31-01-2026, 04:09 AM
La recién ensamblada división, tras desfilar por los pasillos del cuartel con dos de sus miembros enseñando el culo, arribó al campo de entrenamiento. Cambiaron de ambiente, saliendo de los tranquilos y aburridos pasillos para internarse en los gritos de esfuerzo, los tañidos de armas chocando y las indicaciones escupidas con voz de mando, alto y claro. Una zona abierta, amplia y bien surtida de instrumentos de entrenamiento. Desde equipo de pesas, bolsas y monigotes a los que apuntar, hasta circuitos de carreras y pequeños cuadriláteros dónde practicar combates individuales.
A Enji lo obligaron a ponerse —al menos—, una prenda para cubrir sus vergüenzas. Y así lo hizo: se colocó el pantalón corto y blanco del uniforme de soldado raso, pero sin ropa interior debajo. Ya no tenía. La había consumido su veneno.
—¿Por qué me uní a la marina?
Proceso la pregunta mientras hacía sus estiramientos. Rutinarios y aburridos estiramientos. Estirando la pierna, tocarse el pie. Estirando la otra pierna, tocarse el otro pie. Separar las piernas y tocar el suelo con los codos. Llevarse un talón a la cola y luego el otro.
—Yo qué sé.
Inclinó la cabeza a un costado y luego al otro. Sus huesos crujieron y se acomodaron.
—Voy a ser alguien importante y poderoso. Elegí este camino porque me parece el más ordenado —dijo, y se acomodó el pantalón que se le quería caer—. Voy a ser almirante, después almirante de flota y después me voy a tirar de un risco. Así todos los cuarteles se vuelven un caos. ¡Shihahaha!
La carcajada de Enji resonó en el campo de entrenamientos pero nadie le dió más importancia de la que tenía. El marine terminó de estirar, suspiró y se puso a dar pequeños saltos en el lugar, mientras soltaba golpes rápidos al aire para calentar los músculos.
En su mente, hizo un recuento: alabarda y tortuga eran los duros. El rubio, por otro lado y aunque no hubiera dicho nada todavía, parecía más ligero, posiblemente fuera rápido y tenía brazos fuertes, así que seguro daba buenos puñetazos con ellos.
—Yo pego —respondió y se encogió de hombros.
Después de una pausa silenciosa decidió extenderse un poco más. Detuvo su ejercicio y se paró junto a Juan.
—A ver, diré esto solo una vez: también me comí una fruta del diablo. La Doku Doku no Mi. —Información que había obtenido hacía muy poco tiempo—. Puedo sudar venenos y los uso para pelear. Además de eso, soy rápido y doy buenos puñetazos.
Estaba reticente a decir más y, para su fortuna, no hizo falta: Juan acababa de soltar un desafío y Enji por supuesto que sonrió a la gigantesca tortuga.
—¡Shihaha! Cabrón, más te vale que no le temas a las alturas.
Se acercó a él y colocó de cuclillas, sujetando con ambas manos la base del caparazón antes de empezar a tirar hacia arriba.
—¡Uhg! Hijo de… puta, bájale a los postres —masculló entre dientes apretados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tratar de despegar a la tortuga Juan Sebastian del suelo—. ¡Venga, veeenga!
Se le escapó un gas.
—Fuck.
A Enji lo obligaron a ponerse —al menos—, una prenda para cubrir sus vergüenzas. Y así lo hizo: se colocó el pantalón corto y blanco del uniforme de soldado raso, pero sin ropa interior debajo. Ya no tenía. La había consumido su veneno.
—¿Por qué me uní a la marina?
Proceso la pregunta mientras hacía sus estiramientos. Rutinarios y aburridos estiramientos. Estirando la pierna, tocarse el pie. Estirando la otra pierna, tocarse el otro pie. Separar las piernas y tocar el suelo con los codos. Llevarse un talón a la cola y luego el otro.
—Yo qué sé.
Inclinó la cabeza a un costado y luego al otro. Sus huesos crujieron y se acomodaron.
—Voy a ser alguien importante y poderoso. Elegí este camino porque me parece el más ordenado —dijo, y se acomodó el pantalón que se le quería caer—. Voy a ser almirante, después almirante de flota y después me voy a tirar de un risco. Así todos los cuarteles se vuelven un caos. ¡Shihahaha!
La carcajada de Enji resonó en el campo de entrenamientos pero nadie le dió más importancia de la que tenía. El marine terminó de estirar, suspiró y se puso a dar pequeños saltos en el lugar, mientras soltaba golpes rápidos al aire para calentar los músculos.
En su mente, hizo un recuento: alabarda y tortuga eran los duros. El rubio, por otro lado y aunque no hubiera dicho nada todavía, parecía más ligero, posiblemente fuera rápido y tenía brazos fuertes, así que seguro daba buenos puñetazos con ellos.
—Yo pego —respondió y se encogió de hombros.
Después de una pausa silenciosa decidió extenderse un poco más. Detuvo su ejercicio y se paró junto a Juan.
—A ver, diré esto solo una vez: también me comí una fruta del diablo. La Doku Doku no Mi. —Información que había obtenido hacía muy poco tiempo—. Puedo sudar venenos y los uso para pelear. Además de eso, soy rápido y doy buenos puñetazos.
Estaba reticente a decir más y, para su fortuna, no hizo falta: Juan acababa de soltar un desafío y Enji por supuesto que sonrió a la gigantesca tortuga.
—¡Shihaha! Cabrón, más te vale que no le temas a las alturas.
Se acercó a él y colocó de cuclillas, sujetando con ambas manos la base del caparazón antes de empezar a tirar hacia arriba.
—¡Uhg! Hijo de… puta, bájale a los postres —masculló entre dientes apretados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tratar de despegar a la tortuga Juan Sebastian del suelo—. ¡Venga, veeenga!
Se le escapó un gas.
—Fuck.
