08-02-2026, 04:45 AM
(Última modificación: 11-02-2026, 07:12 PM por Tobias Murray.)
Los Piratas De La Mano Vacía parecían colapsados por la compleja situación. Tras el avistamiento de aquel cochambroso barco, la arrolladora estampida y, por un lado, la curiosa pareja de visitantes, y por el otro, el rumor de lo que parecía una multitud sincronizada en la lejanía, se había generado tal tensión en aquellos tres variopintos compañeros, que parecían desorientados, incapaces de decidir el siguiente paso. Se limitaron a esperar a ver que acontecía, cautos, pacientes. En general, actuar sin pensar suele ser contraproducente, pero no actuar también puede ser peligroso. Eso sí, mejor no hacer nada si no se tiene un plan, el cual nadie parecía estar buscando. El cielo cada vez estaba más encapotado, cargando de humedad el ambiente, la cual podía olerse, pero aquellas grises nubes no se atrevían a soltar ni una sola gota de agua. La isla parecía dormida, solo los intrusos alteraban la peculiar y atípica calma del lugar. Parecía que el entorno se estaba limitando a hacer de espectador para aquella esporádica obra de teatro que solo haría un pase, un acontecimiento único, como todos los del mundo real.
Para Han, la espera se estaba haciendo eterna. Estando solo, el tiempo parecía más relajado de lo habitual. Aún así los segundos pasaban y aquellos acompasados y firmes pasos, seguían aumentando el volumen, incorporándose también al canto militar, lo que parecían machetazos sobre la vegetación. Para suerte del muchacho, tras un minuto siguiendo el movimiento de aquel concierto bien ensayado, no parecía que fuera a su encuentro, suerte que no fue capaz de gozar por su impaciencia. Estaba demasiado nervioso como para asimilar que aquel jaleo estaba bastante lejos de él, a casi cien metros, a punto de entrar al claro casi por el lado opuesto al que Han había aterrizado minutos atrás. Si el circular claro de cien metros de diámetro fuese la esfera de un reloj, el pirata habría aterrizado a las cuatro y la multitud iba a acceder al descampado entre las ocho y las nueve, siendo las doce el norte. No tener a sus compañeros cerca lo estaba martirizando. Desde su escondite, podía ver el claro desierto, también el camino que había dejado la estampida, por el que esperaba ver aparecer a sus amigos. La impaciencia lo forzó a volver a coger su Den Den Mushi.
A casi quinientos metros al sureste del escondite de Han, su par de compañeros contemplaban cautos desde las alturas, ocultos en el centro una densa esfera parcial de helada niebla, a la pareja que había invadido su escenario pocos minutos atrás. Belty había calentado ya el agua y echado en esta unas hierbas mientras todavía hervía. Nalgarejo seguía tumbado con el vientre contra el suelo mientras estiraba hacia atrás su espalda, tensando sus abdominales. El dolor no iba a abandonarlo, de momento. Pasados un par de minutos, la joven de cabellos azulados sirvió la infusión en un bote negro con un rayo dibuado, lo tapó y se lo entregó a su compañero. – Espera a que se enfríe, las proteínas están hirviendo todavía. – Hacía bien es advertirle, la obsesión que tenía Máximo con cualquier cosa que estuviera inflada con proteínas era tal, que hubiera sido capaz de engullir directamente aquel recipiente. Aún habiendo escuchado el consejo de Belty, el gyojin asió sin dudar el bote, lo destapó y engulló su contenido de un trago. Por suerte para el temerario culturista, la gélida niebla que los rodeaba enfrió bastante rápido el brebaje, lo suficiente para no escaldar su estómago. – No hay nada mejor que un buen batido de proteínas para recomponerse. ¡Qué maravilla! – Nalgarejo dio un salto con jolgorio, poniendo a prueba sus abdominales. Seguía creyendo que su lesión residía ahí. Realizó varios estiramientos muy dinámicos y trotó un poco en círculos. – ¡Estoy al cien por cien! El milagro de las proteínas. Vamos o nos caerá una buena. – Tanto Belty como Nalgarejo se disponían a cargar de nuevo esas desproporcionadas mochilas. – No solo hemos escogido el camino largo, además teníamos que llevar todo el equipamiento del escuadrón… La próxima vez te meteré esa bocaza tuya en tu prop… – Un característico y muy reconocible sonido interrumpió la frase de la muchacha. – Puru puru puru… – Ambos se miraron asustados. – Mierda… El pesado del Teniente. Han debido llegar al lugar. – Sus gestos fueron idénticos, tratando de alcanzar sus respectivos Den Den Mushi, para darse cuenta al segundo que ninguno de los dos estaba sonando. – ¡Gatcha! – Sonó tenue pero claro, por encima de su mirada, en dirección hacia el camino que debían recorrer.
Nalgarejo lanzó su brazo derecho hacia atrás, extendiendo solo los dedos índice y corazón. Acto seguido, dio dos veloces zancadas al frente, comenzó a girar su tronco en sentido antihorario dibujando un semicírculo con su mano y se detuvo en seco, apuntando con ambos dedos hacia el corazón de esa fría neblina. El sudor de su cuerpo se canalizó sobre su piel, reuniendo la cantidad suficiente para formar un proyectil ligero que salió disparado a gran velocidad, guiado por el improvisado cañón. – ¡Uchimizu! – Aquel pequeño cúmulo de agua avanzó sin impedimentos hasta desvanecerse a escasos centímetros del pecho de Zhang. La columna de viento que arrastró aquella bala líquida, creó un túnel en la niebla conectando las miradas del mink y el gyojin. – Me falta velocidad… ¡Malditos sensuales y voluminosos músculos! – Su lamento fue opacado por su narcisismo. – ¿Quién eres y qué haces en esta isla? ¿Nos estabas espiando, caballo lanudo? – Nalgarejo irguió su cuerpo sin dejar de apuntar a Zhang con sus dedos. Belty adoptó una posición defensiva, sin mediar palabra, sin moverse de su posición. La tensión se había partido.
