no desde la duda ni el arrepentimiento, sino desde la honestidad que siempre la había guiado. Porque para Sigrid, unirse a la Marina nunca había sido cuestión de gloria, ni de rangos, ni de historias grandiosas, sino de valores simples, usar su fuerza para proteger, ponerse al frente cuando otros no podían y aceptar, con una sonrisa, la responsabilidad de cargar con lo que hiciera falta.
—Yo solo quiero usar la fuerza y el tamaño de mi raza para proteger y curar a quienes en realidad lo necesitan —dijo Sigrid con voz firme y profunda, sin adornos ni grandilocuencia, dejando que la honestidad hablara por ella como siempre lo hacía. No fue un discurso ni una frase ensayada, sino una verdad simple, nacida desde lo más hondo, pronunciada con la naturalidad de quien no sabe ni quiere mentir. Sus palabras quedaron suspendidas un instante en el aire del campo de entrenamiento, pesadas no por dramatismo, sino por lo que implicaban, y en ese silencio breve se hizo evidente que no había ambición ni deseo de reconocimiento detrás de ellas, solo la convicción tranquila de alguien que entendía su propia fuerza como una responsabilidad.
No era una promesa heroica ni una proclama destinada a inspirar multitudes, sino la más pura y sincera oración que podía salir de los labios de cualquiera, y más aún de los de Sigrid Birkisson, una vikinga de sangre y una soldado raso por rango, que había elegido un camino donde su tamaño no servía para dominar, sino para interponerse entre el peligro y aquellos que no podían defenderse solos. Su sonrisa volvió despacio, amplia pero serena, y aunque no lo dijera en voz alta, quedaba claro que para ella eso bastaba, porque mientras pudiera seguir usando su cuerpo, sus manos y su corazón para proteger y curar, la Marina seguiría siendo el lugar correcto. Entonces tomó su alabarda y poniendose en posición. —Yo uso una alabarda para pelear y ustedes? — Sonrió.
Sigrid redujo el paso de manera casi imperceptible y su sonrisa habitual se volvió más suave, menos ruidosa, mientras la pregunta se repetía en su mente una y otra vez. No era la primera vez que se lo planteaba, pero sí una de las pocas ocasiones en que alguien lo decía en voz alta, obligándola a mirar hacia adentro en lugar de seguir avanzando sin pensar. Mientras escuchaba a algunos de sus compañeros prepararse para responder, la buccaner bajó la mirada hacia sus manos enormes, marcadas por el trabajo duro, el combate y la medicina, y sintió cómo esa pregunta sencilla la hacía reflexionar de más, no desde la duda ni el arrepentimiento, sino desde la honestidad que siempre la había guiado. Porque para Sigrid, unirse a la Marina nunca había sido cuestión de gloria, ni de rangos, ni de historias grandiosas, sino de valores simples, usar su fuerza para proteger, ponerse al frente cuando otros no podían y aceptar, con una sonrisa, la responsabilidad de cargar con lo que hiciera falta.
—Yo solo quiero usar la fuerza y el tamaño de mi raza para proteger y curar a quienes en realidad lo necesitan —dijo Sigrid con voz firme y profunda, sin adornos ni grandilocuencia, dejando que la honestidad hablara por ella como siempre lo hacía. No fue un discurso ni una frase ensayada, sino una verdad simple, nacida desde lo más hondo, pronunciada con la naturalidad de quien no sabe ni quiere mentir. Sus palabras quedaron suspendidas un instante en el aire del campo de entrenamiento, pesadas no por dramatismo, sino por lo que implicaban, y en ese silencio breve se hizo evidente que no había ambición ni deseo de reconocimiento detrás de ellas, solo la convicción tranquila de alguien que entendía su propia fuerza como una responsabilidad.
No era una promesa heroica ni una proclama destinada a inspirar multitudes, sino la más pura y sincera oración que podía salir de los labios de cualquiera, y más aún de los de Sigrid Birkisson, una vikinga de sangre y una soldado raso por rango, que había elegido un camino donde su tamaño no servía para dominar, sino para interponerse entre el peligro y aquellos que no podían defenderse solos. Su sonrisa volvió despacio, amplia pero serena, y aunque no lo dijera en voz alta, quedaba claro que para ella eso bastaba, porque mientras pudiera seguir usando su cuerpo, sus manos y su corazón para proteger y curar, la Marina seguiría siendo el lugar correcto. Entonces tomó su alabarda y poniendose en posición. —Yo uso una alabarda para pelear y ustedes? — Sonrió.
![[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]](https://i.imgur.com/Ndhw6vS.jpeg)
