09-02-2026, 03:17 PM
Tuve una extraña sensación al principio. Tardé en identificar que el origen estaba en esa sonrisa que tanta familiaridad transmitía. Hae-won no me sonaba de nada, pero el modo en que respondía a mi supuesta historia, así como esa sonrisa cálida, me instaron a pensar que se me escapaba algún detalle. Aún así, correspondí la sonrisa. Hacerlo con ella o con cualquier persona que me rodeaba era ya tan mecánico que ni siquiera me paraba a pensarlo.
Después, Hae-won continuó hablando y yo devolví la vista a las estrellas. Agradecí que apenas me mirase. Los dedos se me crisparon en la arena. No lo soportaba. La idea de una vida de condena, a merced de la voluntad de otros, era algo que me retorcía las entrañas. Daba igual cuánto tiempo hubiera pasado desde aquello.
No dije nada.
No dije nada, pero pensé en aquella noche siete años atrás. Recordé lo cerca que había estado de regresar con Pulmones Negros, el modo en que mi mente se convencía de que podía tener un buen futuro a su lado, que no era tan malo. Quizás sí. Quizás no habría sido tan mala vida, pero jamás me habría pertenecido. No sé quién sería hoy sin la aparición de mi ángel.
—... ¿Encontraste las respuestas que buscabas aquí, en Baterilla?
Esa era una pregunta demasiado concreta.
Me quedé mirándola. Estudié su rostro con absoluto detalle, en busca de alguna particularidad que me instara a recordar si había visto a alguien similar. Tal vez había viajado junto a su hermana en el barco de Pulmones Negros o habíamos compartido cadenas antes de ser comprado. Nada. No habría podido olvidar a alguien con su aspecto.
—¿A qué te refieres?
Entonces temí, por primera vez en años, que alguien de la Marina supiera de mí más de lo debido. Pese a ello, mi pregunta nació calmada, con un toque ligero y una mueca de curiosidad. Decidí apartar cualquier idea conspiranoica.
Cuando quise darme cuenta, volvía a rascarme el lunar.
—Respecto a lo que le ocurrió a tu hermana… Deseo de corazón que pueda estar bien —susurré. Supe que había sinceridad en mis palabras por el modo en que se me encogió el estómago—. A riesgo de sonar imprudente, considero que esté donde esté, bajo las condiciones que sea, es más afortunada que muchos en su condición. —Apenas le dirigí una mirada de soslayo junto a una breve sonrisa—. Tiene quien la recuerde, la busque y la llore. Por duro que resulte para ti, para ella es una bendición. Tus sentimientos la liberan de ser una mera joya.
«Las joyas están destinadas a perecer algún día, en el silencio de la nada…». Pero la hermana de Hae-won la tenía a ella.
—Gracias a ti nunca perecerá en la nada. —Volví la vista al cielo estrellado—. Sé que es un consuelo un poco vago y, en cierto modo, crudo, pero estoy convencido de que para cualquier esclavo significaría mucho más de lo que podamos imaginar.
Después, Hae-won continuó hablando y yo devolví la vista a las estrellas. Agradecí que apenas me mirase. Los dedos se me crisparon en la arena. No lo soportaba. La idea de una vida de condena, a merced de la voluntad de otros, era algo que me retorcía las entrañas. Daba igual cuánto tiempo hubiera pasado desde aquello.
No dije nada.
No dije nada, pero pensé en aquella noche siete años atrás. Recordé lo cerca que había estado de regresar con Pulmones Negros, el modo en que mi mente se convencía de que podía tener un buen futuro a su lado, que no era tan malo. Quizás sí. Quizás no habría sido tan mala vida, pero jamás me habría pertenecido. No sé quién sería hoy sin la aparición de mi ángel.
—... ¿Encontraste las respuestas que buscabas aquí, en Baterilla?
Esa era una pregunta demasiado concreta.
Me quedé mirándola. Estudié su rostro con absoluto detalle, en busca de alguna particularidad que me instara a recordar si había visto a alguien similar. Tal vez había viajado junto a su hermana en el barco de Pulmones Negros o habíamos compartido cadenas antes de ser comprado. Nada. No habría podido olvidar a alguien con su aspecto.
—¿A qué te refieres?
Entonces temí, por primera vez en años, que alguien de la Marina supiera de mí más de lo debido. Pese a ello, mi pregunta nació calmada, con un toque ligero y una mueca de curiosidad. Decidí apartar cualquier idea conspiranoica.
Cuando quise darme cuenta, volvía a rascarme el lunar.
—Respecto a lo que le ocurrió a tu hermana… Deseo de corazón que pueda estar bien —susurré. Supe que había sinceridad en mis palabras por el modo en que se me encogió el estómago—. A riesgo de sonar imprudente, considero que esté donde esté, bajo las condiciones que sea, es más afortunada que muchos en su condición. —Apenas le dirigí una mirada de soslayo junto a una breve sonrisa—. Tiene quien la recuerde, la busque y la llore. Por duro que resulte para ti, para ella es una bendición. Tus sentimientos la liberan de ser una mera joya.
«Las joyas están destinadas a perecer algún día, en el silencio de la nada…». Pero la hermana de Hae-won la tenía a ella.
—Gracias a ti nunca perecerá en la nada. —Volví la vista al cielo estrellado—. Sé que es un consuelo un poco vago y, en cierto modo, crudo, pero estoy convencido de que para cualquier esclavo significaría mucho más de lo que podamos imaginar.
