30-01-2026, 05:11 AM
[personajeinvalido=3040]
Los primeros días de llegada a una isla siempre han sido de descanso; regla no escrita en la bitácora Tezcaniana, grabada con la misma importancia que no fiarse de los mapas demasiado limpios o de las sonrisas excesivamente cordiales. El cuerpo lo sabía antes que la mente: tras el vaivén del viaje, cualquier intento de productividad era un insulto directo al cansancio acumulado. Así que me dejé estar, permitiéndome ese lujo con la naturalidad de quien se ha ganado cada minuto de ocio.
A esas alturas ni siquiera había logrado ver a Runin o a Ryota, pese a que sabía, por aquella llamada que en efecto, fue la que me trajo a esta isla, que habían llegado a la zona desde antes. ¿Ocupados? Posiblemente. El reino no se vuelve un caos solo y ambos tenían esa molesta costumbre de involucrarse en cosas por lo poco que había logrado ver. Consideré, por un instante breve y casi ridículo, la idea de avisarles de mi llegada formalmente, como si hiciera falta anunciar mi presencia en un lugar que inevitablemente terminaría notándola.
Nah.

Luego les digo.
Después de todo, el reino no iba a desaparecer en un par de días… y yo tampoco tenía prisa por empezar a mover las piezas.
Por lo que sí tenía prisa era por probar aquella deliciosa comida de Lorenzzo; prioridad absoluta, inapelable, casi diplomática. Tras una conversación sorprendentemente amable con la recepcionista del hotel, lugar que había elegido más por conveniencia que por encanto, aunque no me decepcionó, surgió su recomendación con un entusiasmo casi reverencial: “Il Bellissimo Ristorante di Lorenzzo”, enclavado en el puerto de la ciudad de Sorbet Norte. El nombre era pretencioso, desde luego… lo cual, en gastronomía, suele ser una excelente señal.
Quedaba cerca. Demasiado cerca como para ignorarlo. Así que, por supuesto, fui.
El restaurante se alzaba con una elegancia calculada, sin caer en el exceso ostentoso que delata a los lugares desesperados por impresionar. Maderas pulidas, manteles impecables y una luz cálida que parecía diseñada para convencerte de que habías tomado la decisión correcta incluso antes de sentarte en forma de un candelabro gigante casi sobre la mesa donde me había sentado. El aroma que flotaba en el ambiente era, sin exagerar, una promesa cumplida: especias bien tratadas, salsas reposadas con paciencia y pan recién horneado reclamando atención.
Fue entonces cuando apareció él: un señor regordete y sonrisa amplia, que me recibió con una cordialidad tan genuina que rozaba lo sospechoso. Sin embargo, bastó un apretón de manos firme y una mirada orgullosa hacia su propio local para disipar cualquier duda. Aquel hombre no solo era un anfitrión; era alguien que confiaba plenamente en lo que servía.
Y hacía mucho tiempo que no veía a alguien así.
Pedí su especialidad, una recomendación del restaurante: Lo mejor para el mejor y por supuesto, una botella de vino exquisita mientras le sonreía con complicidad esperando que entendiera que no me importara el precio mientras fuera sorprendente y la respuesta del hombre me hizo entender que en efecto, me había leído la mente.
El ambiente era hermoso, la tarde exquisita, y yo estaba perfectamente dispuesto a disfrutar ambas cosas sin interrupciones… hasta que la cocina decidió traicionar el encanto del momento.
Desde el interior emergió el chef, o al menos alguien que parecía serlo, coronado por un gorro exageradamente alto que lo hacía ver más alarmado de lo necesario. Su voz irrumpió como un mal acorde en una melodía bien ejecutada. Agitaba los brazos con desesperación, señalando al dueño como si acabara de descubrir una tragedia irreparable. Yo me limité a observar, sin mover un músculo de más. Las crisis auténticas no suelen anunciarse con tanto teatro.
El murmullo contenido del restaurante se tensó apenas, como una cuerda mal afinada. Algunos comensales intercambiaron miradas confusas; otros fingieron indiferencia con torpeza. Yo, en cambio, me recosté un poco más en la silla, evaluando.
No parecía algo malo.
Pero definitivamente tampoco era algo trivial.
Y eso, para mí, solo significaba una cosa:

Parece que esto atrasará mi servicio…
Entonces un cambio en el ambiente, algo que alguien que ha estado en situaciones de riesgo sabe reconocer, aquello que el instinto te dice que te prepares y en este caso: cargaba olor a gyojin y agua salada. Gyojin. Siempre eran putos gyojin. Cargaban problemas, se podía ver desde su entrada o tal vez solo comenzaba a tenerles mala fe.
No me moví.
Ni cuando las puertas se azotaron contra la pared, ni cuando el viento salado recorrió el salón, ni siquiera cuando el disparo apagó la huida de la mujer. El vino seguía sin llegar, la mesa seguía firme bajo mis dedos y mi paciencia esa sí empezaba a agotarse. Si iban a robar que se apuraran, yo solo quería disfrutar de la comida. Parecían tontos, tal vez podría apresurar la situación.
—Qué decepción… —hablé lo suficientemente alto, para ellos, en un intento de provocación, observando al pulpo como si fuera un borracho mal vestido y asqueroso en la fiesta más elegante, bueno, realmente casi lo era. — Il Bellissimo Ristorante, una cocina prometedora, un anfitrión orgulloso… y ustedes entran gritando como si el mundo les debiera atención. No tienen el mínimo decoro ¿me entiendes? ¿Qué se podría esperar de gente… así? — Levanté por fin los ojos hacia Chichi, recorriéndolo sin prisa, de la bandana a los tentáculos, como quien evalúa una mercancía defectuosa. Mis dedos se separaron de la mesa apenas lo suficiente para que quedara claro por mi actitud que no entregaría nada. —Esta es mi comida. Mi tiempo. Y — incliné ligeramente la cabeza. — mi tarde de descanso. Así que les propongo algo sencillo: recoge tu saco, baja la voz… y salgan por esa puerta mientras todavía puedes fingir que esto fue un malentendido. — No iba a considerar a la persona a la que le habían disparado, a este punto solo quería probar si eran lo suficientemente intuitivos para irse, realmente no quería que el lugar se arruinara, no cuando mi comida ni siquiera estaba en la mesa.
La mirada se me endureció, afilada como vidrio pulido.
—Porque si das un paso más… ya no será un atraco. Será una lección. — Tomé mi tridente detrás de la silla, acomodándolo a mi lado, todavía sin levantarme.
Karmas
Bélico
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Posicionamiento
Inventario

Tezca está a 5 metros en línea recta de
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