07-02-2026, 02:38 PM
Su mirada se perdía entre los lentos pero hipnotizantes movimientos de la cortina, quizá deseando no ver a nadie allí dentro al que tener que amenazar, fluyendo con el viento, como una llamada, desvirtuándose de su presente actual. Por un momento pensó en su pasado, en el vacío, en aquellos solitarios días en los que se pasaba en el navío, mirando a través de un pequeño recuadro. La única ventana que tenía para saborear aquella libertad que ahora, entre muchas comillas, tenía. ¿Y qué estaba haciendo con ella? Nada.
No tenía un propósito más allá de lo banal, no tenía aquel móvil que podía haber visto entre aquellas mismas calles. Un puestecito con un hombre anciano, pero más vivo que él mismo, vendiendo enseres a un ritmo alarmante, casi con una sonrisa que irradiaba su propia felicidad. Aquel día le iría bien, había ganado mucho dinero, probablemente el suficiente como para alimentar bien a su familia durante la semana. Alek quería aquello, no ser feliz pues aquello lo veía imposible al sentirse vacío, si no un propósito que lo obligue a moverse. El viento mecía su blanca cabellera, las plumas de sus alas silbaban ligeramente con la brisa que las acariciaba cuando algo lo sacó de su trance. ¿Había sido descubierto? No había hecho nada.
Aún.
Su cabeza, desde su imponente altura, rotó hacia un lado, dejando que sus ojos hiciesen el resto del trabajo desplazándose hasta el límite donde le permitía ver, el rabillo de su ojo. Un hombre de pelo azabache, allí plantado mirando, como si supiera lo que quería hacer o como si lo estaba juzgando, aquello lo molestaba de alguna forma. Sus ojos corrieron al ver un movimiento alarmante, la mano ajeno se apoyaba sobre el arma. Alek lo imitó, con una calma inusitada y ladeó su cuerpo, direccionándolo con un simple paso, con una presencia calma pero que proyectaba que estaba listo. - ... - Dejó una ligera pausa antes de dejar salir un hilo de voz calmo. - ¿Nos conocemos... tres palmos? - Hacía alusión a su altura, ridícula ante la suya, después de hacer un rápido escaneo.
Alguien se asomó por la ventana y vería a ambos hombres, encarándose el uno con el otro, hablando mientras ambos posaban las manos sobre sus armas y carraspeó, con eso hacía evidente su presencia. El peliblanco volvió la mirada a la ventana, clavando sus orbes negros sobre aquel hombre que los observaba a ambos. Su rostro no cambió, pero en su interior se sentía molesto; por otra parte se sentía aliviado de no haber entrado y haber tenido que manchar su katana de sangre ajena. Alek levantó su palma hacia el propietario, en señal de disculpa, y se acercó a su interlocutor solo para susurrarle. - Me debes una, por fastidiarme la incursión - No parecía marine, ¿verdad? No iba con su típico uniforme. - ¿O prefieres una charla menos amistosa? - Una amenaza con la calma de un mar sin movimiento.
No tenía un propósito más allá de lo banal, no tenía aquel móvil que podía haber visto entre aquellas mismas calles. Un puestecito con un hombre anciano, pero más vivo que él mismo, vendiendo enseres a un ritmo alarmante, casi con una sonrisa que irradiaba su propia felicidad. Aquel día le iría bien, había ganado mucho dinero, probablemente el suficiente como para alimentar bien a su familia durante la semana. Alek quería aquello, no ser feliz pues aquello lo veía imposible al sentirse vacío, si no un propósito que lo obligue a moverse. El viento mecía su blanca cabellera, las plumas de sus alas silbaban ligeramente con la brisa que las acariciaba cuando algo lo sacó de su trance. ¿Había sido descubierto? No había hecho nada.
Aún.
Su cabeza, desde su imponente altura, rotó hacia un lado, dejando que sus ojos hiciesen el resto del trabajo desplazándose hasta el límite donde le permitía ver, el rabillo de su ojo. Un hombre de pelo azabache, allí plantado mirando, como si supiera lo que quería hacer o como si lo estaba juzgando, aquello lo molestaba de alguna forma. Sus ojos corrieron al ver un movimiento alarmante, la mano ajeno se apoyaba sobre el arma. Alek lo imitó, con una calma inusitada y ladeó su cuerpo, direccionándolo con un simple paso, con una presencia calma pero que proyectaba que estaba listo. - ... - Dejó una ligera pausa antes de dejar salir un hilo de voz calmo. - ¿Nos conocemos... tres palmos? - Hacía alusión a su altura, ridícula ante la suya, después de hacer un rápido escaneo.
Alguien se asomó por la ventana y vería a ambos hombres, encarándose el uno con el otro, hablando mientras ambos posaban las manos sobre sus armas y carraspeó, con eso hacía evidente su presencia. El peliblanco volvió la mirada a la ventana, clavando sus orbes negros sobre aquel hombre que los observaba a ambos. Su rostro no cambió, pero en su interior se sentía molesto; por otra parte se sentía aliviado de no haber entrado y haber tenido que manchar su katana de sangre ajena. Alek levantó su palma hacia el propietario, en señal de disculpa, y se acercó a su interlocutor solo para susurrarle. - Me debes una, por fastidiarme la incursión - No parecía marine, ¿verdad? No iba con su típico uniforme. - ¿O prefieres una charla menos amistosa? - Una amenaza con la calma de un mar sin movimiento.
