09-02-2026, 07:24 PM
Bai escoltó con la mirada al marine hasta que su figura fue devorada por la boca de la puerta. Lo cual le permitió ignorar, al menos durante un rato, el hecho de que Uker se hubiera quedado descuadrado por su marcha. Quizás, para quien no habitaba continuamente en el silencio, aquel estupor era una reacción comprensible; pero Bai, que llevaba demasiados soles exiliada de la palabra, había transformado los gestos y su cuerpo en su único léxico comprensible.
Por eso, en cuanto se fijó en él y notó que el muchacho parecía más perdido que ella en su primer día rn la mar, Bai ancló su diestra sobre el antebrazo de él; un contacto firme, una presión de carne y hueso destinada a detener cualquier atisbo de ansiedad. Después, haciendo alarde del único lenguaje que sabía que el otro podía comprender, le dedicó una sonrisa cuya calma solo podía compararse con la de su propia voz.
—Tranquilo, está bien —murmuró, plenamente consciente de que sus fonemas no eran más que música ininteligible para los oídos del joven.
Acto seguido, liberó el brazo ajeno con lentitud. Hincó el codo sobre la mesa y acunó su mentón en la palma de la mano para poder observarlo desde su altura en silencio. Y, de entre la maraña de palabras rápidas que Uker emitía, un sonido logró perforar su sordera cultural: «Ohara».
El nombre de su hogar vibró en el aire como una campana de plata.
Bai parpadeó, ligeramente confusa por lo que interpretaba.
¿Acaso aquel muchacho pretendía saber dónde su hogar se situaba?
Guardó silencio mientras todas aquellas dudas se aglutinaban, permitiendo que él continuara su laboriosa hasta que, frente a ella, nacieron cuatro triángulos de una geometría casi perfecta. Cuatro trazos que dividían la hoja y que evocaban la lógica de las brújulas.
—Bai... —preguntó su nombre en un intento por decir: «¿Te estás refiriendo a mí?». Pero, al verlo dibujar letras tan parecidas a las que sus familiares usaban para referirse a su hogar, añadió: —...¿Ohara?
Después, con el dibujo frente a ella, rotó el papel sobre la madera veteada moviéndolo con la tranquilidad de quien intenta resolver un enigma de proporciones cosmogónicas. Y es que, su mente, esa maquinaria analítica que poco o nasa descansaba, intentaba encajar las letras con los puntos cardinales hasta que, de súbito, el engranaje hizo click.
—Ohara, West Blue —sentenció, señalando la «W». Único símbolo que reconocía en como sinónimo de Oeste.
Para ese momento, la camarera había llegado con otra bebida para ella. Y Bai, incauta ante la potencia del brebaje, decidió humedecerse los labios, dejando que el ardor del alcohol le le impregnara; aquella pausa le permitió reflexionar: aquel joven no parecía buscar solo una ubicación geográfica.
¿Acaso quería saber más de ella?, se preguntó.
Los hielos colisionaron con un sonido cristalino y tintineante cuando Bai dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
Luego, con un gesto ligeramente invasivo, pero cargado de una urgencia casi poética, reclamó el lápiz de las manos de Uker.
—Ohara —comenzó—. Es un lugar hermoso…
Ante la imposibilidad de traducir un concepto tan abstracto como la belleza, Bai se inclinó sobre el papel y dibujó lo único que encontraba bello en el mundo a parte de lo sexual: la silueta de un libro.
—Mi gente… —continuó, presionando su mano libre contra el pecho, justo donde el corazón latía con fuerza—. Es especial.
Volvió al dibujo para bosquejar una serie de figuras, simples trazos de grafito que representaban la multitud de seres que conformaban su comunidad. Los señaló a ellos, luego a sí misma, y finalmente buscó con la mirada la diversidad de razas que poblaban en el lugar para incluirlas en su explicación muda.
—Tienen una gran biblioteca —concluyó, dibujando un árbol colosalmente simple y una flecha que unía el libro con sus raíces.
