09-02-2026, 02:59 PM
(Última modificación: 09-02-2026, 11:47 PM por Max D. Bambú.
Razón: He agregado un par de detalles importantes, ya que posteé con algo de prisa por tener que irme al trabajo y los pasé por alto.
)
La sagaz Berry aguardó pacientemente hasta que el otro cazador, que en estos momentos casi pareciera la presa, se alejaba más y más de ella. Es posible que en el momento en el que Berry empezara a moverse, el guardaespaldas estuviera lo suficientemente lejos como para no poder detectar a la zorra inmediatamente. Al menos no hasta que la mink hiciera algún tipo de escandaloso ruido que lo alertase inmediatamente o cayese en la cuenta de que no había nadie en las cercanías del barco. La mink empezó a desplazarse sigilosamente por el techo hacia la puerta de la habitación, ahora abierta de par en par. Su velocidad de acción fue envidiable. En un instante aterrizó en el suelo y entró en la habitación a toda velocidad, dirigiéndose hace el que parecía el líder de la operación. Se trataba de un hombre de piel negra. Medía alrededor de dos metros sesenta y tenía músculos que sólo aparecían en el Mavid de Diguel Ángel. Llevaba unas gafas de sol oscuras que no dejaban ver sus ojos y su barba, aunque recortada, coloreaba de un color aún más oscuro su rostro.
La habitación era bastante grande. Fácilmente debía de medir unos 8 metros de ancho por 8 de largo con una altura de cuatro metros hasta el techo. En total unos 64 metros cuadrados para una pelea bastante cómoda entre personas de elevada altura. A la izquierda, dos ventanas que daban hacia la zona del astillero con las persianas levantadas. A la derecha, otras dos que daban hacia la zona de carga con las persianas bajadas. Por las ventanas de la izquierda, un tenue atisbo de la luz lunar se asomaba por el área de astilleros, que tenía una apertura considerable para dejar salir y entrar a los barcos que acudían allí. En previsión de que los delincuentes zarpasen con aquel barco, debían de haber dejado la entrada abierta.
En la habitación había dos personas más. A la derecha según entrabas, a unos cuatro metros de la puerta, yacía en el suelo en un charco de lo que parecía su propia sangre el Agente Lugio. Berry no le recordaba en absoluto, pero su aura era tan débil que si bien evidenciaba vida también significaba que estaba en las últimas. Al fondo de la habitación, a unos 8 metros de la puerta y detrás de una mesa de madera bastante bonita, había un hombre formando hecho una bola en el suelo. Era más bien corpulento y vestía elegantes ropas que ahora mismo estaban teñidas de sangre. Seguía vivo, aunque magullado en varias partes de su cuerpo y no se atrevía a moverse ya había recibido varios golpes y un disparo. El poseedor de la pistola con la que se efectuó este disparo, Don Bravo, contemplaba sin hacerle demasiado caso a la puerta y con una expresión de satisfacción una estatuilla de madera reluciente que sostenía entre sus dedos índice y pulgar protegidos por un pañuelo de seda. Sus palabras se perdieron en el nacimiento de su boca, puesto que un relámpago negro se abalanzó sobre él y envolvió su cuello con dos piernas en un agarre brutal del que un cierto skypiean nunca querría escaparse. No sólo el agarre alrededor del cuello le estaba cortando el oxígeno a Don Bravo, sino que una afilada garra se clavó en su boca para impedir que éste llamase a su guardaespaldas. Sus labios empezaron a sangrar por los cortes de la mink, pero no demasiado. Don Bravo estaba sorprendido. No podía respirar y eso le agobiaba, pero era una persona que había vivido demasiada violencia en su vida como para sentirse siquiera acobardado por la situación. Mientras la mink le decía algo incomprensible al dueño del astillero, una locura tal como que le apuñalase en el cuello, Don Bravo efectuó un rápido movimiento de muñeca y disparó a quemarropa al estómago de Berry. ¿De dónde había salido esta loca? ¿Y dónde estaba el inútil de Kazz? Le gustaría hablar para gritarle. Para insultarla. Para vilipendiarla con esa estruendosa voz que su madre le había dado. Pero entre las piernas de la seductora mink uno no podía hablar por más que quisiera.
