31-01-2026, 03:58 PM
Para ese punto de la conversación, el alcohol ya había reclamado el cuerpo de Bai como territorio conquistado. Pues un calor febril e invisible se había instalado en la base de su nuca, desencadenando una pesadez agradable que derretía las aristas de un mundo habitualmente afilado y hostil. Sí, estaba achispada; una condición que ella, siempre tan celosa de su propio control, ni siquiera había sido capaz de diagnosticar en sí misma.
«Todo irá bien», quiso añadir cuando lo acarició. Pero su lengua, trabada y anudada por el alcohol —o mejor dicho, la descoordinación del pensamiento-lengua—, lo hizo imposible.
Y así como imposibilitó algo tan simple, también evitó que, cuando los ojos de Uker brillaron con un matiz acuoso bajo la luz mortecina del local, ella activara ninguna parte de su agudo intelecto. Pues, en su estado, por mucho que lo hubiera deseado, no hubiera podido procesar el significado clínico de aquellas lágrimas.
Y eso que, en cualquier otra circunstancia, Bai habría diseccionado ese brillo para discernir entre un síntoma o una manipulación, pero bajo el efecto del licor ni siquiera alcanzaba a comprender que la fragilidad del joven era, en realidad, una forma muda de gratitud por su gesto afectivo.
Pero, a su vez, por el mismo principio, cuando Uker se sinceró y el «lo siento» brotó de sus labios como un tartamudeo, Bai no necesitó analizar el tono de la disculpa para entenderlo. No hacía falta. Pues entendió la intensidad de la emoción porque, por primera vez, su propio dolor encontró un retazo exacto en el de aquel joven, uniendo sus traumas en una misma frecuencia de amargura.
Y eso era un problema. Porque esa conexión, tan íntima y pesada, se convirtió en una presencia tangible en la mesa. Lo que, a su vez, hizo que el aire que respiraban se volviera gélido y asfixiante.
Era la mirada del marine.
Había en ella un celo agrio y silencioso, como vibración de alguien que acecha desde la lejanía y que no requiere palabras para mostrar su malestar.
Pero Bai no podía reaccionar.
Ni siquiera cuando la mandíbula tensa del hombre, al verse excluido de esa comunión de heridos, provocó en él un suave chirriar de dientes.
Por fortuna, había algo que sí sabía reaccionar: sus alas. Las mismas que, al otro lado de la mesa, sentían la presión de su mirada clavada en Bai. Las mismas que le indicaron que debía intentar organizar su cabeza antes de hablar.
—¿East Blue? —eso sí lo había entendido. Al fin y al cabo, casi todos los nombres se pronunciaban igual en su idioma—. ¿Uker, Dawn? —le preguntó directamente, creyendo acabar de entender los matices de su historia.
Y es que, hasta donde tenía entendido, aquel lugar estaba plagado de salvajismo.
—Tsk.
El marine chasqueó la lengua y Bai giró el rostro hacia él con un retraso torpe, por el cual tardó un segundo de más en enfocar su expresión.
—¿Pasa algo? —preguntó, ladeando la cabeza.
El marine apretó los labios y negó con la cabeza.
—Pregunta si necesitas algo más.
—Oh... —miró hacia abajo y recordó la agradable bebida a la que le habían invitado.
—Pues... —antes de que pudiera añadir nada más, el calor en su nuca palpitó con entusiasmo, casi como un animal famélico al reconocer alimento—. Me gustaría probarla de verdad —sentenció, aun sabiendo, en algún rincón todavía funcional de su mente, que no debía.
Que aceptar otra bebida sería cruzar una línea irreversible.
Pero también supo que, en ese momento, no quería pensar.
—Bueno… —murmuró, acercando el recipiente a Uker—. Si es posible, claro.
El marine se tensó.
—Bai —dijo, tratando de suavizar su rostro—, creo que...
Ella alzó la mirada, sorprendiéndolo con su mirar. Pues, al final, el marine cayó en cuenta de la pretensión implícita de sus palabras.
Y eso fue suficiente para él.
El marine se puso en pie con un movimiento brusco, haciendo que la silla rascara el suelo como un animal herido.