¿Habría logrado Uker descifrar aquel jeroglífico?
Bai tenía sus reservas, pero en su fuero interno sabía que aquello era la esencia misma del aprendizaje del que hablaban los ancianos: ese puente de señales precarias construido sobre el abismo que separa a dos almas.
Por eso, en cuanto se fijó en él y notó que el muchacho parecía más perdido que ella en su primer día rn la mar, Bai ancló su diestra sobre el antebrazo de él; un contacto firme, una presión de carne y hueso destinada a detener cualquier atisbo de ansiedad. Después, haciendo alarde del único lenguaje que sabía que el otro podía comprender, le dedicó una sonrisa cuya calma solo podía compararse con la de su propia voz.
—Tranquilo, está bien —murmuró, plenamente consciente de que sus fonemas no eran más que música ininteligible para los oídos del joven.
Acto seguido, liberó el brazo ajeno con lentitud. Hincó el codo sobre la mesa y acunó su mentón en la palma de la mano para poder observarlo desde su altura en silencio. Y, de entre la maraña de palabras rápidas que Uker emitía, un sonido logró perforar su sordera cultural: «Ohara».
El nombre de su hogar vibró en el aire como una campana de plata.
Bai parpadeó, ligeramente confusa por lo que interpretaba.
¿Acaso aquel muchacho pretendía saber dónde su hogar se situaba?
Guardó silencio mientras todas aquellas dudas se aglutinaban, permitiendo que él continuara su laboriosa hasta que, frente a ella, nacieron cuatro triángulos de una geometría casi perfecta. Cuatro trazos que dividían la hoja y que evocaban la lógica de las brújulas.
—Bai... —preguntó su nombre en un intento por decir: «¿Te estás refiriendo a mí?». Pero, al verlo dibujar letras tan parecidas a las que sus familiares usaban para referirse a su hogar, añadió: —...¿Ohara?
Después, con el dibujo frente a ella, rotó el papel sobre la madera veteada moviéndolo con la tranquilidad de quien intenta resolver un enigma de proporciones cosmogónicas. Y es que, su mente, esa maquinaria analítica que poco o nasa descansaba, intentaba encajar las letras con los puntos cardinales hasta que, de súbito, el engranaje hizo click.
—Ohara, West Blue —sentenció, señalando la «W». Único símbolo que reconocía en como sinónimo de Oeste.
Para ese momento, la camarera había llegado con otra bebida para ella. Y Bai, incauta ante la potencia del brebaje, decidió humedecerse los labios, dejando que el ardor del alcohol le le impregnara; aquella pausa le permitió reflexionar: aquel joven no parecía buscar solo una ubicación geográfica.
¿Acaso quería saber más de ella?, se preguntó.
Los hielos colisionaron con un sonido cristalino y tintineante cuando Bai dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
Luego, con un gesto ligeramente invasivo, pero cargado de una urgencia casi poética, reclamó el lápiz de las manos de Uker.
—Ohara —comenzó—. Es un lugar hermoso…
Ante la imposibilidad de traducir un concepto tan abstracto como la belleza, Bai se inclinó sobre el papel y dibujó lo único que encontraba bello en el mundo a parte de lo sexual: la silueta de un libro.
—Mi gente… —continuó, presionando su mano libre contra el pecho, justo donde el corazón latía con fuerza—. Es especial.
Volvió al dibujo para bosquejar una serie de figuras, simples trazos de grafito que representaban la multitud de seres que conformaban su comunidad. Los señaló a ellos, luego a sí misma, y finalmente buscó con la mirada la diversidad de razas que poblaban en el lugar para incluirlas en su explicación muda.
—Tienen una gran biblioteca —concluyó, dibujando un árbol colosalmente simple y una flecha que unía el libro con sus raíces.
¿Habría logrado Uker descifrar aquel jeroglífico?
Bai tenía sus reservas, pero en su fuero interno sabía que aquello era la esencia misma del aprendizaje del que hablaban los ancianos: ese puente de señales precarias construido sobre el abismo que separa a dos almas.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
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