09-02-2026, 12:03 PM
Una hora ha transcurrido desde que Owen y Gwen iniciaron su espectáculo en el centro del mercado de Nanohana. Durante este tiempo han atendido a diez personas, cada consulta durando aproximadamente cinco minutos. La generosidad natural de Gwen, su alma pura y su incapacidad para exigir pagos justos han resultado en ganancias mínimas. A los primeros clientes les cobró apenas unos pocos berrys. A medida que avanzaba la fila, sus precios continuaron siendo demasiado bajos, y al último cliente no le cobró absolutamente nada. El resultado es que apenas han recuperado el dinero que Owen gastó en las ropas locales, dejándolos prácticamente en el mismo punto financiero en que comenzaron. La fila original de veinte personas se ha reducido a la mitad. Diez personas continúan esperando su turno, algunas mostrando señales de impaciencia por el tiempo transcurrido bajo el sol del mediodía, otras conversando entre ellas para hacer más llevadera la espera. La temperatura sigue siendo brutal, 38 grados centígrados que castigan sin misericordia a quienes permanecen bajo la luz directa. Owen, consciente finalmente de la necesidad imperiosa de hidratarse, decide hacer una pausa en el espectáculo para ir en busca de agua. El pelirrojo se aleja del pequeño puesto improvisado, abriéndose paso entre los curiosos que aún rodean el espectáculo. Se dirige hacia uno de los puestos permanentes ubicado a unos 30 metros de distancia, donde un comerciante vende agua en odres de cuero y jarras de cerámica. Owen adquiere dos jarras grandes de agua fresca por un precio ridículamente bajo demostrando de nuevo sus grandes dotes de comerciante, y comienza su regreso hacia donde Gwen espera.
Durante su ausencia, un niño pequeño se acerca al puesto. Tiene aproximadamente seis años, tal vez menos, su rostro moreno está cubierto de polvo y sus ropas son harapos remendados múltiples veces. Sus pies descalzos están encallecidos por caminar sobre la arena caliente y las piedras del mercado. El niño se aproxima a Gwen con pasos tímidos, sus ojos grandes y oscuros la observan con una mezcla de admiración y seriedad. El pequeño se detiene frente a la silla donde Gwen permanece sentada y extiende una mano pequeña y sucia hacia ella. Su voz es aguda, infantil, cargada de una dulzura propia de su edad – “Eres un ángel” – dice el niño – “¿Puedo tocarte la cara? Nunca he visto un ángel de verdad.” – su mano se mueve lentamente hacia el rostro de Gwen, pero sus ojos están fijos en otra cosa. El collar de plata que rodea el cuello de la muchacha, con su gema azul brillando bajo la luz del sol, es el verdadero objetivo. La otra mano del niño, escondida parcialmente detrás de su cuerpo diminuto, se prepara para ejecutar el movimiento que probablemente ha practicado docenas de veces con otros visitantes desprevenidos del mercado. Pero Gwen se da cuenta. Sus sentidos, desarrollados más allá de lo normal por su condición, detectan la intención real del niño. En el momento exacto en que la pequeña mano se lanza hacia el collar con velocidad sorprendente para alguien de su tamaño, Gwen reacciona. Sus propios dedos capturan la muñeca del pequeño ladrón con firmeza pero sin lastimarlo, deteniendo el robo en el acto. El niño se congela por un instante, sus ojos se abren con shock al darse cuenta de que ha sido descubierto. La sorpresa rápidamente se transforma en pánico. Se retuerce intentando liberar su muñeca, y cuando Gwen lo suelta, el pequeño retrocede tambaleándose – “¡Perdón, perdón, perdón!” – grita el niño, su voz quebrándose en sollozos que pueden o no ser genuinos. Da media vuelta y corre entre las piernas de las personas que observan la escena, desapareciendo en cuestión de segundos entre la multitud del mercado, su pequeña figura perdiéndose en el laberinto de puestos y compradores.
