07-02-2026, 06:42 PM
Stroud no retrocedió ante la nube de insectos que se abalanzó sobre él. Cuando algo como aquello ocurría, había dos opciones: entrar en pánico y empezar a aletear como un pollo o continuar con toda la calma que se pudiese; él optó por lo segundo. Llevaba lo suficiente en Little Garden como para estar más o menos familiarizado con el comportamiento de la encantadora fauna local, y sabía que enfurecerlos podía ser mucho peor que la alternativa. Cuando los dichosos insectos se alejaron, revisó su piel y las picaduras, asegurándose de que el destrozo no hubiera sido nada demasiado significativo. En silencio, limpiándose una gota de sudor, hizo un ademán a los demás miembros de la División para que no se preocupasen: la marcha continuaba. Mantuvo el ritmo y prosiguió avanzando, sus ojos grises ahora más atentos a sus alrededores que antes, sin perder detalle de nada que pudiese moverse en su entorno. Confiaba los flancos y la retaguardia plenamente a sus compañeros. Tuvo una idea para evitar que aquello ocurriese de nuevo; en cuanto se detuviesen podría intentarlo.
Durante el trayecto, se llegó a detener durante algunos instantes a examinar algunas de las plantas más llamativas que crecían a los lados del asalvajado camino. Su moderada formación en cuestiones de flora y fauna delataba su inesperada inquietud por estas cuestiones, y su pasión por conocer, sondear y documentar lugares nuevos. No tocó absolutamente nada, claro; sabía lo suficiente, y era lo suficientemente prudente, como para saber que no era buena idea. Había visto las reacciones de otras plantas de la isla al ser rozadas por animales, y a menudo los resultados no era excesivamente deseables. Algunas podían soltar espantosas esporas, gruesas como botones, y otras podían segregar horripilantes venenos. Abundaban las plantas sin documentar, de las cuales hablaban pocos o ningún libro en todo el mundo, y que a menudo solo uno o dos pares de ojos humanos habían contemplado a lo largo de toda la historia. Las condiciones prehistóricas e intocables de la isla, que parecía resistirse por sí misma a la idea de civilización, habían dado lugar a ejemplares absolutamente impensables en cualquier otra isla, con las consecuencias que aquello implicaba, y Stroud era consciente de ello. Haciendo lo posible por no retrasar la marcha, tomó algunas notas respecto a lo que veía y continuó apresuradamente, esforzándose en no perturbar el ritmo general de la formación al completo.
Sus ojos grises, entornados bajo la luz que se filtraba a través de los árboles, también se detuvieron momentáneamente en los restos de animales con que se iban cruzando, sus cuerpos cubiertos de misteriosas manchas moradas que se extendían por su piel. Su mente lo iba procesando todo, intentando sacar conclusiones a toda velocidad, a medida que avanzaban por el sendero. No hizo comentario alguno; se lo fue guardando todo, rumiando sus conclusiones.
En el momento en que llegaron al claro, Stroud hizo una señal muda con el brazo, ordenando la detención de la formación, y luego extendió la mano hacia su frente, indicando que eran libres de comenzar a explorar el lugar. El hallazgo era prometedor, pero no debían precipitarse. Tras echar un vistazo a su alrededor, se apresuró a sentarse sobre una de las rocas más alejadas del lago, sin adentrarse demasiado en el propio claro aún. Con meticulosidad, colocó su mochila sobre el suelo y sacó una botella de agua, dando un trago mientras contemplaba el lugar en silencio. Hizo una señal a Bertram para que se acercase, volviendo a poner el preciado líquido a salvo dentro de la bolsa. "Todos esos animales muertos... ¿Alguna vez habías visto algo así?," inquirió, dando por hecho que al cazador no se le habría escapado nada de aquello, naturalmente. "Hubiera sospechado de algún tipo de depredador, pero manchas como esas... Me hacen pensar en alguna enfermedad, o en algún veneno. Quién sabe, con esta dichosa isla," añadió con cierta frustración. "Si es una enfermedad, el vector de contagio podría ser precisamente... el agua," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia la superficie del lago, cuyas aguas parecían casi estancadas. Había algo sobre aquel lago, o laguna, o estanque, o lo que fuese, que le resultaba inquietante. "Y si es veneno, también, si es que no han sido las plantas," afirmó. No tenía demasiado sentido que todas las plantas fuesen tan increíblemente venenosas; eso iría contra su estrategia de supervivencia y reproducción. Las plantas, por muchos mecanismos de defensa que tuviesen, necesitaban de animales que trasladasen sus semillas de un lado a otro y las asistiesen en su proceso de extensión por el territorio. "Que ninguno toque el agua, siquiera. Si tenéis que beber, hacedlo de la que hayáis traído, o no bebáis en absoluto," ordenó con firmeza. "De hecho, diría que no os acercaseis mucho si podéis evitarlo," añadió, volviendo a abrir su mochila y rebuscando entre sus pertenencias. Las picaduras sufridas minutos atrás apenas le molestaban ya, pero sería importante evitar males mayores.
