31-01-2026, 02:44 PM
Cuando Alana se encaramó a su hombro, el primer pensamiento que le asaltó la mente fue que, probablemente, así se sentían las Kuja cuando al portar a sus serpientes, se ponían sobre sus hombros a un ser vivo y —como ella suponía– ligeramente viscoso anclándose a su propia anatomía. Después, igual de rápido como vino, se obligó a purgarlo, irritándose consigo misma por haber reducido a la muchacha a la categoría de animal de compañía.
No podía pensar así.
No debía.
Y es que, Alana, pese a su pequeña escala, era una compañera con el mismo derecho al respeto que ella misma.
Sin embargo, mantener esa frialdad ética resultó difícil cuando sintió las pequeñas manos de la tontatta aferrarse a la correa con la urgencia de un roedor que teme caerse al vacío. Pero, sobre todo, cuando la muchacha se pegó a su mejilla en un movimiento busco por su parte.
¿Estaba mal considerla adorable?¿Estaba mal querer ayudarla?
Aquellas dos preguntas cruzaron su mente cuando levantó la mano para asegurarla durante el ascenso.
¿Podía considerarse una falta de cortesía lo que quería hacer?
Bai se detuvo a tiempo, mucho antes de que el gesto evidenciara lo que quería hacer pues, ayudarla de más sería el paso definitivo para terminar tratándola como a una mascota, y Bai no estaba dispuesta a cruzar esa línea de condescendencia.
Por suerte Alana habló y Bai tuvo que desviar la mirada lo justo para captar la dirección que señalaba. Eso era suficiente para dejar de lado el conflicto que sentía.
—Allí —afirmó como si entendiera el idioma ajeno mientras levantaba el pulgar y le había el símbolo de OK.
Luego, echó a andar con cautela, tratando de amortiguar el impacto de su pesada forma de andar para que el bamboleo no desequilibrara a su pequeña compañera. Pero, tras varios pasos en los que se vio forzada a hacer gestos bruscos para evitar arañarse con la maleza, desplegó sus alas, utilizándolas como una barrera rígida de plumas para proteger a Alana de los latigazos del follaje.
Claro, no eran las inmensas y oscuras alas de Dong pero algo cubrían.
Así, tras varios minutos de zigzageos entre arbustos y camino, llegó hasta su objetivo; frente a ellas, la espesura se rindía ante el claro donde, un manto de verde saturado cubría el suelo.
Allí, los brotes de mala hierba luchaban por espacio contra las flores silvestres cuyas cabezas apenas lograban emerger de las briznas. Y es que, pese a que la naturaleza orgánica había conquistado prácticamente todo el terreno, también habían parches de tierra que se antojaban casi secos, salpicados de piedras pequeñas del tamaño de una falange.
—¿Alana bajar? —preguntó señalando el suelo.
No es que la estuviera echando, para nada, simplemente supuso que quizás quisiera volver a pisar suelo firme.
—¿O Alana aquí? —añadió tocándose el hombro y retirando sus alas que habían estado haciéndo de barrera.
Después, cuando se fijo bien en su alrededor, descubrió que los árboles megalíticos de la selva se cernían sobre el espacio abierto extendiendo ramas gruesas como troncos hacia el infinito del cielo tratando de devorar la luz que se filtraba. Pero, sobre todo que, bajo el sol, aquellos titanes de madera parecían haber perdido parte de su agresividad.
—Mira —señaló Bai hacia el nudo de las raíces.
Montañas de hojarasca muerta se aglutinaban en los recovecos oscuros, formando túmulos de materia orgánica que indicaban que ningún animal de gran envergadura había perturbado la zona recientemente.
Creek.
Una rama crujió bajo su pie en cuando Bai se movió hacia el centro del claro, un sonido seco que vibró en sus talones. Entonces, con la punta de la bota, removió la hierba, dejando al descubierto una costra de pequeñas cortezas y astillas. Parecía que los árboles se estuvieran descascarillando, dejando caer jirones de su propia piel maderosa que el viento se había encargado de reunir en aquel rincón.