El incidente atrae atención inmediata. Las personas en la fila comienzan a murmurar entre ellas, algunos expresando indignación por el intento de robo, otros comentando sobre la habilidad de Gwen para detectarlo. Los curiosos que rodeaban el espectáculo también reaccionan, el murmullo crece en volumen, y el alboroto general aumenta considerablemente. Algunos vendedores de puestos cercanos se acercan para ver qué ha ocurrido, añadiendo más voces al caos. Es este alboroto, sumado a la aglomeración que el espectáculo ha estado generando durante la última hora, lo que finalmente atrae la atención directa de la justicia. Dos marines que han estado observando el mercado desde la distancia se acercan con pasos firmes y decididos. El primero es un Teniente de aproximadamente sesenta años. Su rostro está curtido por décadas de servicio, arrugas profundas surcan su frente y las comisuras de sus ojos. Lleva el uniforme estándar de la Marina, pantalones blancos, camisa blanca de manga larga y las insignias de su rango claramente visibles su uniforme. Un sable cuelga de su cinturón del lado izquierdo, y sus botas negras están impecablemente limpias a pesar del polvo omnipresente del mercado. Su expresión es seria, profesional, la de alguien que ha visto demasiado como para sorprenderse por pequeños incidentes en un mercado. El segundo es un Contramaestre de aproximadamente treinta años. Es considerablemente más joven que su superior, su rostro muestra menos señas del tiempo pero igual determinación. Viste el mismo uniforme estándar, aunque su uniforme tiene las insignias correspondientes a su rango menor. Porta un rifle al hombro derecho, el arma sujeta con una correa de cuero, y también lleva un sable más pequeño en el cinturón. Ambos marines avanzan hacia el puesto donde Gwen permanece sentada. La multitud que rodeaba el espectáculo comienza a dispersarse inmediatamente. Las personas que observaban curiosas desde la distancia se alejan con prisa, dirigiéndose hacia otros sectores del mercado o simplemente alejándose de la presencia de la autoridad. Algunos de los que esperaban en la fila también se retiran, no deseando involucrarse en lo que sea que los marines vengan a investigar. En menos de treinta segundos, el semicírculo de curiosos se ha reducido a apenas una docena de personas que mantienen una distancia prudencial, y la fila de espera ha quedado en solo seis individuos que parecen tener asuntos genuinos o simplemente más valentía que los demás.
Owen regresa en ese preciso momento, las dos jarras de agua en sus manos. Su expresión cambia al ver a los marines aproximándose a su puesto. El Teniente llega primero, deteniéndose a un metro de distancia de la mesa improvisada. Su mirada recorre el puesto, observa a Gwen sentada en su silla, el taburete vacío frente a ella, la caja que sirve de tarima, y finalmente sus ojos se posan en Owen que acaba de llegar con el agua. El Teniente habla con voz clara y autoritaria, el tono de alguien acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamiento – “Buenas tardes. Hemos notado que han establecido un negocio en el mercado central de Nanohana. Necesito que presenten los documentos que confirman el pago de las tasas municipales requeridas para operar un puesto comercial en esta zona.” – el Contramaestre permanece ligeramente detrás y a la derecha de su superior, su mano descansando cerca del sable en su cinturón, sus ojos moviéndose entre Owen y Gwen con atención. El mercado continúa su actividad normal alrededor de ellos, pero un círculo invisible de aproximadamente 5 metros se ha formado alrededor del puesto, los transeúntes evitando acercarse demasiado a donde la Marina está realizando su investigación.
Durante su ausencia, un niño pequeño se acerca al puesto. Tiene aproximadamente seis años, tal vez menos, su rostro moreno está cubierto de polvo y sus ropas son harapos remendados múltiples veces. Sus pies descalzos están encallecidos por caminar sobre la arena caliente y las piedras del mercado. El niño se aproxima a Gwen con pasos tímidos, sus ojos grandes y oscuros la observan con una mezcla de admiración y seriedad. El pequeño se detiene frente a la silla donde Gwen permanece sentada y extiende una mano pequeña y sucia hacia ella. Su voz es aguda, infantil, cargada de una dulzura propia de su edad – “Eres un ángel” – dice el niño – “¿Puedo tocarte la cara? Nunca he visto un ángel de verdad.” – su mano se mueve lentamente hacia el rostro de Gwen, pero sus ojos están fijos en otra cosa. El collar de plata que rodea el cuello de la muchacha, con su gema azul brillando bajo la luz del sol, es el verdadero objetivo. La otra mano del niño, escondida parcialmente detrás de su cuerpo diminuto, se prepara para ejecutar el movimiento que probablemente ha practicado docenas de veces con otros visitantes desprevenidos del mercado. Pero Gwen se da cuenta. Sus sentidos, desarrollados más allá de lo normal por su condición, detectan la intención real del niño. En el momento exacto en que la pequeña mano se lanza hacia el collar con velocidad sorprendente para alguien de su tamaño, Gwen reacciona. Sus propios dedos capturan la muñeca del pequeño ladrón con firmeza pero sin lastimarlo, deteniendo el robo en el acto. El niño se congela por un instante, sus ojos se abren con shock al darse cuenta de que ha sido descubierto. La sorpresa rápidamente se transforma en pánico. Se retuerce intentando liberar su muñeca, y cuando Gwen lo suelta, el pequeño retrocede tambaleándose – “¡Perdón, perdón, perdón!” – grita el niño, su voz quebrándose en sollozos que pueden o no ser genuinos. Da media vuelta y corre entre las piernas de las personas que observan la escena, desapareciendo en cuestión de segundos entre la multitud del mercado, su pequeña figura perdiéndose en el laberinto de puestos y compradores.
