El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado]
#3
Tuvo que aprovechar la extraña lucidez que volvió a su cabeza después de haberse dirigido a María Merlot, así que saltó del barandal del barco y quedó sobre la cubierta. Sus piernas temblaron, el barco se meció con la marea y, por un momento, pensó que tropezaría, pero una caja grande lo recibió. Se quedó ahí apoyado, con las manos en sus bolsillos y sin apartar sus orbes dorados del oscuro horizonte.

Y, entonces, cuando empezó a pensar que su pregunta caería en saco roto, que no obtendría una respuesta de la sirena de azul celeste, la voz de la mujer se alzó sobre las olas: baja pero cantarina. Para el médico era como escuchar el suave tintinear de pequeñas campanillas de plata alineadas una tras de otra y eso…eso fue suficiente para que se le escapara una sonrisa del alma.

¿Desde cuando la voz de Merlot se había convertido en un bálsamo para su intranquilidad? Prefería no encontrar respuesta, de hecho, prefería no pensar en ello, porque eso significaría que estaba creando un lazo y los lazos son peligrosos, los lazos son algo que prefiere cortar de raíz, pero a Merlot no quiere cortarla. Querer mantenerla a su lado es puro egoísmo.

—En toda isla hay comercio —dijo en un tono que intentó sonar animado, pero que salió bajo y grave, más como un susurro que como una afirmación segura —, aun cuando sea escaso, siempre hay alguien dispuesto a pagar por algo que necesite o que crea necesitar —. Nuevamente intentó hablar con la seguridad que lo caracterizaba aun dentro de su calma, pero volvió a fallar, por más que de verdad creyera en lo que estaba diciendo.

Suspiró y añoró la botella que se le había caído de la barandilla del barco, pero tampoco deseó agacharse para recogerla, menos aún cuando el calor del cuerpo de la semi sirena lo confortaba de una manera que no se esperó aquella noche. Su memoria es débil, casi inútil, pero sabía bien que la mujer no solía tocarlo y, a decir verdad, él tampoco buscaba que lo hiciera. No veía la necesidad de ello, después de todo, con conversar, ambos estaban más que bien, era la manera que ambos habían encontrado para pasar las noches de insomnio o los días en los que no había mucho que hacer, era su manera de mostrar que jugaban para el mismo equipo o eso quería creer él.

Se quedó en silencio, miró al cielo lleno de estrellas que, seguramente, si fuera navegante o erudito, tendrían algún significado más que solo alumbrar una noche que le sabía demasiado amarga, tanto o más que el licor que antes estaba tomando, tanto que…parece que Merlot se había contagiado de aquella amargura.

No quería mirarla, pero a medida que la voz de la mujer se fue apagando, su curiosidad centelleó y su rostro se ladeó para ver, desde arriba, como la chica se restregaba a su pierna como si fuera un gatito buscando consuelo. Verla así no era normal.

Su mente viajó entonces a un momento que creía enterrado, a una noche en donde alguien le entregó a una chica en sus brazos y le ordenó cuidarla. Era una chica con cabellos celestes, tales como los de la sirena a su lado…claro, tal vez porque era esa misma sirena, aunque, sus recuerdos borrosos se negaran a ponerle el rostro de María a la mujer moribunda y drogada que llegó ese día al consultorio de su anterior barco. Debía agradecer a la amnesia por borrar de su memoria a una María tan distinta, pero ahora, verla así le recordaba a la fragilidad que percibió en aquel entonces. 

¿Acaso ella necesitaba consuelo?

Nunca fue bueno dando consuelo genuino, siempre sonreía falsamente, sus palabras siempre estaban bien ensayadas, como el guion de una obra que se había memorizado, irónicamente, pero ahora…ahora no quería repetir palabras trilladas.

