01-02-2026, 10:33 PM
Mantener la mirada se había convertido en un acto doloroso.
No por el peso del contacto visual, para nada, sino por el ardor arenoso de unas córneas que habían permanecido en vigilia mucho más tiempo del que lo que el cuerpo es capaz de soportar.
Parpadeó.
La humedad del ambiente era insuficiente para combatir la sequedad de su cuerpo exhausto. Se llevó la palma de la mano al ojo izquierdo y lo frotó, intentando imponerse a la desagradable sensación que había invadido sus mucosas, evaporando cualquier rastro de humedad y obligándola a parpadear con una frecuencia espasmódica, como si buscara desesperadamente un resquicio de lágrima capaz de aliviar su fatiga.
Aunque, a decir verdad, parecía un niño grande tratando de no dormitear.
Retiro la mano, y el mundo recuperó una nitidez punzante.
—Gracias...—murmuró observando la pipa que Lan le tendía. Y, a continuación, esbozó una sonrisa lánguida, una mueca que apenas movió los músculos de su rostro, mientras su cerebro —ralentizado por un procesamiento de datos ya deficitario— evaluaba si aquel alivio químico era lo que realmente necesitaba.
—Lan — añadió poco antes de que la otra erudita se sumiera en sus propios pensamientos.
Y con ello se decidió por extender su trémula mano, cuyos dedos apenas conservaban la precisión habitual, y aceptó la pipa mientras se obligaba a escuchar la voz de la mujer de fuego.
—Creo que… todavía me arden —admitió, llevándose la boquilla a los labios. Presionó con suavidad la superficie y aspiró con lentitud, buscando que el calor del humo actuara como un bálsamo para cauterizar otra clase de ardor; uno que no se localizaba en sus extremidades, sino en un estrato mucho más profundo.
Tras aquello de sus labios germinó una pequeña exhalación grisácea que se disolvió en el aire como una idea inacabada.
—No es solo el cuerpo, Lan… es todo.
Con la pesadez de quin conoce el dolor, Bai, cerró los ojos en busca de que que las palabras de su compañera se asentaran en su mente antes de continuar.
—¿Crees que realmente se pueda? —preguntó de repente, abriendo los ojos mientras lo hacía y justo antes de dar una segunda calada y devolver la pipa.
En ese momento se hizo el silencio, solo roto por el siseo de la brasa en el exterior.
—A veces pienso que hay un lado mío que no consigo contener —reveló, bajando la mirada hacia la luz mortecina que bailaba sobre la superficie del té —. Y que ese perro que aparece en mis sueños… el que corre por la ladera de una montaña bajo un sol que calcina sus patas, solo y sin un rastro de sombra donde refugiarse… realmente soy yo.
Su mano se movió con torpeza hacia el sándwich, agradeciendo el alimento con un gesto mudo.
—Lo que intento decir es que, quizás, ese animal y yo somos dos ecosistemas coexistiendo de forma violenta dentro de un mismo cuerpo. Y aún no he hallado la fórmula para que convivan sin destruirse.
Inspiró aire lentamente, sintiendo el peso de la confesión en el pecho.
—Siento que esa escisión, esa fractura interna, es el resultado del muro que levanté al separarme de vuestro idioma. De vuestra forma de sentir. Duele, Lan. Duele como sólo la soledad sabe hacerlo.
Tras aquella confesión, sintiéndo la garganta cerrada, Bai intentó comer algo de lo que Lan había preparado. Y, por un instante, el mordisco se volvió un gesto torpe y casi instintivo, como el de un animal que, aun exhausto y herido, sabe que detenerse del todo no es una opción.
No por el peso del contacto visual, para nada, sino por el ardor arenoso de unas córneas que habían permanecido en vigilia mucho más tiempo del que lo que el cuerpo es capaz de soportar.
Parpadeó.
La humedad del ambiente era insuficiente para combatir la sequedad de su cuerpo exhausto. Se llevó la palma de la mano al ojo izquierdo y lo frotó, intentando imponerse a la desagradable sensación que había invadido sus mucosas, evaporando cualquier rastro de humedad y obligándola a parpadear con una frecuencia espasmódica, como si buscara desesperadamente un resquicio de lágrima capaz de aliviar su fatiga.
Aunque, a decir verdad, parecía un niño grande tratando de no dormitear.
Retiro la mano, y el mundo recuperó una nitidez punzante.
—Gracias...—murmuró observando la pipa que Lan le tendía. Y, a continuación, esbozó una sonrisa lánguida, una mueca que apenas movió los músculos de su rostro, mientras su cerebro —ralentizado por un procesamiento de datos ya deficitario— evaluaba si aquel alivio químico era lo que realmente necesitaba.
—Lan — añadió poco antes de que la otra erudita se sumiera en sus propios pensamientos.
Y con ello se decidió por extender su trémula mano, cuyos dedos apenas conservaban la precisión habitual, y aceptó la pipa mientras se obligaba a escuchar la voz de la mujer de fuego.
—Creo que… todavía me arden —admitió, llevándose la boquilla a los labios. Presionó con suavidad la superficie y aspiró con lentitud, buscando que el calor del humo actuara como un bálsamo para cauterizar otra clase de ardor; uno que no se localizaba en sus extremidades, sino en un estrato mucho más profundo.
Tras aquello de sus labios germinó una pequeña exhalación grisácea que se disolvió en el aire como una idea inacabada.
—No es solo el cuerpo, Lan… es todo.
Con la pesadez de quin conoce el dolor, Bai, cerró los ojos en busca de que que las palabras de su compañera se asentaran en su mente antes de continuar.
—¿Crees que realmente se pueda? —preguntó de repente, abriendo los ojos mientras lo hacía y justo antes de dar una segunda calada y devolver la pipa.
En ese momento se hizo el silencio, solo roto por el siseo de la brasa en el exterior.
—A veces pienso que hay un lado mío que no consigo contener —reveló, bajando la mirada hacia la luz mortecina que bailaba sobre la superficie del té —. Y que ese perro que aparece en mis sueños… el que corre por la ladera de una montaña bajo un sol que calcina sus patas, solo y sin un rastro de sombra donde refugiarse… realmente soy yo.
Su mano se movió con torpeza hacia el sándwich, agradeciendo el alimento con un gesto mudo.
—Lo que intento decir es que, quizás, ese animal y yo somos dos ecosistemas coexistiendo de forma violenta dentro de un mismo cuerpo. Y aún no he hallado la fórmula para que convivan sin destruirse.
Inspiró aire lentamente, sintiendo el peso de la confesión en el pecho.
—Siento que esa escisión, esa fractura interna, es el resultado del muro que levanté al separarme de vuestro idioma. De vuestra forma de sentir. Duele, Lan. Duele como sólo la soledad sabe hacerlo.
Tras aquella confesión, sintiéndo la garganta cerrada, Bai intentó comer algo de lo que Lan había preparado. Y, por un instante, el mordisco se volvió un gesto torpe y casi instintivo, como el de un animal que, aun exhausto y herido, sabe que detenerse del todo no es una opción.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
