03-02-2026, 12:56 PM
No entendí ni una sola palabra de lo que dijo. Ni una. Tal vez debería hacer por aprender su idioma… Quizás no sea tan complejo, ¿no? En cualquier caso, sí fui capaz de entender el tono, ese sí que lo entendía. Había algo suave en cómo hablaba, algo que no sonaba ni a amenaza ni a prisa. Así que me limité a asentir con la cabeza, muy convencida, como si acabara de comprender una explicación larguísima y profundísima sobre… no sé, botánica avanzada, supongo, cuando en realidad me estaría hablando sobre astronomía.
Me agarré un poco mejor a su ropa para anclarme a su cuerpo cuando noté que se detenía. No por miedo, sino porque el mundo, visto desde allí arriba, tenía la mala costumbre de balancearse más de la cuenta. Qué caprichosa es la gravedad, maldita ramera de la ciencia.
Cuando levantó el pulgar e hizo ese gesto extraño con la mano, abrí los ojos con interés, haciendo un sobreesfuerzo para prestar atención a toda ella y a sus gestos, para así lograr captar el mensaje—. ¿Sí? —dije, animada, aunque no sabía a qué estaba respondiendo exactamente hasta que me percaté de qué hablaba—. ¡Sí, sí!
Sus alas no dejaban de sorprenderme me hacían sentirme protegida. A salvo de los latigazos de la maleza que antes me rozaban la espalda y los brazos. Me encogí un poco, por puro instinto, claro, porque sabía que poco podían hacerme; y luego asomé la cabeza por entre las plumas para mirar alrededor, fascinada.
— Oh… —murmuré para mí misma, a pesar de que fuese en voz alta—. Esto es trampa.
El camino se volvió más claro, más abierto, hasta que la luz cambió. Bajé la mirada cuando el verde se abrió bajo nosotras y el claro apareció ante mis ojos. Era… bonito. Muy bonito. Me incliné hacia delante para verlo mejor, aspirando el aire con fuerza. Tierra seca, hojas muertas, savia, algo dulzón escondido bajo todo eso. Mis ojos se movían de un lado a otro, rápidos, atentos, como si el suelo me estuviera contando un secreto. Incluso giré sobre el propio hombro de Bai para ver lo que quedaba a nuestras espaldas. Cuando Bai señaló al suelo y luego a su hombro, ladeé la cabeza.
— ¿Eh…? —me llevé un dedo al pecho—. ¿Yo?
Señalé el suelo. Luego el hombro. Luego a mí otra vez. Sonreí—. Puedo bajar —dije, convencida de que me estaba pidiendo que bajase, tal vez le empezaba a doler el hombro de cargarme durante parte del trayecto. Me deslicé por su ropa y, utilizándola como anclaje, me dejé caer al suelo.
Esperé un segundo, y al no recibir ninguna reacción clara que entendiera, decidí que la respuesta correcta era… ninguna.
Cuando señaló las raíces y la hojarasca acumulada, y mis ojos se iluminaron de golpe. Aterricé entre la hierba con un movimiento ligero, y enseguida me agaché junto a uno de los montículos de hojas secas. Hundí los dedos con cuidado, removiendo apenas la capa superior. Algo brilló. Parpadeé. No… no brilló. ¿O sí? No le di mayor importancia.
Como norma básica de supervivencia que había aprendido a base de ensayo, error y algún que otro mareo memorable: nada se come crudo. Así que me puse manos a la obra. Cerca de las raíces gruesas, la tierra estaba seca, perfecta para encender fuego sin que aquello se nos fuera de las manos. Me agaché y empecé a reunir ramitas, hojas secas y un par de trozos de corteza desprendida. Con unos palos y unas piedras, logré sacar una chispa que poco a poco se transformó en hoguera (al menos para mí).
Me senté frente al fuego, con las piernas cruzadas. Con unas palmadas en el suelo, le indiqué a Bai que se sentase a mi lado. Saqué las setas y las examiné una vez más. Bajo la luz del fuego, los colores parecían menos intensos. Dudé un poco pero el rugir de mi tripa calló toda duda.
— Vale… —murmuré—. Plan sensato: cocinadas pierden parte del efecto, incluso aquellos que nosotras podemos considerar beneficiosos. Las setas no entienden de beneficios. ¿Puedes trocearlas y ponerlas en un palo-pincho para que se cocinen?
