~Unas horas antes~
Por más que apretase aquel muñón no dejaba de sangrar. Necesitaba cirugía para cerrarlo, no vendas y apósitos suministrados por estos matones de tres al cuarto. Y digamos que tener la isla bajo asedio no ayudaba mucho a conseguir una buena atención médica. Pero un rayo de esperanza vino a verme cuando uno de los soldados que tantas veces había visto vagando por ahí y haciendo sus maldades vino a abrir las puertas de mi celda.
Estábamos bajo ataque y era nuestra oportunidad.
Otros tantos prisioneros estaban siendo liberados y parecía que una parte del ejército de los piratas Mittsuami se habían revelado contra el gran Shichibukai, dándose la casualidad en este momento de que podíamos luchar para vivir un día más.
Hablaron de provisionarse, de encontrar suministros y un grupo me hizo señas para ir con ellos, adentrándose en un edificio grande. Dentro, y como si no fuera evidente señalaron mi mal aspecto y me otorgaron medicinas, ya que pudimos obtener algunos útiles médicos y distintos calmantes... así que el momento del Doctor Power para brillar había llegado.
Me costó bastante hacerlo con una sola mano debido a mi reciente amputación, y tener un solo ojo tampoco ayudaba mucho, pero mezclando un poco de esto, con un poco de lo de mi bolsillo, con un poco más de aquello, y con una pizca de esto que si pregunta la Marina no sé que hace en mi bolsillo, lancé un buen escupitajo en la venda y aquellos cataplasmas perfectos para cerrar mis hemorragias y calmar mi dolor estaban preparados.
Y entonces lo oí.
Los Mushoku eran los que estaban atacando la isla.
—
~En la actualidad~
El grupo de la resistencia rebelde que se había formado y se había decidido a luchar, unas cuatrocientas personas entre soldados y prisioneros, estábamos listos para lanzarnos a por la victoria o la muerte. Miré en dirección a donde estaban peleando Ashura y los demás... mis compañeros. Mis amigos. Los únicos que me habían aceptado y me habían querido como era. No podía huir.
Durante nuestra estancia en el Nuevo Mundo decidí aventurarme para mejorar mi posición como médico. Aprendí y mejoré en mi oficio, descubrí muchas cosas nuevas y me sentía con la capacidad de poder aportar a mi tripulación el médico que necesitaban, pero cuando estaba de regreso con ellos acabé cayendo en una isla que fue atacada por los piratas Mittsuami, sufriendo ese asedio y, aunque luché, perdí la mano y el ojo y caí derrotado. Fui trasladado como esclavo a esta isla donde había pasado estos últimos días, y el resto era historia.
Ahora, como traídos por la mano del destino, mis compañeros los Mushoku estaban ahí.
Sólo veía a Ashura y a Quetzalli de pie combatiendo contra ese monstruo... y yo sabía mejor que nadie que su poder no tenía parangón. Era, realmente, la muerte hecha un humano de carne y hueso. No podrían vencer en condiciones normales, y yo lo sabía. Aunque quisiera creer en la fuerza de mis compañeros y en particular en mi capitán, Ashura, al que idolatraba como a ninguno, sabía que Shinju Kagayaku era un nivel diferente, un escalón demasiado grande que superar.
Olfateé el aire, sin éxito, sin rastro de los demás.
Entonces las palabras del grupo en el que estaba cobraron fuerza y los pies comenzaron a caminar solos. El plan era sencillo y suicida: lanzarnos todos a por Shinju con la esperanza de al menos distraer su atención y hacer que sus contrincantes tuvieran la posibilidad de vencerle, por remota que esta fuera. Y cargando con el peso de los que se encaminan hacia su final, gritamos corriendo hacia él, yo con la mano desnuda y mis nuevos e improvisados compañeros de armas cargando toda serie de espadas, martillos, hachas, dagas y diversas armas metálicas.
La salva de disparos provocó el principio del fin, haciendo que el Shichibukai nos arrebatase las armas y la esperanza con un simple gesto con la mano, consiguiendo que todos los que cargaban hacia él se detuvieran y perdieran esa esperanza a solo una decena de metros de él.
Después Quetzalli cayó al suelo sin su forma de pegaso, herido y sangrando, y aquel tipo se colocaba en posición para ensartar y rematar a Ashura, el hombre al que había jurado lealtad, y unas virutas de metal empezaron a danzar y a elevarse a nuestro alrededor. Una visión nada esperanzada que amenazaba con un final horrible para todos. Pero no mientras yo estuviera aquí. No si yo tenía algo más que decir... y lo tenía: Power y adelante.
Ellos no tenían nada que hacer, pero yo si. No necesitaba armas para pelear. Me había enfrentado a un fénix y a un hombre capaz de controlar la gravedad. Había viajado con alguien capaz de fragmentar la tierra y hacer terremotos. Con un tontatta capaz de abatir tigres. Con un birkaniano que surcaba los cielos sin ser visto. Con dos jóvenes espadachines que no tenían miedo a nada ni a nadie. Y con el hombre capaz de matar a un héroe y caminar sobre sus cenizas para proclamar el renacer de un nuevo mundo. Un mundo en el que la libertad no tendría precio, ni amos, ni vasallos. Yo sólo necesitaba una oportunidad y mi propio cuerpo. Yo era mi propia arma.
