04-02-2026, 04:55 AM
Estuve al menos una hora sentada en mi hamaca, mirando los dedos de mis pies, pensando. Tenía las manos con los dedos entrelazados;no había nada que pudiera hacer con respecto a Cao o Dong. En lugar de derramar lágrimas, mi mirada se centró en la puerta. “La tristeza no resuelve nada” así que salí.
Cuando subí las escaleras hasta la cubierta, vi cómo el viento arrastraba en una esquina algo que parecía ser tela; al acercarme, dando algunos pasos firmes y arrodillarme para tomarla, vi que era piel, concretamente de serpiente. Coatl había mudado. Al desviar la mirada, pude ver como se deslizaba sobre la arena con una rapidez y precisión mortal. Las serpientes son exitosas depredadoras en el desierto y atrapar la comida es un verdadero reto en un entorno hostil.
“En eso nos parecemos.”, di un golpecito con mi pie izquierdo en el suelo al pensar eso y la comisura de mis labios se ensanchó en una sonrisa.
—¡HUHUHYYAAAHYYAAA! —la carcajada salió desde mi estómago. Corrí hacia la baranda —. ¡DATE UN BUEN FESTÍN, HERMANA! —la despedí con la mano mientras saltaba desde la cubierta hacia la arena y caía con un pie delante de otro y una voltereta, como si pisara el aire antes que el suelo.
“Al menos mi hermana puede comer y andar tranquila”, pensé mientras me paraba de cara hacia donde se había ido. Estaba descalza, no llevaba la piel de lobo a mi espalda y había modificado mi traje para esta isla: llevaba medias que se cernían a mis tobillos. Dejaba ver la piel de mis muslos, y tenía puesto además un short de lycra lo suficientemente grande como para cubrir mis glúteos y poco más, además del crop que siempre usaba.
Me estiré hacia el sol, sintiendo su calor intenso sobre la piel, aunque para mí era como un día templado; estaba rico. Compuse una sonrisa plácida mientras levantaba las manos hacia el cielo y me desperezaba cual gato, tratando de despejar mi mente.
En mis pies descalzos, sin embargo, había otra historia. La arena hirviendo se sentía cálida al tacto; no quemaba. Enterré mis pies en la arena y jugué un poco con ella mientras veía el desierto: el calor deformaba todo lo que tocaba a través de la luz, y el sonido de las chicharras daba una impresión de eterno verano que ciertamente me era familiar y agradable, como en donde trabajaba papá. Mi mirada se enterneció.
Respiré profundo; el aire estaba caliente. —Paciencia en la forja—. Llevé mi mano hacia la pipa que descansaba bien sostenida entre mis dos pechos. Me puse la pipa en la boca con una sonrisa y extraje del cuenco en mi cintura las bien cortadas hierbas de marihuana. Prendí el cuenco metálico con los dedos y di una calada; no había ni una nube en el cielo. Exhalé. “Mh…” aquella calada había sido exquisita .
El sudor pronto me recorrió la piel, a pesar de que no lo sentía cuando puse un pie en el poblado. Todo estaba un poco silencioso, aunque aún se podía ver gente, pero nadie fuera de la sombra. Además, solo en un lugar parecía haber bullicio: una taberna que hacía de hostal también.
Iban entrando al establecimiento personas que parecían ser artistas, pues llevaban tambores e instrumentos de cuerdas interesantes. Eran tres hombres y una mujer hermosa de cabellos rubios.
Los observé del otro lado de la calle y crucé la calle instantáneamente, mientras me asomaba a la ventana abierta del local.
En cuanto asomé la cabeza, mi vista fue a parar directo hacia la barra: kimono negro, cabello largo, espalda ancha, listón rojo, mis ojos se abrieron y mi sonrisa volvíó a ocupar la extención de mi rostro.
—¡HAN! —simplemente lo llamé desde afuera, saludándolo con la mano en alto, alegre de verlo, mientras corría hacia la entrada, desplazando la puerta semi giratoria hacia adentro y dejando pasar a una mesera en shorts, camisa y delantal. Lo miré desde la entrada.
Volví a avanzar hacia él. —Buenas tardes, veo que tú también saliste—. Al llegar frente a él no fui directa a mi asiento, me coloqué frente a él y me incliné sacándome la pipa de la boca, usando la mano que tenía libre para tratar de apoyarme en su hombro derecho y estar tan cerca como para intentar darle un beso en la mejilla.
—¡Buenas tardes! —me giré entonces hacia la barra—. Una cerveza por favor —pedí amablemente, con una sonrisa en la comisura de los labios.
En cuanto me vio, el mozo detrás de la barra abrió los ojos en grande y cualquiera que lo viera pudo notar que el hombre se sintió intimidado.
—¡E-enseguida, señora!
—Gracias querido.
A dos sillas a nuestra izquierda había un pasillo donde hablaban los cuatro músicos que habían entrado al lugar antes con un hombre que parecía ser el dueño del local.
—Por favor, déjenos tocar una canción y, si el público nos abuchea, nos bajamos y no tendrá que pagarnos nada —dijo. En la mirada y las palabras de la mujer había mucha determinación.
El hombre resopló.
—Si me hacen perder clientes, se las verán conmigo —dijo, severo.
—¡No se preocupe, jefe! No lo defraudaremos —dijeron dos de ellos, celebrando desde que el hombre les dio la aprobación. Los tres subieron a la tarima y comenzaron a prepararse.
—Me alegra que seas tú a quien encuentres el día de hoy ¿sabés?, ¿cómo estás? —pregunté; todo lo sucedido nos había tomado desprevenidos, y que ahora faltara un miembro y otro estuviera muy mal herido podía sentirse en la piel de la mayoría, si no es que de todos. El llanto era silencioso, desesperado, y la preocupación latente.
Respiré una vez antes de dedicarle una mirada a Han y colocar mi pipa en mi mano izquierda mientras me sentaba a un lado de Han y cruzaba las piernas frente a la barra.
“Hoy me siento un poco torpe”, pensé.
![[Imagen: dtilbUBl_o.gif]](https://images2.imgbox.com/36/77/dtilbUBl_o.gif)
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