31-01-2026, 06:40 AM
Escuché sus palabras con la calma y la razón que se le concede a un cliente, midiendo cada gesto y cada silencio como si fueran parte del trato, uno se gana al cliente con ese tipo de detalles. Sin embargo, bastó aquella breve oración para despertar en mí una curiosidad genuina. valor en la arena, había dicho… una elección peculiar de palabras. No sonaban a fanfarronada vacía ni a relato prestado. Sonaban a experiencia. ¿Un peleador? ¿Alguien que hubiera probado su temple frente a otros, bajo el sol implacable y la mirada de muchos? Todo apuntaba a ello, aunque todavía no estaba dispuesto a afirmarlo con certeza.
Mis ojos recorrieron su figura con atención renovada, no buscando mercancía sino señales: la postura firme, la forma en que sostenía el dado, nunca tuve nada que ocultar ¿aceptaría el ligero juego de un humilde mercader como yo?
Y entonces rió.
Una risa amplia, sincera, imposible de fingir. En ese instante lo supe: había aceptado la apuesta, no solo con palabras sino con el espíritu mismo. El aire pareció aflojarse, como si el juego ya hubiera comenzado incluso antes de que el dado tocara la manta. Sin darme cuenta, mis labios se curvaron en respuesta. Le devolví la sonrisa sin prisa, con la tranquila certeza de quien reconoce a otro jugador frente a la mesa… y entiende que, gane quien gane, la partida valdrá la pena por la simple diversión de jugar.
Escuché sus condiciones ¿Eso significa que ya no compraría? Al parecer tendría una pésima suerte esta noche, pero eso no me detuvo, asentí como quien finalmente toma una decisión, la picardía y la iniciativa del hombre superando cualquier respuesta verdadera que podría darle.
No aparté la mirada del dado ni un solo instante… ni del gigante.
El rebote seco contra la manta arrancó un murmullo colectivo; el tercer golpe fue apenas un suspiro contenido. Cuando el dado por fin se aquietó, dejé pasar un latido completo antes de inclinar apenas la cabeza, lo justo para leer el resultado, el más bajo. Una media sonrisa, afilada, satisfecha, se dibujó en mis labios. —Heh… — exhalé por la nariz, divertido, como si el azar acabara de inclinarse para susurrarme un secreto. — Ya veo porqué desconfía del azar, querido cliente. A veces hay que hablarle lindo para que esté de tu lado ¿me entiendes? — Alcé la vista con calma hasta encontrarme con los ojos de Kazan. No había nervios en mí, ni prisa alguna. Solo esa quietud insolente de quien no discute con la suerte: la provoca.
Recogí el dado de la manta, moviéndolo un par de veces sobre la palma antes de finalmente dejarlo caer… un tres, muy bajo pero sería más suerte sacar el mismo número que el caballero azul. —Parece que hoy el azar me ha escuchado —dije al fin, con voz baja pero clara, dejando que el peso de mis palabras cayera sobre la multitud aún expectante. — O quizá solo estaba esperando a que alguien se atreviera a desafiarlo. — Aún así no estaba satisfecho y sin mencionar mi resultado en voz alta, tomé el dado una vez más extendiéndolo al personaje frente a mi. —¿Una revancha? Ahora pondré mis condiciones; Si te gano una vez más… Me responderás 3 preguntas y me comprarás una de las piedras preciosas que vendo. Si me ganas cumpliré con tus demandas: La historia que buscas y te deberé el favor que desees. Confía en la dama fortuna. Cli- ¿Cuál es su nombre? —

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