Presente Absoluto / T9 - Social Piratismo
#25
UGO XABECS

Después de recibir su anterior ataque, la gigantona alada se elevó unos cuatro metros con una facilidad insultante, como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley, para acto seguido sentir algo que no se veía, pero que se metió bajo la piel como un cuchillo frío: una presión, una intención, un anuncio de violencia inminente. Un escalofrío me recorrió desde la verruga en la frente hasta los talones dentro de las botas de combate, y aun así me aferré al sable con la terquedad de quien sabe que soltarlo sería soltar una parte de su historia. Pude prever el ataque de mi rival, sí, pude sentir el descenso antes de que ocurriera, pero la previsión no siempre es sinónimo de salvación. La marine era más rápida que mi pensamiento, más pesada que mi coraje, y cayó en picado sobre mí con un cabezazo que me atravesó el cráneo como un martillo de carne y hueso. El dolor fue tan intenso que por un instante el mundo se apagó a medias, como una lámpara golpeada, y en ese parpadeo perdí la concentración; sentí cómo mi haki se deshacía, no con un ruido, sino con una ausencia, como cuando te das cuenta de que ya no estás respirando al ritmo correcto. Intenté recomponerme, plantar los pies, levantar el sable, pero no hubo tiempo. El segundo cabezazo llegó cargado de una ira casi religiosa, un impacto que me dobló el cuello y me arrancó un gemido que no quise soltar, y el tercero fue simplemente definitivo, una sentencia firmada con hueso y furia. El traje verde se me volvió pesado, las piernas dejaron de obedecer, y por un segundo pensé en Saimon Volivar, real o inventado, en las islas liberadas y en las que aún faltaban, en lo ridículo que sería caer ahí sin haber terminado una sola frase. La consciencia se me escapó como agua entre los dedos, y mientras el suelo venía a encontrarme con una paciencia cruel, entendí que incluso las ideas más duras necesitan un cuerpo que las sostenga. Caí, no como símbolo, sino como hombre, y el mundo se cerró en negro con el eco distante de mis propias convicciones todavía peleando por no callarse.

NAIKODELAST MADUR

Poco podía hacer contra este tipo que me había dejado completamente paralizado, enterrado vivo en arena como si fuera un error que alguien quisiera borrar del paisaje, y esa certeza pesaba más que la presión que me aplastaba el pecho. No podía moverme, no podía hablar, y por supuesto, tampoco podía respirar como un hombre debería; cada intento de tomar aire era una negociación miserable con un enemigo que no tenía rostro, solo textura y paciencia. La arena me apretaba desde la mandíbula hasta las botas, metiéndose por la nariz, por los oídos, por cada rendija posible, y yo contaba los latidos como quien cuenta monedas antes de descubrir que el bolsillo está roto. Aguantaba como buenamente podía, apretando los dientes bajo el bigote, recordando el peso familiar del revólver Patria en la mano que ya no podía cerrar, recordando también que ese fierro rojo no sirve de nada cuando no hay brazo que lo levante. Escuchaba sus palabras, distorsionadas, como si vinieran desde el fondo de un pozo, y cada sílaba era una burla medida, una confirmación de que el marine tenía tiempo y yo no. Quise responderle con algo ingenioso, con una amenaza o una promesa, pero lo único que salió fue un sonido roto, un gemido inútil que se quedó atrapado en la garganta y luego en la arena. -MHHMHHMHHMHMHH- Eso era todo lo que podía decir, y ni siquiera estaba seguro de que él lo oyera, o de que le importara. El pánico quiso subir como una marea negra, pero lo mantuve a raya pensando en cosas absurdas, en el olor del aceite del arma, en el peso de mis botas mojadas, en la vez que casi me vuelco de un muelle por reírme demasiado fuerte. La arena crujía con cada movimiento mínimo de mi pecho, y ese sonido se volvió un metrónomo cruel que marcaba el ritmo de mi falta de aire. Intenté no luchar contra ella, porque luchar era perder más rápido, y me concentré en microespacios, en imaginar que había un hueco, una fisura, una posibilidad ridícula de girar la cabeza un centímetro. Las palabras del rival seguían cayendo como grava sobre una tumba recién hecha, y yo quería contestar, quería decirle que no había ganado nada, que todavía estaba aquí, pero mi cuerpo era una estatua torpe.

EMIL LIANO ZAPARA

Seguía nadando tanto como mis brazos y piernas me permitían, con esa mezcla de terquedad y disciplina que siempre me ha mantenido a flote incluso cuando el horizonte parece una broma cruel, pero fui bastante inocente al creer que mi rival se quedaría en el barco, y muchísimo más al pensar que, por mucha distancia que le sacara, no iba a poder alcanzarme. El mar, que suele ser mi aliado, se volvió un escenario incómodamente honesto: cada brazada mía era fuerte, sí, pero cada segundo que pasaba también era una oportunidad para que mi rival acortara ese espacio invisible que yo quería creer seguro. No lo vi venir; sentí el golpe seco en la espalda, un impacto tan preciso que me robó el aire y me dobló el cuerpo como si me hubieran quitado los huesos por un instante. Antes de poder recomponer la respiración, llegó el segundo golpe, más corto y más cruel, y ahí entendí que la persecución había terminado. Mi cuerpo, alto y pesado incluso para un gyojin acostumbrado a la resistencia, quedó a su merced, flotando de una manera que no era elección sino consecuencia. Me agarró con una seguridad que no necesitaba alardes, y comenzamos la vuelta al barco, el agua deslizándose alrededor como si nada extraordinario estuviera ocurriendo, como si no me estuvieran arrastrando de regreso a una jaula con forma de cubierta. Mientras avanzábamos, sentí la corbata roja pegarse al pecho, el traje de rayas pesándome más por orgullo que por agua, y el bigote, ridículamente digno, moviéndose con cada respiración forzada. Me preguntó quiénes éramos y qué planeábamos hacer, con un tono que no era exactamente furioso, más bien práctico, como si estuviera llenando un formulario con carne y hueso. Escuché sus palabras con claridad, y también escuché mis propias respuestas formándose y rompiéndose antes de nacer, porque supe que cualquier cosa que dijera sería una victoria pequeña para él y una grieta grande para nosotros. Decidí no hablar. No por valentía teatral, sino por convicción sencilla: si alguien iba a hablar, no iba a ser Emil Liano Zapara.

Resumen


Bélico


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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -


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RE: Presente Absoluto / T9 - Social Piratismo - por Kenzo D. Fujiwara - 31-01-2026, 04:15 AM

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