05-02-2026, 12:28 AM
(Última modificación: 23-02-2026, 12:54 AM por Dimitri St. George.)
Los barracones eran, probablemente, el lugar más escandaloso de toda la Marina. Vestidos de uniforme, cada soldado infundía respeto y seguridad en las calles, pero esa imagen casi sacra desaparecía en la privacidad de la habitación común. Nadie imaginaría lo común que eran los gritos, las risotadas e incluso esas toallas que restallaban como látigos hacia nalgas ajenas.
Había quienes, tirados en sus literas, rogaban a bocinazos por un poco de silencio. En secreto, me sumaba a ese deseo. La mayoría de las veces intentaba pasar desapercibido, sentarme en mi cama (que era de las bajas) y hundir la nariz entre mis libros. Para mi desgracia, John siempre acababa tirando de mí para arrastrarme a los juegos de cartas.
—¡Venga, St. George! —exclamaba en ese momento, mientras tiraba de mi brazo—. ¡Nos falta un jugador, apúntate!
John era de los más jóvenes. Apenas tenía dieciocho años recién cumplidos y, por alguna razón que desconozco, parecía haberme adoptado como hermano mayor. Así que no me dejaba en paz.
Al fondo de la estancia, congregados alrededor de uno de los baúles personales que habían decidido emplear como mesa, un puñado de muchachos agitaban los brazos y coreaban mi nombre esperando que me uniera. Contuve un suspiro. ¿En qué maldito momento me había convertido en niñero?
—Hoy no puedo —sonreí con amabilidad—. Debo presentarme ante mi nueva División.
Los ojillos se le iluminaron.
—¿¿Cuál te han asignado??
—La setenta y cinco.
Una voz se elevó por encima de las demás, casi parecía que hubiera invocado mi nuevo destino.
—¿Alguien ha visto al soldado St. George?
—¡Está allí!
Bendita sea, mi oportunidad para salir de aquí. Le dediqué una palmadita en el hombro a John, una sonrisa de las que dicen «Lo siento, en otra ocasión será» y me acerqué al recién llegado, alias titán colosal. Tremendamente atractivo, todo hay que decirlo.
—Es un placer conocerle. —Mantuve la sonrisa y cuadré los hombros—. Soldado St. George para servirle, señor.
Le ofrecí la mano con firmeza para estrecharsela.
—Es un placer.
Decir que estaba nervioso sería mentir. Lo único que deseaba era meterme en la cama, coger un libro y evadirme del mundanal ruido. Sin embargo, esgrimí la sonrisa más encantadora, sutil y natural de todas las que había aprendido en mis años con Pulmones Negros.
—¿Sois de la División setenta y cinco? Me han informado que debía reunirme hoy con vosotros. Espero que hayáis tenido un viaje tranquilo.
Había quienes, tirados en sus literas, rogaban a bocinazos por un poco de silencio. En secreto, me sumaba a ese deseo. La mayoría de las veces intentaba pasar desapercibido, sentarme en mi cama (que era de las bajas) y hundir la nariz entre mis libros. Para mi desgracia, John siempre acababa tirando de mí para arrastrarme a los juegos de cartas.
—¡Venga, St. George! —exclamaba en ese momento, mientras tiraba de mi brazo—. ¡Nos falta un jugador, apúntate!
John era de los más jóvenes. Apenas tenía dieciocho años recién cumplidos y, por alguna razón que desconozco, parecía haberme adoptado como hermano mayor. Así que no me dejaba en paz.
Al fondo de la estancia, congregados alrededor de uno de los baúles personales que habían decidido emplear como mesa, un puñado de muchachos agitaban los brazos y coreaban mi nombre esperando que me uniera. Contuve un suspiro. ¿En qué maldito momento me había convertido en niñero?
—Hoy no puedo —sonreí con amabilidad—. Debo presentarme ante mi nueva División.
Los ojillos se le iluminaron.
—¿¿Cuál te han asignado??
—La setenta y cinco.
Una voz se elevó por encima de las demás, casi parecía que hubiera invocado mi nuevo destino.
—¿Alguien ha visto al soldado St. George?
—¡Está allí!
Bendita sea, mi oportunidad para salir de aquí. Le dediqué una palmadita en el hombro a John, una sonrisa de las que dicen «Lo siento, en otra ocasión será» y me acerqué al recién llegado, alias titán colosal. Tremendamente atractivo, todo hay que decirlo.
—Es un placer conocerle. —Mantuve la sonrisa y cuadré los hombros—. Soldado St. George para servirle, señor.
Le ofrecí la mano con firmeza para estrecharsela.
—Es un placer.
Decir que estaba nervioso sería mentir. Lo único que deseaba era meterme en la cama, coger un libro y evadirme del mundanal ruido. Sin embargo, esgrimí la sonrisa más encantadora, sutil y natural de todas las que había aprendido en mis años con Pulmones Negros.
—¿Sois de la División setenta y cinco? Me han informado que debía reunirme hoy con vosotros. Espero que hayáis tenido un viaje tranquilo.