El incidente atrae atención inmediata. Las personas en la fila comienzan a murmurar entre ellas, algunos expresando indignación por el intento de robo, otros comentando sobre la habilidad de Gwen para detectarlo. Los curiosos que rodeaban el espectáculo también reaccionan, el murmullo crece en volumen, y el alboroto general aumenta considerablemente. Algunos vendedores de puestos cercanos se acercan para ver qué ha ocurrido, añadiendo más voces al caos. Es este alboroto, sumado a la aglomeración que el espectáculo ha estado generando durante la última hora, lo que finalmente atrae la atención directa de la justicia. Dos marines que han estado observando el mercado desde la distancia se acercan con pasos firmes y decididos. El primero es un Teniente de aproximadamente sesenta años. Su rostro está curtido por décadas de servicio, arrugas profundas surcan su frente y las comisuras de sus ojos. Lleva el uniforme estándar de la Marina, pantalones blancos, camisa blanca de manga larga y las insignias de su rango claramente visibles su uniforme. Un sable cuelga de su cinturón del lado izquierdo, y sus botas negras están impecablemente limpias a pesar del polvo omnipresente del mercado. Su expresión es seria, profesional, la de alguien que ha visto demasiado como para sorprenderse por pequeños incidentes en un mercado. El segundo es un Contramaestre de aproximadamente treinta años. Es considerablemente más joven que su superior, su rostro muestra menos señas del tiempo pero igual determinación. Viste el mismo uniforme estándar, aunque su uniforme tiene las insignias correspondientes a su rango menor. Porta un rifle al hombro derecho, el arma sujeta con una correa de cuero, y también lleva un sable más pequeño en el cinturón. Ambos marines avanzan hacia el puesto donde Gwen permanece sentada. La multitud que rodeaba el espectáculo comienza a dispersarse inmediatamente. Las personas que observaban curiosas desde la distancia se alejan con prisa, dirigiéndose hacia otros sectores del mercado o simplemente alejándose de la presencia de la autoridad. Algunos de los que esperaban en la fila también se retiran, no deseando involucrarse en lo que sea que los marines vengan a investigar. En menos de treinta segundos, el semicírculo de curiosos se ha reducido a apenas una docena de personas que mantienen una distancia prudencial, y la fila de espera ha quedado en solo seis individuos que parecen tener asuntos genuinos o simplemente más valentía que los demás.
Owen regresa en ese preciso momento, las dos jarras de agua en sus manos. Su expresión cambia al ver a los marines aproximándose a su puesto. El Teniente llega primero, deteniéndose a un metro de distancia de la mesa improvisada. Su mirada recorre el puesto, observa a Gwen sentada en su silla, el taburete vacío frente a ella, la caja que sirve de tarima, y finalmente sus ojos se posan en Owen que acaba de llegar con el agua. El Teniente habla con voz clara y autoritaria, el tono de alguien acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamiento – “Buenas tardes. Hemos notado que han establecido un negocio en el mercado central de Nanohana. Necesito que presenten los documentos que confirman el pago de las tasas municipales requeridas para operar un puesto comercial en esta zona.” – el Contramaestre permanece ligeramente detrás y a la derecha de su superior, su mano descansando cerca del sable en su cinturón, sus ojos moviéndose entre Owen y Gwen con atención. El mercado continúa su actividad normal alrededor de ellos, pero un círculo invisible de aproximadamente 5 metros se ha formado alrededor del puesto, los transeúntes evitando acercarse demasiado a donde la Marina está realizando su investigación.
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