26-01-2026, 03:30 PM
“El baile es como saber follar..."
Ahí confirmé lo que ya intuía desde que había tomado el centro del salón: ese hombre no era profesor. Y, francamente, gracias a los dioses por eso.
El aula quedó vibrando después de sus palabras. No por lo que dijo —que fue brutal, innecesario y deliciosamente fuera de lugar— sino por cómo lo dijo: sin pedir permiso, sin corregirse y sin retroceder.
Un par de alumnos se pusieron a improvisar pasos torpes cerca del espejo; otros se sentaron en el piso a estirar, riéndose con nerviosismo. Dos humanas ya caminaban decididas hacia la recepción, mascullando palabras como falta de respeto, esto no es una milonga, Valentino jamás. La mink felina se había subido a la barra de estiramiento y miraba todo con ojos brillantes, como quien acaba de ver algo que en su vida olvidará.
Yo tomé mis cosas con calma; la botella de agua, la toalla húmeda, para guardarlo todo en el bolso grande que siempre parece chico cuando una mide cuatro metros. El sudor seguía pegándome el corpiño blanco al cuerpo, transparentando sin pedir disculpas, pero si bien sabía que afuera estaría fresco, no me apuré en cubrirme. No era pudor lo que faltaba, era urgencia lo que sobraba.
Y mientras hacía caber mis pies en las zapatillas para no seguir descalza, fue entonces cuando sentí su presencia acercarse antes de verlo.
Cuando giré, lo entendí: esta vez no hubo nada de teatralidad, ya no estaba interpretando a un personaje... sin embargo, algo había cambiado. Ya no estaba tan abajo. Bajo sus rodillas flotaba una... cosa imposible —una galleta, sí, mi cerebro aceptó la ridiculez con rapidez sorprendente, decidiendo no preguntar al respecto todavía— que lo elevaba lo justo para que, por primera vez, no tuviera que doblarme para enfrentar su mirada.
Era divertido y curioso, todo junto. Astuto el tipo.
— Mirá vos.. Así que también volás — dije, tranquila pero con sarcasmo — debí imaginarlo, es todo un tema.
Su mano llegó a mi mejilla; el contacto fue lento, medido, consciente de cada centímetro que avanzaba. No me moví, mi piel se encontraba todavía con el pulso cálido y el sudor perlando la superficie. Dejé que bajara por el cuello, la clavícula, hasta detenerse donde claramente sabía que debía detenerse… por ahora.
— Tenés claro cuándo frenar — murmuré alzando una ceja — Eso te da puntos.
Alrededor, el aula ya era ruido de fondo. El golpe tras la puerta principal anunciando problemas inminentes fue casi oportuno.
— Si nos quedamos — dije acercándome apenas para no obligarlo a estirarse — en menos de cinco minutos va a entrar un coordinador con cara de velorio y ganas de escribir informes. Y yo ya hice suficiente… cardio emocional por hoy.
Deslicé la mano por su antebrazo que no fue un tirón, sino una invitación clara.
— Hay una salida de emergencia por los vestuarios grandes. Nadie mira por ahí.
Al inclinarme para abrir el bolso, el movimiento fue deliberado: el sudor marcando cada línea bajo la tela mojada. Saqué una prenda de abrigo oscuro, tipo sobretodo, y me la coloqué con calma cubriendo apenas lo necesario. Era práctico; decente para el afuera, inútil para borrar la imagen previa.
Avancé por el lateral del aula tomando la ruta de intersección que daba a dichos vestidores y luego doblé hacia unas puertas dobles que se abrían mediante un pasamanos largo de presión. No me preocupé por el supuesto profesor porque sabía que vendría.
El pasillo de emergencia era estrecho pero larguísmo ya que abarcaba todo el costado sur del Centro, sin eco de aplausos ni miradas encima más que mis propios pasos. Me detuve antes, como a unos tres metros, de la puerta que daba al exterior, ocupando el espacio completo. Incluso con su truco flotante, la diferencia seguiría siendo clara: yo imponía volumen a la escena.
— Antes de salir de acá... — dije, encarando nuevamente con una torsión de cuerpo similar a la que llevamos hace minutos en uno de sus grandilocuentes pasos para el calentamiento de tango — vamos a aclarar algo.
Incliné el torso hacia adelante, obligándolo a mirarme sin atisbo de distracción.
— ¿Cuál es tu nombre de verdad? Porque desde el primer ejercicio supe que profesor no eras… y "Ernesto" tenía una tonada que no concordaba con ese léxico bastante pobre, es todo un tema.
Una pausa para escuchar su respuesta. Lo miré evaluándolo, sin disimular mi sugestiva actitud persistente.
— Y ya que estamos en un momento de sincericidio — añadí — tengo una cabaña alquilada cerca del río. Tranquila. Con espacio suficiente para moverse… pero hay que meterle pata para llegar hasta allá. Supongo que vas a tener que seguir usando esa galleta para no dejar huellas.
Me acomodé la mochila y me giré sobre mis pies, el abrigo me cubría las alas por lo que apenas unas plumas habían quedado como evidencia cayendo al suelo debido a la fricción con la tela.
— Pero no te equivoqués — dije, ladeando apenas la cabeza para mirarlo — Las clases privadas no se conceden.
Sonreí... Lento... Picante.
— Se ganan, hhh-heh-hhh~
Me adelanté lo que restaba hacia la puerta y la empujé con el hombro, dejando que el aire entrara cual corte frío. Salí segura de que ahora la pelota estaba de su lado. No había promesa... Había desafío.