Apreté mi único puño y las chispas y los relámpagos de la técnica del linaje de mis ancestros, el electro, empezó a sembrar mi cuerpo y a erizar mi pelaje blanco lleno de suciedad y sangre. La corbata y los jirones de mi camisa se agitaron con el retumbar de aquellos rayos, zumbando como una pequeña tormenta entorno a mi, y saltando con toda la fuerza y la velocidad que me era posible me lancé bramando y rugiendo contra aquel calvo con la barba trenzada.
Desaparecí de la vista y el contacto de los soldados y los prisioneros que me acompañaban y me precipité como una centella, nunca mejor dicho, contra aquel hombre, puño en ristre, para dar la oportunidad necesaria.
— ¡POR LOS MUSHOKU! —
Me planté en su espalda en un suspiro, en paralelo al suelo gracias al impulso de mi salto y con mi diestra por encima y por detrás de mi cabeza, con los dedos índice y meñique extendidos. El tiempo se suspendió para mi. Los relámpagos azules de mi electro chocaban y se freían con los relámpagos morados de su extraña habilidad. Mi pelaje se mecía acariciado por las virutas de metal y el viento fruto de la potencia de mi desplazamiento, y lancé el puñetazo más fuerte que pude de la forma más rápida que fui capaz a aquel hombre de espaldas. No me importaba el honor, nunca lo había hecho. No me importaban los principios, nunca los había tenido. Y no me importaban las consecuencias. Nunca las había temido.
Pero los Mushoku... los Mushoku lo eran todo para mi.
Por un momento y como si de un espejismo se tratase, junto a mí alzado en el aire y con aquellos relámpagos azules azotando todo mi pelaje... aparecieron flotando en el aire seis figuras más. A mi izquierda, Rapax apretaba los dientes y cargaba uno de sus poderosos puñetazos envueltos en esas esferas azules que hacían retumbar la tierra. A mi derecha, el psicótico de Zarek preparaba uno de sus puñetazos recubiertos de su blanco mochi mientras sacaba la lengua en una mueca desencajada. Al lado de Rapax, aquella semioni con el cabello rojo y la media cáscara de huevo recubriendo su cintura, con su gato Mandarina sobre su cabeza... Eaa, también se disponía a soltar un puñetazo. Al lado de Zarek, con la espada por delante y gritando de emoción estaba Artur preparado para asestar una estocada directa. Al lado de Eaa, el pequeño Gaeru trataba de realizar el mismo movimiento que Artur, con sus ojos saltones y su boca abierta con su lengua de rana al viento... y tras todos nosotros, una mujer preciosa y con el cabello largo y negro tendía una de sus manos hacia delante tratando de darle impulso a Ashura mientras sujetaba un bebé contra su pecho con la otra. Una mujer que lloraba de felicidad al verlo, y que en sus ojos mostraba el amor más puro que se puede sentir por otra persona. Y juntos, gritamos todos con una misma voz. Mi voz.
— ¡¡¡ BIIIIG NOROOOO PUUUUUUNCH !!! —
Golpeé emitiendo la onda Noroma más potente que recordaba hasta el momento. Todos los espíritus que me acompañaban me ayudaron con el golpe, permitiéndome sacar lo mejor de mi, gritando conmigo, golpeando conmigo. Ayudándome para salvar a mis amigos. Sus amigos. Nuestra familia.
El grito que emití me rajó la garganta e hizo que la sangre brotase de mi hocico mientras las ondas púrpuras y circulares de mi habilidad salieron de mis dedos al tiempo que estos se enterraba en la zona de la espalda visible de aquel tipo que no estaba oculta por aquella enorme calabaza, impactando aquel poderoso puñetazo con todo mi ser y mi valor, paralizando su cuerpo tras el impacto.
La trayectoria de mi salto me llevó a pasar volando por encima de él tras el impacto y caer rebozando mi cuerpo y derrapando dos metros por detrás de mi capitán, viendo su espalda desde mi posición y encarando a aquel Shichibukai petrificado. La visión de los espíritus de aquellos que nos acompañaron en el camino y cayeron, sonreían aun en su pose del golpe, ralentizados por la causalidad y parecían esperar el movimiento del Demonio del Humo. Cargué mis pulmones con todo el aire que pude y cerrando mi único ojo derramando una amarga lágrima, grité de nuevo
— ¡ ¡ ¡ ACABA CON ÉL ! ! ! —
— ¡¡¡¡¡¡ AAAASHUUUUURAAAAAAAA !!!!!! —
— ¡¡¡¡¡¡ AAAASHUUUUURAAAAAAAA !!!!!! —
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