27-01-2026, 11:57 PM
Tras breves momentos de reflexión sobre cómo proceder, Berry se decidió a tirar de una patada la puerta derecha del astillero. Cualquiera de las tres habría cedido igualmente ante los envites de la mink, si bien es cierto que la central hubiera resistido un par de patadas por lo menos y habría dado tiempo a reaccionar. La madera de la puerta se hizo añicos ante el mero contacto con el pie de la guerrera. La luz y el calor del interior del astillero se mezclaron con la oscuridad y el frío del exterior. Un océano de cajas distribuidas por doquier se abrió ante Berry. Algunas de las cajas estaban tiradas por el suelo junto con sus contenidos. En general cosas sin importancia. La mayor parte de ellas las había percibido la mink antes de entrar. En efecto había barnices y pinturas tiradas por el suelo, y también otros productos semilíquidos que oscurecían el suelo donde se habían caído.
A su derecha, nada más entrar, Berry pudo ver a seis personas, cuatro hombres y dos mujeres, que estaban atadas de pies y manos y amordazadas a unos diez metros de la puerta. Miraban a la mink con una mezcla de miedo y sorpresa. Claramente no se la esperaban y tampoco sabían muy bien qué esperar de ella. Superando los márgenes de su percepción extrasensorial, Berry pudo identificar más personas inmovilizadas en contra (supuestamente) de su voluntad distribuidas por toda el área de descarga del astillero, que supone una superficie de 5440 metros cuadrados (80 de largo x 68 de ancho). Los civiles más cercanos, los que estaban a 10 metros de la mink, intentaron balbucear algo incomprensible a través de sus mordazas cuando ella les pidió que huyeran. Quizás el mensaje tenía algo que ver con la figura en el centro de la zona de descarga, a cuarenta metros de Berry en línea recta, que la estaba mirando con cara de pocos amigos. Se trataba de un hombre alto, quizás llegando a los dos metros. Iba vestido con un traje negro con rayas blancas perpendiculares. Su pelo era de color marrón clarito, pero lo que más destacaba de él era su prominente nariz, que debía de medir fácilmente un tercio de metro. En estos momentos tenía varios moretones en la cara, producto de algún tipo de pelea, y tenía un cuchillo en cada mano. —Otra entrometida, ¿eh? Si vienes a por tu amigo me temo que llegas tarde, Rerererere. El jefe ya se estará encargando de él y yo me encargaré de ti... Ya le he fallado suficiente por hoy. —El hombre hablaba con un aparente tono de tranquilidad, pero su piel parecía enrojecerse en diferentes puntos por el estrés de la situación. Se rascaba compulsivamente con el mango de los cuchillos y parecía estar incómodo en su propia piel. A pesar de todo, se acercaba poco a poco a la mink. No hacía falta que su kenbunshoku analizase sus intenciones para saber qué quería. Quería a Berry. Y la quería muerta.
A su derecha, nada más entrar, Berry pudo ver a seis personas, cuatro hombres y dos mujeres, que estaban atadas de pies y manos y amordazadas a unos diez metros de la puerta. Miraban a la mink con una mezcla de miedo y sorpresa. Claramente no se la esperaban y tampoco sabían muy bien qué esperar de ella. Superando los márgenes de su percepción extrasensorial, Berry pudo identificar más personas inmovilizadas en contra (supuestamente) de su voluntad distribuidas por toda el área de descarga del astillero, que supone una superficie de 5440 metros cuadrados (80 de largo x 68 de ancho). Los civiles más cercanos, los que estaban a 10 metros de la mink, intentaron balbucear algo incomprensible a través de sus mordazas cuando ella les pidió que huyeran. Quizás el mensaje tenía algo que ver con la figura en el centro de la zona de descarga, a cuarenta metros de Berry en línea recta, que la estaba mirando con cara de pocos amigos. Se trataba de un hombre alto, quizás llegando a los dos metros. Iba vestido con un traje negro con rayas blancas perpendiculares. Su pelo era de color marrón clarito, pero lo que más destacaba de él era su prominente nariz, que debía de medir fácilmente un tercio de metro. En estos momentos tenía varios moretones en la cara, producto de algún tipo de pelea, y tenía un cuchillo en cada mano. —Otra entrometida, ¿eh? Si vienes a por tu amigo me temo que llegas tarde, Rerererere. El jefe ya se estará encargando de él y yo me encargaré de ti... Ya le he fallado suficiente por hoy. —El hombre hablaba con un aparente tono de tranquilidad, pero su piel parecía enrojecerse en diferentes puntos por el estrés de la situación. Se rascaba compulsivamente con el mango de los cuchillos y parecía estar incómodo en su propia piel. A pesar de todo, se acercaba poco a poco a la mink. No hacía falta que su kenbunshoku analizase sus intenciones para saber qué quería. Quería a Berry. Y la quería muerta.
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