Por su parte, el dueño del astillero no podía creerse lo que estaba viendo. Por un lado una mink había aparecido de la nada. Al parecer tenía intención de rescatarle, pero mientras le proponía el más loco de los planes, algo que nunca ejecutaría porque no quería tener las manos manchadas de sangre de una demente, recibió un disparo a quemarropa en el estómago. Paralizado por el miedo, el señor Gakashima se quedó inmóvil, contemplando con horror la escena.
La habitación era bastante grande. Fácilmente debía de medir unos 8 metros de ancho por 8 de largo con una altura de cuatro metros hasta el techo. En total unos 64 metros cuadrados para una pelea bastante cómoda entre personas de elevada altura. A la izquierda, dos ventanas que daban hacia la zona del astillero con las persianas levantadas. A la derecha, otras dos que daban hacia la zona de carga con las persianas bajadas. Por las ventanas de la izquierda, un tenue atisbo de la luz lunar se asomaba por el área de astilleros, que tenía una apertura considerable para dejar salir y entrar a los barcos que acudían allí. En previsión de que los delincuentes zarpasen con aquel barco, debían de haber dejado la entrada abierta.
En la habitación había dos personas más. A la derecha según entrabas, a unos cuatro metros de la puerta, yacía en el suelo en un charco de lo que parecía su propia sangre el Agente Lugio. Berry no le recordaba en absoluto, pero su aura era tan débil que si bien evidenciaba vida también significaba que estaba en las últimas. Al fondo de la habitación, a unos 8 metros de la puerta y detrás de una mesa de madera bastante bonita, había un hombre formando hecho una bola en el suelo. Era más bien corpulento y vestía elegantes ropas que ahora mismo estaban teñidas de sangre. Seguía vivo, aunque magullado en varias partes de su cuerpo y no se atrevía a moverse ya había recibido varios golpes y un disparo. El poseedor de la pistola con la que se efectuó este disparo, Don Bravo, contemplaba sin hacerle demasiado caso a la puerta y con una expresión de satisfacción una estatuilla de madera reluciente que sostenía entre sus dedos índice y pulgar protegidos por un pañuelo de seda. Sus palabras se perdieron en el nacimiento de su boca, puesto que un relámpago negro se abalanzó sobre él y envolvió su cuello con dos piernas en un agarre brutal del que un cierto skypiean nunca querría escaparse. No sólo el agarre alrededor del cuello le estaba cortando el oxígeno a Don Bravo, sino que una afilada garra se clavó en su boca para impedir que éste llamase a su guardaespaldas. Sus labios empezaron a sangrar por los cortes de la mink, pero no demasiado. Don Bravo estaba sorprendido. No podía respirar y eso le agobiaba, pero era una persona que había vivido demasiada violencia en su vida como para sentirse siquiera acobardado por la situación. Mientras la mink le decía algo incomprensible al dueño del astillero, una locura tal como que le apuñalase en el cuello, Don Bravo efectuó un rápido movimiento de muñeca y disparó a quemarropa al estómago de Berry. ¿De dónde había salido esta loca? ¿Y dónde estaba el inútil de Kazz? Le gustaría hablar para gritarle. Para insultarla. Para vilipendiarla con esa estruendosa voz que su madre le había dado. Pero entre las piernas de la seductora mink uno no podía hablar por más que quisiera.
Por su parte, el dueño del astillero no podía creerse lo que estaba viendo. Por un lado una mink había aparecido de la nada. Al parecer tenía intención de rescatarle, pero mientras le proponía el más loco de los planes, algo que nunca ejecutaría porque no quería tener las manos manchadas de sangre de una demente, recibió un disparo a quemarropa en el estómago. Paralizado por el miedo, el señor Gakashima se quedó inmóvil, contemplando con horror la escena.
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