Extrajo una bolsita con hojas de tabaco, todas comprimidas, de la veriedad Red Peak Blend. Un souvenir de Whisky Peak, claro. Pese a que no solía fumar, todos los marineros eran conscientes de que el tabaco podía ser un excelente recurso en alta mar, sobre todo cuando se trataba de trueque, pero había un tercer uso que pocos conocían: era un excelente insecticida y repelente. Empleado de forma correcta, les evitaría, con suerte, algunas otras sorpresas desagradables con los insectos que poblaban la isla. "Todos, traed vuestras botellas de agua. Observad," ordenó, mientras sacaba el cacito de aluminio que solía llevar colgando de su mochila. Puso varias hojas de tabaco en el fondo, y echó un chorro de agua. A continuación, sirviéndose simplemente de una pequeña roca, machacó el contenido del cazo hasta formar una suerte de pasta. Tendió a sus compañeros sendos puñados de hojitas de tabaco. "Con un poco de suerte, evitará que acabéis como yo," dijo, tomando un poco de la pasta que había formado con los dedos y extendiéndosela cuidadosamente por zonas como el cuello o la frente. La dichosa pasta olía regular, como cuando había dejado la pipa sin lavar, pero era lo que había. "Las hojas tienen algo que a los insectos no les gusta un pelo, así que nos molestarán menos," explicó, tendiendo el cazo de aluminio, en que aún quedaba un poco, al resto. "Haced lo mismo todos. Incluido tú, Kibai," aclaró, alzando una ceja.
Se levantó con pesadez, volviendo a guardar sus enseres en la mochila, mientras esperaba a que los demás siguiesen sus pautas. "Creo que será buena idea no detenernos demasiado aquí. Si el agua es mala, no tenemos motivos para permanecer en este lugar. Si es buena, no tardarán en venir más animales y a saber qué más a beber, así que en marcha," afirmó, haciendo un gesto hacia el camino que parecía salir del mismo claro. Se aproximó al lugar, examinando el suelo, comprobando que estaba visiblemente más transitado que el lugar por el que habían venido, si bien de vez en cuando miraba atrás con suspicacia, hacia el lago que dejaban a sus seis. Su olfato le hacía presentir que podían encontrarse alguna sorpresa desagradable. "Moja, Kibai, reporte preliminar del camino, por favor. ¿Qué veis?," inquirió. "Puede que aquí sí haya sorpresas, por lo que vamos a mantener un perfil especialmente bajo. En lugar de transitar por el propio sendero, lo recorreremos en paralelo; Bertram y Kibai, vosotros avanzaréis por la izquierda del camino, sin alejaros en ningún momento más de unos diez metros. Moja y yo iremos por la derecha. Esto nos permitirá sortear cualquier amenaza que haya en el sendero, o emboscarla desde los flancos, como prefiramos. ¿Todo claro?," dijo, disponiéndose a liderar la formación.
Durante el trayecto, se llegó a detener durante algunos instantes a examinar algunas de las plantas más llamativas que crecían a los lados del asalvajado camino. Su moderada formación en cuestiones de flora y fauna delataba su inesperada inquietud por estas cuestiones, y su pasión por conocer, sondear y documentar lugares nuevos. No tocó absolutamente nada, claro; sabía lo suficiente, y era lo suficientemente prudente, como para saber que no era buena idea. Había visto las reacciones de otras plantas de la isla al ser rozadas por animales, y a menudo los resultados no era excesivamente deseables. Algunas podían soltar espantosas esporas, gruesas como botones, y otras podían segregar horripilantes venenos. Abundaban las plantas sin documentar, de las cuales hablaban pocos o ningún libro en todo el mundo, y que a menudo solo uno o dos pares de ojos humanos habían contemplado a lo largo de toda la historia. Las condiciones prehistóricas e intocables de la isla, que parecía resistirse por sí misma a la idea de civilización, habían dado lugar a ejemplares absolutamente impensables en cualquier otra isla, con las consecuencias que aquello implicaba, y Stroud era consciente de ello. Haciendo lo posible por no retrasar la marcha, tomó algunas notas respecto a lo que veía y continuó apresuradamente, esforzándose en no perturbar el ritmo general de la formación al completo.
Sus ojos grises, entornados bajo la luz que se filtraba a través de los árboles, también se detuvieron momentáneamente en los restos de animales con que se iban cruzando, sus cuerpos cubiertos de misteriosas manchas moradas que se extendían por su piel. Su mente lo iba procesando todo, intentando sacar conclusiones a toda velocidad, a medida que avanzaban por el sendero. No hizo comentario alguno; se lo fue guardando todo, rumiando sus conclusiones.
