05-02-2026, 04:24 PM
Sus ojos descendieron a su propia ropa. Elevó sus hombros, no buscaba ser descarado, tampoco nada con él, ya había tenido su propia diversión antes de estar allí. Por educación, de todas formas, se ató mejor la bata que usaba como pijama, incluso si debajo de ella tenía ropa interior. —Mis disculpas, no busco faltarle al respeto, es por comodidad. — No mentía y, además, presentarse así solo revelaba más que no estaba armado, que no buscaba atacarlo ni dañarlo. Era el mejor método. Por supuesto, los modales carecían en el ya no enmascarado. Su rostro ahora, bajo la escasa iluminación que permitía la habitación, podía seguir viendo las cicatrices de su rostro, unas que claramente contaban historias muy serias sin hablar. No le tomó importancia, estaba acostumbrado y, teniendo en cuenta que todavía no lo conocía, era normal que estuviera alerta y no tuviera un poco de tacto.
Sus ojos lo analizaron, estudiándolo, viendo cómo ahora que había hecho entrega de las armas las observaba detenidamente. Lo supo; había captado su atención. No supo de la pistola, pero sí que parecía saber algo más que él. Quizás solo estuviera pensando en otra forma de uso. Por un momento llegó a creer que el valor que tenían era nulo... hasta que claramente hubo palabras, palabras que eran muy serias. No conocía que el peligro fuera TAN elevado, sabía que podrían serlo, por supuesto, también que eran de un valor sumamente elevado, pero no el calibre que poseían. Eso despertó incluso más su propio interés. Sus labios esbozaron una sonrisa de oreja a oreja, estaba comenzando a llegar a él como había querido.
Sus brazos se elevaron, cruzándose entre su pecho, cubriendo mejor la zona descubierta con la que se había presentado frente a él y, una vez más, tratando de no ser descarado. —Como le he dicho, son obsequios a cambio del favor que le pedí. Sé que conoce bien esta línea de trabajo, y estoy seguro de que alguien como usted, Jefe, tendrá más experiencia quizás que yo en este tipo de negocios. — El cigarrillo ahora reposaba en su diestra, entre el índice y corazón, por el brazo que estaba en el exterior. Lo observó a él, luego al arma. —Podría decirle de dónde lo saqué, por supuesto, pero dígame, ¿eso garantiza que me acepte trabajar con usted? ¿Siquiera poder conseguir su confianza por mínimo que sea? — El tono de su voz se volvió más pausado, firme y seguro. No trató de corregir el hecho de que lo llamara con otro nombre, incluso si se había presentado de nuevo antes de entrar. Se había habituado a ello, igual que lo había hecho en su momento con Hyákinthos.
Aprovecharía el hecho de que, al menos de forma aparente, no parecía recordar que él mismo le había entregado esos cuerpos, o quizás ni siquiera había prestado atención a las armas que poseían. Mejor así. —Fue en dos cuerpos. Esa arma concretamente en la de un Mink que era seriamente peligroso. No creo que sea necesario dar detalles de cómo murieron. — No es que los hubiera matado él y, aunque hubiera querido, no hubiera siquiera podido. Esa emboscada inesperada de aquel aluvión de Marines y dos cazadores era algo imposible de escapar. —Nadie más las ha tocado desde que las tengo y, como ve, se las estoy entregando a usted. No pido Berries, no pido poder, solo que me de una oportunidad, que me deje unirme a usted, trabajar para usted y demostrarle las capacidades que poseo hasta que consiga confiar plenamente en mí. — Estiró el cigarrillo, ofreciéndoselo de forma amistosa. —¿Qué me dice, Jefe? Estoy seguro de que esas armas en las manos equivocadas podrían resultar seriamente peligrosas, quizás destruir más de lo que creamos usted y yo, pero sé que con usted estará en buenas manos. Es más fuerte que yo, más poderoso que yo y estoy seguro de que, o bien podría destruirlas para evitar el peligro o custodiarlas con una seguridad mucho mayor. La elección es suya.
Sus ojos lo analizaron, estudiándolo, viendo cómo ahora que había hecho entrega de las armas las observaba detenidamente. Lo supo; había captado su atención. No supo de la pistola, pero sí que parecía saber algo más que él. Quizás solo estuviera pensando en otra forma de uso. Por un momento llegó a creer que el valor que tenían era nulo... hasta que claramente hubo palabras, palabras que eran muy serias. No conocía que el peligro fuera TAN elevado, sabía que podrían serlo, por supuesto, también que eran de un valor sumamente elevado, pero no el calibre que poseían. Eso despertó incluso más su propio interés. Sus labios esbozaron una sonrisa de oreja a oreja, estaba comenzando a llegar a él como había querido.
—Jefe, no quiero faltarle al respeto, pero todavía no ha respodido a lo que le he dicho.
Sus brazos se elevaron, cruzándose entre su pecho, cubriendo mejor la zona descubierta con la que se había presentado frente a él y, una vez más, tratando de no ser descarado. —Como le he dicho, son obsequios a cambio del favor que le pedí. Sé que conoce bien esta línea de trabajo, y estoy seguro de que alguien como usted, Jefe, tendrá más experiencia quizás que yo en este tipo de negocios. — El cigarrillo ahora reposaba en su diestra, entre el índice y corazón, por el brazo que estaba en el exterior. Lo observó a él, luego al arma. —Podría decirle de dónde lo saqué, por supuesto, pero dígame, ¿eso garantiza que me acepte trabajar con usted? ¿Siquiera poder conseguir su confianza por mínimo que sea? — El tono de su voz se volvió más pausado, firme y seguro. No trató de corregir el hecho de que lo llamara con otro nombre, incluso si se había presentado de nuevo antes de entrar. Se había habituado a ello, igual que lo había hecho en su momento con Hyákinthos.
—Aún así, como le dije, quiero que confíe en mí, así que le diré dónde lo encontré.
Aprovecharía el hecho de que, al menos de forma aparente, no parecía recordar que él mismo le había entregado esos cuerpos, o quizás ni siquiera había prestado atención a las armas que poseían. Mejor así. —Fue en dos cuerpos. Esa arma concretamente en la de un Mink que era seriamente peligroso. No creo que sea necesario dar detalles de cómo murieron. — No es que los hubiera matado él y, aunque hubiera querido, no hubiera siquiera podido. Esa emboscada inesperada de aquel aluvión de Marines y dos cazadores era algo imposible de escapar. —Nadie más las ha tocado desde que las tengo y, como ve, se las estoy entregando a usted. No pido Berries, no pido poder, solo que me de una oportunidad, que me deje unirme a usted, trabajar para usted y demostrarle las capacidades que poseo hasta que consiga confiar plenamente en mí. — Estiró el cigarrillo, ofreciéndoselo de forma amistosa. —¿Qué me dice, Jefe? Estoy seguro de que esas armas en las manos equivocadas podrían resultar seriamente peligrosas, quizás destruir más de lo que creamos usted y yo, pero sé que con usted estará en buenas manos. Es más fuerte que yo, más poderoso que yo y estoy seguro de que, o bien podría destruirlas para evitar el peligro o custodiarlas con una seguridad mucho mayor. La elección es suya.
Cajita de Tabaco
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