Con fuerza mordió su labio y, antes de poder arrepentirse, se dejó caer sobre sus nalgas, sentándose en la madera del barco que resonó por la manera tan descuidada en que se tiró al suelo, como si no le importara lastimarse y, sobre todo, rompiendo con la tranquilidad de la noche, aunque poco le importaba si alguien se había despertado o no después de semejante golpe, uno del que ni siquiera se atrevió a quejarse.

—Puedes hacerlo ¿Tienes algo que quieras vender? Yo no soy comerciante, no precisamente, pero me he dedicado a vender piezas que pueden salvar las vidas de otros —. Omitiría, claro, que esas “piezas” se obtenían sacrificando a otro ser vivo. —Me he mantenido viviendo así por muchos años y nadie tuvo que enseñarme a como venderlo, solo…debes buscar los contactos adecuados —. Sus palabras se trababan por culpa del alcohol, de hecho, ahora mismo no tenía esa misma voz grave y pesada de antes, si no una más relajada. Al fin había podido ocultar su pesar tras esa máscara de desinterés en sí mismo.

—Y te creo, no estas loca, solo ves el mundo con un color distinto —. Una manera bonita de llamarle “soñadora”. —Tu mente funciona bastante bien, mucho mejor que la mía. Puedes recordar a las personas y también sus nombres, aunque tiendas a ponerles apodos —. Le quitó de la mano la botella de whisky para beber también, olvidándose de lo mal que le hacía el licor y la poca resistencia que tenía a él.

—¿Qué dices, Merlot? ¿Quieres que alguien te enseñe a…Jmmm…comerciar? ¿O quieres aprender algo más? No me viene mal tener un ayudante en la enfermería…hip…aunque seguro que no querrías ensuciarte las manos de sangre —. Dejó entrever una sonrisa de medio lado, no porque dudara de la capacidad de la chica, si no porque estaba seguro de que no querría ver como él se encargaba de despedazar a otro ser humano. —Como sea, encontraremos algo…estudiar no hace mal y cualquiera puede hacerlo si sabe leer ¿Qué hay de los libros que te di? ¿No te han ayudado? —Dio otro sorbo a la botella y se dio cuenta de que estaba casi vacía, algo que lo hizo chasquear la lengua y soltarla descuidadamente sobre el suelo, haciendo que volviera a rodar hasta que el vidrio chocó con la madera de la baranda del barco.

—Hace falta más whisky…hip…pero no quiero ir hasta la cocina, ni siquiera sé donde está la cocina. Nuestro capitán debería poner letreros para guiarnos en el interior del barco —. Frunció el ceño y, en ese momento, el malestar de antes volvió a apoderarse de él. Su relajación se esfumó y sus músculos se tensaron mientras que su mirada se agachó hasta que en su ángulo de visión solo estaban sus botas y los tablones del barco.

—Capitán…sí, claro…si tuviéramos uno —. Refunfuñó, dejando entrever un leve enojo inusual en él. —Estaba cómodo en el South Blue —. En otro momento se habría felicitado a sí mismo por recordar ese nombre, pero ahora, su molestia le hizo centrarse en algo más. —Nunca debimos dejar ese lugar ¿Para qué? Desde que salimos de es isla no hemos vuelto a ver a Ashveil y nadie en este barco le da la debida importancia. Tsk…estamos condenados. Ni siquiera deberíamos llamarnos tripulación, ni siquiera deberían llamarse piratas...aunque eso no es culpa de Ashveil, eso es culpa nuestra —. Espetó casi escupiendo veneno, dejando atrás el tono calmo de su voz para pasar a uno más agresivo, aunque su rostro lucía más bien triste.

—Dime, Merlot —dijo entonces bajando el tono y mirando a la chica con una mirada que dejaba entrever algunas lágrimas acumuladas aun dentro del ojo, que empañaban las irises amarillas del doctor. —¿Por qué decidiste quedarte en un grupo tan roto? —Le hacía la pregunta a la chica, aunque, en verdad, es él quien deseaba responderse eso a sí mismo.

Karmas usados
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RE: El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - por Hyákinthos - 05-02-2026, 08:35 AM

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