En el momento en que llegaron al claro, Stroud hizo una señal muda con el brazo, ordenando la detención de la formación, y luego extendió la mano hacia su frente, indicando que eran libres de comenzar a explorar el lugar. El hallazgo era prometedor, pero no debían precipitarse. Tras echar un vistazo a su alrededor, se apresuró a sentarse sobre una de las rocas más alejadas del lago, sin adentrarse demasiado en el propio claro aún. Con meticulosidad, colocó su mochila sobre el suelo y sacó una botella de agua, dando un trago mientras contemplaba el lugar en silencio. Hizo una señal a Bertram para que se acercase, volviendo a poner el preciado líquido a salvo dentro de la bolsa. "Todos esos animales muertos... ¿Alguna vez habías visto algo así?," inquirió, dando por hecho que al cazador no se le habría escapado nada de aquello, naturalmente. "Hubiera sospechado de algún tipo de depredador, pero manchas como esas... Me hacen pensar en alguna enfermedad, o en algún veneno. Quién sabe, con esta dichosa isla," añadió con cierta frustración. "Si es una enfermedad, el vector de contagio podría ser precisamente... el agua," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia la superficie del lago, cuyas aguas parecían casi estancadas. Había algo sobre aquel lago, o laguna, o estanque, o lo que fuese, que le resultaba inquietante. "Y si es veneno, también, si es que no han sido las plantas," afirmó. No tenía demasiado sentido que todas las plantas fuesen tan increíblemente venenosas; eso iría contra su estrategia de supervivencia y reproducción. Las plantas, por muchos mecanismos de defensa que tuviesen, necesitaban de animales que trasladasen sus semillas de un lado a otro y las asistiesen en su proceso de extensión por el territorio. "Que ninguno toque el agua, siquiera. Si tenéis que beber, hacedlo de la que hayáis traído, o no bebáis en absoluto," ordenó con firmeza. "De hecho, diría que no os acercaseis mucho si podéis evitarlo," añadió, volviendo a abrir su mochila y rebuscando entre sus pertenencias. Las picaduras sufridas minutos atrás apenas le molestaban ya, pero sería importante evitar males mayores.
Extrajo una bolsita con hojas de tabaco, todas comprimidas, de la veriedad Red Peak Blend. Un souvenir de Whisky Peak, claro. Pese a que no solía fumar, todos los marineros eran conscientes de que el tabaco podía ser un excelente recurso en alta mar, sobre todo cuando se trataba de trueque, pero había un tercer uso que pocos conocían: era un excelente insecticida y repelente. Empleado de forma correcta, les evitaría, con suerte, algunas otras sorpresas desagradables con los insectos que poblaban la isla. "Todos, traed vuestras botellas de agua. Observad," ordenó, mientras sacaba el cacito de aluminio que solía llevar colgando de su mochila. Puso varias hojas de tabaco en el fondo, y echó un chorro de agua. A continuación, sirviéndose simplemente de una pequeña roca, machacó el contenido del cazo hasta formar una suerte de pasta. Tendió a sus compañeros sendos puñados de hojitas de tabaco. "Con un poco de suerte, evitará que acabéis como yo," dijo, tomando un poco de la pasta que había formado con los dedos y extendiéndosela cuidadosamente por zonas como el cuello o la frente. La dichosa pasta olía regular, como cuando había dejado la pipa sin lavar, pero era lo que había. "Las hojas tienen algo que a los insectos no les gusta un pelo, así que nos molestarán menos," explicó, tendiendo el cazo de aluminio, en que aún quedaba un poco, al resto. "Haced lo mismo todos. Incluido tú, Kibai," aclaró, alzando una ceja.
Se levantó con pesadez, volviendo a guardar sus enseres en la mochila, mientras esperaba a que los demás siguiesen sus pautas. "Creo que será buena idea no detenernos demasiado aquí. Si el agua es mala, no tenemos motivos para permanecer en este lugar. Si es buena, no tardarán en venir más animales y a saber qué más a beber, así que en marcha," afirmó, haciendo un gesto hacia el camino que parecía salir del mismo claro. Se aproximó al lugar, examinando el suelo, comprobando que estaba visiblemente más transitado que el lugar por el que habían venido, si bien de vez en cuando miraba atrás con suspicacia, hacia el lago que dejaban a sus seis. Su olfato le hacía presentir que podían encontrarse alguna sorpresa desagradable. "Moja, Kibai, reporte preliminar del camino, por favor. ¿Qué veis?," inquirió. "Puede que aquí sí haya sorpresas, por lo que vamos a mantener un perfil especialmente bajo. En lugar de transitar por el propio sendero, lo recorreremos en paralelo; Bertram y Kibai, vosotros avanzaréis por la izquierda del camino, sin alejaros en ningún momento más de unos diez metros. Moja y yo iremos por la derecha. Esto nos permitirá sortear cualquier amenaza que haya en el sendero, o emboscarla desde los flancos, como prefiramos. ¿Todo claro?," dijo, disponiéndose a liderar la formación.
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