—No voy a quedarme más tiempo —sentenció, ajustándose la chaqueta—. Ni a competir con… esto.
Su mirada pasó por Uker sin detenerse en él.
Después, ambos jóvenes se quedaron solos.
«Todo irá bien», quiso añadir cuando lo acarició. Pero su lengua, trabada y anudada por el alcohol —o mejor dicho, la descoordinación del pensamiento-lengua—, lo hizo imposible.
Y así como imposibilitó algo tan simple, también evitó que, cuando los ojos de Uker brillaron con un matiz acuoso bajo la luz mortecina del local, ella activara ninguna parte de su agudo intelecto. Pues, en su estado, por mucho que lo hubiera deseado, no hubiera podido procesar el significado clínico de aquellas lágrimas.
Y eso que, en cualquier otra circunstancia, Bai habría diseccionado ese brillo para discernir entre un síntoma o una manipulación, pero bajo el efecto del licor ni siquiera alcanzaba a comprender que la fragilidad del joven era, en realidad, una forma muda de gratitud por su gesto afectivo.
Pero, a su vez, por el mismo principio, cuando Uker se sinceró y el «lo siento» brotó de sus labios como un tartamudeo, Bai no necesitó analizar el tono de la disculpa para entenderlo. No hacía falta. Pues entendió la intensidad de la emoción porque, por primera vez, su propio dolor encontró un retazo exacto en el de aquel joven, uniendo sus traumas en una misma frecuencia de amargura.
Y eso era un problema. Porque esa conexión, tan íntima y pesada, se convirtió en una presencia tangible en la mesa. Lo que, a su vez, hizo que el aire que respiraban se volviera gélido y asfixiante.
Era la mirada del marine.
Había en ella un celo agrio y silencioso, como vibración de alguien que acecha desde la lejanía y que no requiere palabras para mostrar su malestar.
Pero Bai no podía reaccionar.
Ni siquiera cuando la mandíbula tensa del hombre, al verse excluido de esa comunión de heridos, provocó en él un suave chirriar de dientes.
Por fortuna, había algo que sí sabía reaccionar: sus alas. Las mismas que, al otro lado de la mesa, sentían la presión de su mirada clavada en Bai. Las mismas que le indicaron que debía intentar organizar su cabeza antes de hablar.
—¿East Blue? —eso sí lo había entendido. Al fin y al cabo, casi todos los nombres se pronunciaban igual en su idioma—. ¿Uker, Dawn? —le preguntó directamente, creyendo acabar de entender los matices de su historia.
Y es que, hasta donde tenía entendido, aquel lugar estaba plagado de salvajismo.
—Tsk.
El marine chasqueó la lengua y Bai giró el rostro hacia él con un retraso torpe, por el cual tardó un segundo de más en enfocar su expresión.
—¿Pasa algo? —preguntó, ladeando la cabeza.
El marine apretó los labios y negó con la cabeza.
—Pregunta si necesitas algo más.
—Oh... —miró hacia abajo y recordó la agradable bebida a la que le habían invitado.
—Pues... —antes de que pudiera añadir nada más, el calor en su nuca palpitó con entusiasmo, casi como un animal famélico al reconocer alimento—. Me gustaría probarla de verdad —sentenció, aun sabiendo, en algún rincón todavía funcional de su mente, que no debía.
Que aceptar otra bebida sería cruzar una línea irreversible.
Pero también supo que, en ese momento, no quería pensar.
—Bueno… —murmuró, acercando el recipiente a Uker—. Si es posible, claro.
El marine se tensó.
—Bai —dijo, tratando de suavizar su rostro—, creo que...
Ella alzó la mirada, sorprendiéndolo con su mirar. Pues, al final, el marine cayó en cuenta de la pretensión implícita de sus palabras.
Y eso fue suficiente para él.
El marine se puso en pie con un movimiento brusco, haciendo que la silla rascara el suelo como un animal herido.
—No voy a quedarme más tiempo —sentenció, ajustándose la chaqueta—. Ni a competir con… esto.
Su mirada pasó por Uker sin detenerse en él.
Después, ambos jóvenes se quedaron solos.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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