—Hmmm —meditó, dejando que el silencio volviera a asentarse.
No parecía un sitio peligroso, al menos no de forma evidente. Pues no había signos de que ningún animal o ser pensante hubiera pasaro por ahí en mucho tiempo.
No podía pensar así.
No debía.
Y es que, Alana, pese a su pequeña escala, era una compañera con el mismo derecho al respeto que ella misma.
Sin embargo, mantener esa frialdad ética resultó difícil cuando sintió las pequeñas manos de la tontatta aferrarse a la correa con la urgencia de un roedor que teme caerse al vacío. Pero, sobre todo, cuando la muchacha se pegó a su mejilla en un movimiento busco por su parte.
¿Estaba mal considerla adorable?¿Estaba mal querer ayudarla?
Aquellas dos preguntas cruzaron su mente cuando levantó la mano para asegurarla durante el ascenso.
¿Podía considerarse una falta de cortesía lo que quería hacer?
Bai se detuvo a tiempo, mucho antes de que el gesto evidenciara lo que quería hacer pues, ayudarla de más sería el paso definitivo para terminar tratándola como a una mascota, y Bai no estaba dispuesta a cruzar esa línea de condescendencia.
Por suerte Alana habló y Bai tuvo que desviar la mirada lo justo para captar la dirección que señalaba. Eso era suficiente para dejar de lado el conflicto que sentía.
—Allí —afirmó como si entendiera el idioma ajeno mientras levantaba el pulgar y le había el símbolo de OK.
Luego, echó a andar con cautela, tratando de amortiguar el impacto de su pesada forma de andar para que el bamboleo no desequilibrara a su pequeña compañera. Pero, tras varios pasos en los que se vio forzada a hacer gestos bruscos para evitar arañarse con la maleza, desplegó sus alas, utilizándolas como una barrera rígida de plumas para proteger a Alana de los latigazos del follaje.
Claro, no eran las inmensas y oscuras alas de Dong pero algo cubrían.
Así, tras varios minutos de zigzageos entre arbustos y camino, llegó hasta su objetivo; frente a ellas, la espesura se rindía ante el claro donde, un manto de verde saturado cubría el suelo.
Allí, los brotes de mala hierba luchaban por espacio contra las flores silvestres cuyas cabezas apenas lograban emerger de las briznas. Y es que, pese a que la naturaleza orgánica había conquistado prácticamente todo el terreno, también habían parches de tierra que se antojaban casi secos, salpicados de piedras pequeñas del tamaño de una falange.
—¿Alana bajar? —preguntó señalando el suelo.
No es que la estuviera echando, para nada, simplemente supuso que quizás quisiera volver a pisar suelo firme.
—¿O Alana aquí? —añadió tocándose el hombro y retirando sus alas que habían estado haciéndo de barrera.
Después, cuando se fijo bien en su alrededor, descubrió que los árboles megalíticos de la selva se cernían sobre el espacio abierto extendiendo ramas gruesas como troncos hacia el infinito del cielo tratando de devorar la luz que se filtraba. Pero, sobre todo que, bajo el sol, aquellos titanes de madera parecían haber perdido parte de su agresividad.
—Mira —señaló Bai hacia el nudo de las raíces.
Montañas de hojarasca muerta se aglutinaban en los recovecos oscuros, formando túmulos de materia orgánica que indicaban que ningún animal de gran envergadura había perturbado la zona recientemente.
Creek.
Una rama crujió bajo su pie en cuando Bai se movió hacia el centro del claro, un sonido seco que vibró en sus talones. Entonces, con la punta de la bota, removió la hierba, dejando al descubierto una costra de pequeñas cortezas y astillas. Parecía que los árboles se estuvieran descascarillando, dejando caer jirones de su propia piel maderosa que el viento se había encargado de reunir en aquel rincón.
—Hmmm —meditó, dejando que el silencio volviera a asentarse.
No parecía un sitio peligroso, al menos no de forma evidente. Pues no había signos de que ningún animal o ser pensante hubiera pasaro por ahí en mucho tiempo.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