Su campo de visión sería mayor para encontrar palos perfectos para esa labor; además de que por el tamaño de sus manos, podría manejar mejor las setas. Mientras yo intentaría que el fuego creciera hasta que para mí fuese casi un incendio. Cuando eso ocurriese, solo quedaba esperar a que estuvieran listas y dejar que se enfriaran un poco.
Me agarré un poco mejor a su ropa para anclarme a su cuerpo cuando noté que se detenía. No por miedo, sino porque el mundo, visto desde allí arriba, tenía la mala costumbre de balancearse más de la cuenta. Qué caprichosa es la gravedad, maldita ramera de la ciencia.
Cuando levantó el pulgar e hizo ese gesto extraño con la mano, abrí los ojos con interés, haciendo un sobreesfuerzo para prestar atención a toda ella y a sus gestos, para así lograr captar el mensaje—. ¿Sí? —dije, animada, aunque no sabía a qué estaba respondiendo exactamente hasta que me percaté de qué hablaba—. ¡Sí, sí!
Sus alas no dejaban de sorprenderme me hacían sentirme protegida. A salvo de los latigazos de la maleza que antes me rozaban la espalda y los brazos. Me encogí un poco, por puro instinto, claro, porque sabía que poco podían hacerme; y luego asomé la cabeza por entre las plumas para mirar alrededor, fascinada.
— Oh… —murmuré para mí misma, a pesar de que fuese en voz alta—. Esto es trampa.
El camino se volvió más claro, más abierto, hasta que la luz cambió. Bajé la mirada cuando el verde se abrió bajo nosotras y el claro apareció ante mis ojos. Era… bonito. Muy bonito. Me incliné hacia delante para verlo mejor, aspirando el aire con fuerza. Tierra seca, hojas muertas, savia, algo dulzón escondido bajo todo eso. Mis ojos se movían de un lado a otro, rápidos, atentos, como si el suelo me estuviera contando un secreto. Incluso giré sobre el propio hombro de Bai para ver lo que quedaba a nuestras espaldas. Cuando Bai señaló al suelo y luego a su hombro, ladeé la cabeza.
— ¿Eh…? —me llevé un dedo al pecho—. ¿Yo?
Señalé el suelo. Luego el hombro. Luego a mí otra vez. Sonreí—. Puedo bajar —dije, convencida de que me estaba pidiendo que bajase, tal vez le empezaba a doler el hombro de cargarme durante parte del trayecto. Me deslicé por su ropa y, utilizándola como anclaje, me dejé caer al suelo.
Esperé un segundo, y al no recibir ninguna reacción clara que entendiera, decidí que la respuesta correcta era… ninguna.
Cuando señaló las raíces y la hojarasca acumulada, y mis ojos se iluminaron de golpe. Aterricé entre la hierba con un movimiento ligero, y enseguida me agaché junto a uno de los montículos de hojas secas. Hundí los dedos con cuidado, removiendo apenas la capa superior. Algo brilló. Parpadeé. No… no brilló. ¿O sí? No le di mayor importancia.
Como norma básica de supervivencia que había aprendido a base de ensayo, error y algún que otro mareo memorable: nada se come crudo. Así que me puse manos a la obra. Cerca de las raíces gruesas, la tierra estaba seca, perfecta para encender fuego sin que aquello se nos fuera de las manos. Me agaché y empecé a reunir ramitas, hojas secas y un par de trozos de corteza desprendida. Con unos palos y unas piedras, logré sacar una chispa que poco a poco se transformó en hoguera (al menos para mí).
Me senté frente al fuego, con las piernas cruzadas. Con unas palmadas en el suelo, le indiqué a Bai que se sentase a mi lado. Saqué las setas y las examiné una vez más. Bajo la luz del fuego, los colores parecían menos intensos. Dudé un poco pero el rugir de mi tripa calló toda duda.
— Vale… —murmuré—. Plan sensato: cocinadas pierden parte del efecto, incluso aquellos que nosotras podemos considerar beneficiosos. Las setas no entienden de beneficios. ¿Puedes trocearlas y ponerlas en un palo-pincho para que se cocinen?
Su campo de visión sería mayor para encontrar palos perfectos para esa labor; además de que por el tamaño de sus manos, podría manejar mejor las setas. Mientras yo intentaría que el fuego creciera hasta que para mí fuese casi un incendio. Cuando eso ocurriese, solo quedaba esperar a que estuvieran listas y dejar que se enfriaran un poco.