Han pudo escuchar la respuesta de su compañera Alana, así como dejó de escuchar los pasos de aquella multitud. Habían llegado al claro, pero no alcanzaba a verlos, solo a escuchar los gritos de un hombre. Parecía enfadado, pero el mensaje era inteligible para el muchacho de larga y oscura melena.
Para Han, la espera se estaba haciendo eterna. Estando solo, el tiempo parecía más relajado de lo habitual. Aún así los segundos pasaban y aquellos acompasados y firmes pasos, seguían aumentando el volumen, incorporándose también al canto militar, lo que parecían machetazos sobre la vegetación. Para suerte del muchacho, tras un minuto siguiendo el movimiento de aquel concierto bien ensayado, no parecía que fuera a su encuentro, suerte que no fue capaz de gozar por su impaciencia. Estaba demasiado nervioso como para asimilar que aquel jaleo estaba bastante lejos de él, a casi cien metros, a punto de entrar al claro casi por el lado opuesto al que Han había aterrizado minutos atrás. Si el circular claro de cien metros de diámetro fuese la esfera de un reloj, el pirata habría aterrizado a las cuatro y la multitud iba a acceder al descampado entre las ocho y las nueve, siendo las doce el norte. No tener a sus compañeros cerca lo estaba martirizando. Desde su escondite, podía ver el claro desierto, también el camino que había dejado la estampida, por el que esperaba ver aparecer a sus amigos. La impaciencia lo forzó a volver a coger su Den Den Mushi.
A casi quinientos metros al sureste del escondite de Han, su par de compañeros contemplaban cautos desde las alturas, ocultos en el centro una densa esfera parcial de helada niebla, a la pareja que había invadido su escenario pocos minutos atrás. Belty había calentado ya el agua y echado en esta unas hierbas mientras todavía hervía. Nalgarejo seguía tumbado con el vientre contra el suelo mientras estiraba hacia atrás su espalda, tensando sus abdominales. El dolor no iba a abandonarlo, de momento. Pasados un par de minutos, la joven de cabellos azulados sirvió la infusión en un bote negro con un rayo dibuado, lo tapó y se lo entregó a su compañero. – Espera a que se enfríe, las proteínas están hirviendo todavía. – Hacía bien es advertirle, la obsesión que tenía Máximo con cualquier cosa que estuviera inflada con proteínas era tal, que hubiera sido capaz de engullir directamente aquel recipiente. Aún habiendo escuchado el consejo de Belty, el gyojin asió sin dudar el bote, lo destapó y engulló su contenido de un trago. Por suerte para el temerario culturista, la gélida niebla que los rodeaba enfrió bastante rápido el brebaje, lo suficiente para no escaldar su estómago. – No hay nada mejor que un buen batido de proteínas para recomponerse. ¡Qué maravilla! – Nalgarejo dio un salto con jolgorio, poniendo a prueba sus abdominales. Seguía creyendo que su lesión residía ahí. Realizó varios estiramientos muy dinámicos y trotó un poco en círculos. – ¡Estoy al cien por cien! El milagro de las proteínas. Vamos o nos caerá una buena. – Tanto Belty como Nalgarejo se disponían a cargar de nuevo esas desproporcionadas mochilas. – No solo hemos escogido el camino largo, además teníamos que llevar todo el equipamiento del escuadrón… La próxima vez te meteré esa bocaza tuya en tu prop… – Un característico y muy reconocible sonido interrumpió la frase de la muchacha. – Puru puru puru… – Ambos se miraron asustados. – Mierda… El pesado del Teniente. Han debido llegar al lugar. – Sus gestos fueron idénticos, tratando de alcanzar sus respectivos Den Den Mushi, para darse cuenta al segundo que ninguno de los dos estaba sonando. – ¡Gatcha! – Sonó tenue pero claro, por encima de su mirada, en dirección hacia el camino que debían recorrer.
Nalgarejo lanzó su brazo derecho hacia atrás, extendiendo solo los dedos índice y corazón. Acto seguido, dio dos veloces zancadas al frente, comenzó a girar su tronco en sentido antihorario dibujando un semicírculo con su mano y se detuvo en seco, apuntando con ambos dedos hacia el corazón de esa fría neblina. El sudor de su cuerpo se canalizó sobre su piel, reuniendo la cantidad suficiente para formar un proyectil ligero que salió disparado a gran velocidad, guiado por el improvisado cañón. – ¡Uchimizu! – Aquel pequeño cúmulo de agua avanzó sin impedimentos hasta desvanecerse a escasos centímetros del pecho de Zhang. La columna de viento que arrastró aquella bala líquida, creó un túnel en la niebla conectando las miradas del mink y el gyojin. – Me falta velocidad… ¡Malditos sensuales y voluminosos músculos! – Su lamento fue opacado por su narcisismo. – ¿Quién eres y qué haces en esta isla? ¿Nos estabas espiando, caballo lanudo? – Nalgarejo irguió su cuerpo sin dejar de apuntar a Zhang con sus dedos. Belty adoptó una posición defensiva, sin mediar palabra, sin moverse de su posición. La tensión se había partido.
Han pudo escuchar la respuesta de su compañera Alana, así como dejó de escuchar los pasos de aquella multitud. Habían llegado al claro, pero no alcanzaba a verlos, solo a escuchar los gritos de un hombre. Parecía enfadado, pero el mensaje era inteligible para el muchacho de larga y oscura melena.
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