Ahí confirmé lo que ya intuía desde que había tomado el centro del salón: ese hombre no era profesor. Y, francamente, gracias a los dioses por eso.
El aula quedó vibrando después de sus palabras. No por lo que dijo —que fue brutal, innecesario y deliciosamente fuera de lugar— sino por cómo lo dijo: sin pedir permiso, sin corregirse y sin retroceder.
Un par de alumnos se pusieron a improvisar pasos torpes cerca del espejo; otros se sentaron en el piso a estirar, riéndose con nerviosismo. Dos humanas ya caminaban decididas hacia la recepción, mascullando palabras como falta de respeto, esto no es una milonga, Valentino jamás. La mink felina se había subido a la barra de estiramiento y miraba todo con ojos brillantes, como quien acaba de ver algo que en su vida olvidará.
Yo tomé mis cosas con calma; la botella de agua, la toalla húmeda, para guardarlo todo en el bolso grande que siempre parece chico cuando una mide cuatro metros. El sudor seguía pegándome el corpiño blanco al cuerpo, transparentando sin pedir disculpas, pero si bien sabía que afuera estaría fresco, no me apuré en cubrirme. No era pudor lo que faltaba, era urgencia lo que sobraba.
Y mientras hacía caber mis pies en las zapatillas para no seguir descalza, fue entonces cuando sentí su presencia acercarse antes de verlo.
Cuando giré, lo entendí: esta vez no hubo nada de teatralidad, ya no estaba interpretando a un personaje... sin embargo, algo había cambiado. Ya no estaba tan abajo. Bajo sus rodillas flotaba una... cosa imposible —una galleta, sí, mi cerebro aceptó la ridiculez con rapidez sorprendente, decidiendo no preguntar al respecto todavía— que lo elevaba lo justo para que, por primera vez, no tuviera que doblarme para enfrentar su mirada.
Era divertido y curioso, todo junto. Astuto el tipo.
— Mirá vos.. Así que también volás — dije, tranquila pero con sarcasmo — debí imaginarlo, es todo un tema.
Su mano llegó a mi mejilla; el contacto fue lento, medido, consciente de cada centímetro que avanzaba. No me moví, mi piel se encontraba todavía con el pulso cálido y el sudor perlando la superficie. Dejé que bajara por el cuello, la clavícula, hasta detenerse donde claramente sabía que debía detenerse… por ahora.
— Tenés claro cuándo frenar — murmuré alzando una ceja — Eso te da puntos.
Alrededor, el aula ya era ruido de fondo. El golpe tras la puerta principal anunciando problemas inminentes fue casi oportuno.
— Si nos quedamos — dije acercándome apenas para no obligarlo a estirarse — en menos de cinco minutos va a entrar un coordinador con cara de velorio y ganas de escribir informes. Y yo ya hice suficiente… cardio emocional por hoy.
Deslicé la mano por su antebrazo que no fue un tirón, sino una invitación clara.
— Hay una salida de emergencia por los vestuarios grandes. Nadie mira por ahí.
Al inclinarme para abrir el bolso, el movimiento fue deliberado: el sudor marcando cada línea bajo la tela mojada. Saqué una prenda de abrigo oscuro, tipo sobretodo, y me la coloqué con calma cubriendo apenas lo necesario. Era práctico; decente para el afuera, inútil para borrar la imagen previa.
Avancé por el lateral del aula tomando la ruta de intersección que daba a dichos vestidores y luego doblé hacia unas puertas dobles que se abrían mediante un pasamanos largo de presión. No me preocupé por el supuesto profesor porque sabía que vendría.
El pasillo de emergencia era estrecho pero larguísmo ya que abarcaba todo el costado sur del Centro, sin eco de aplausos ni miradas encima más que mis propios pasos. Me detuve antes, como a unos tres metros, de la puerta que daba al exterior, ocupando el espacio completo. Incluso con su truco flotante, la diferencia seguiría siendo clara: yo imponía volumen a la escena.
— Antes de salir de acá... — dije, encarando nuevamente con una torsión de cuerpo similar a la que llevamos hace minutos en uno de sus grandilocuentes pasos para el calentamiento de tango — vamos a aclarar algo.
Incliné el torso hacia adelante, obligándolo a mirarme sin atisbo de distracción.
— ¿Cuál es tu nombre de verdad? Porque desde el primer ejercicio supe que profesor no eras… y "Ernesto" tenía una tonada que no concordaba con ese léxico bastante pobre, es todo un tema.
Una pausa para escuchar su respuesta. Lo miré evaluándolo, sin disimular mi sugestiva actitud persistente.
— Y ya que estamos en un momento de sincericidio — añadí — tengo una cabaña alquilada cerca del río. Tranquila. Con espacio suficiente para moverse… pero hay que meterle pata para llegar hasta allá. Supongo que vas a tener que seguir usando esa galleta para no dejar huellas.
Me acomodé la mochila y me giré sobre mis pies, el abrigo me cubría las alas por lo que apenas unas plumas habían quedado como evidencia cayendo al suelo debido a la fricción con la tela.
— Pero no te equivoqués — dije, ladeando apenas la cabeza para mirarlo — Las clases privadas no se conceden.
Sonreí... Lento... Picante.
— Se ganan, hhh-heh-hhh~
Me adelanté lo que restaba hacia la puerta y la empujé con el hombro, dejando que el aire entrara cual corte frío. Salí segura de que ahora la pelota estaba de su lado. No había promesa... Había desafío.
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![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
