10-02-2026, 08:01 PM
—... Definitivamente, has crecido de manera espléndida, Dimitri.
Saltaron todas mis alarmas instintivamente. La máscara con la que acostumbraba a vivir palideció al ritmo vertiginoso de mis latidos.
«¿De qué me conoces?» fui a preguntar.
—¿Nos conocemos? —reformulé en su lugar, como último intento por mantener la compostura.
—Imagino que aún tienes el mapa que te di hace años…
«¿Qué?»
Creí ser consciente de la rotación del planeta. Las estrellas me engulleron y me vi obligado a apartar la vista de ellas. Hae-won fue el único punto fijo en un escenario que no dejaba de girar, girar y girar. Así que me aferré a aquella imagen. El reflejo que el mar devolvía a sus pupilas. Sería imposible afirmar que alguien podría reconocer a una persona solo por eso y, sin embargo, habría podido jurar que lo hacía. Por supuesto que no era más que un delirio. Ahí estaba yo, prendido a aquella mirada, buscando el recuerdo de lo único que atisbé de ese ángel que resultó más menudo que yo. Solo que está vez también podía apreciar la tonalidad casi violácea de sus iris.
—Tú… —Me resultaría imposible describir lo que sentí—. ¿Tú eres mi ángel?
Demasiados detalles para ser una burda treta. La nota cobró sentido. El pánico me habría atenazado, si no hubiera estado demasiado ocupado contemplando con una nueva mirada cada detalle de Hae-won.
Durante largos siete años, aquella figura había sido para mí una suerte de ángel. Una figura heróica que imponía entre tantas capas de negros ropajes y voz indescifrable. Había sido un ente hecho de bruma. La única razón por la que no desterré ese encuentro a un producto de mi imaginación son los mapas que a día de hoy aún conservo, prueba irrefutable de que hubo alguien.
Me eché el cabello hacia atrás. Después, escondí el rostro tras mi mano.
No fue un ente omnipresente lo que me ayudó; fue una chiquilla asustada que también había perdido a su hermana. Alguien menor que yo. Una imprudente y, a la vez, una heroína. El corazón todavía repicaba con violencia, a juego con el oleaje que rompía en la orilla, cuando una pequeña risa hilarante brotó de mi garganta.
Sonaba rota, pero más real que ninguna.
No era capaz de refrenar esa sensación que mezclaba euforia, angustia y vergüenza.
¿Qué se le dice a la persona que salvó tu vida cuando un gracias suena demasiado vacío?
Me dejé ir hacia atrás. La espalda golpeó contra la arena pero no me importó. Seguía riendo cuando estiré los brazos a mi costado y todo en mí se llenó de arena. Mi pecho era un vaivén incesante atrapado por aquella risa que me permitía, por una vez, mandar a la mierda la opinión que otros pudieran tener de mí.
—Hostias, esto sienta bien —la risa se atenuó. Giré el rostro, aún tumbado, para volver a mirarla—. La verdad, sí que tienes aspecto de ángel. Te queda bien el apodo que te puse. —Me froté los ojos con el antebrazo—. Gracias… y eso… —Tomé una amplia bocanada de aire—. Me salvaste la vida esa noche. Te lo debo.
Saltaron todas mis alarmas instintivamente. La máscara con la que acostumbraba a vivir palideció al ritmo vertiginoso de mis latidos.
«¿De qué me conoces?» fui a preguntar.
—¿Nos conocemos? —reformulé en su lugar, como último intento por mantener la compostura.
—Imagino que aún tienes el mapa que te di hace años…
«¿Qué?»
Creí ser consciente de la rotación del planeta. Las estrellas me engulleron y me vi obligado a apartar la vista de ellas. Hae-won fue el único punto fijo en un escenario que no dejaba de girar, girar y girar. Así que me aferré a aquella imagen. El reflejo que el mar devolvía a sus pupilas. Sería imposible afirmar que alguien podría reconocer a una persona solo por eso y, sin embargo, habría podido jurar que lo hacía. Por supuesto que no era más que un delirio. Ahí estaba yo, prendido a aquella mirada, buscando el recuerdo de lo único que atisbé de ese ángel que resultó más menudo que yo. Solo que está vez también podía apreciar la tonalidad casi violácea de sus iris.
—Tú… —Me resultaría imposible describir lo que sentí—. ¿Tú eres mi ángel?
Demasiados detalles para ser una burda treta. La nota cobró sentido. El pánico me habría atenazado, si no hubiera estado demasiado ocupado contemplando con una nueva mirada cada detalle de Hae-won.
Durante largos siete años, aquella figura había sido para mí una suerte de ángel. Una figura heróica que imponía entre tantas capas de negros ropajes y voz indescifrable. Había sido un ente hecho de bruma. La única razón por la que no desterré ese encuentro a un producto de mi imaginación son los mapas que a día de hoy aún conservo, prueba irrefutable de que hubo alguien.
Me eché el cabello hacia atrás. Después, escondí el rostro tras mi mano.
No fue un ente omnipresente lo que me ayudó; fue una chiquilla asustada que también había perdido a su hermana. Alguien menor que yo. Una imprudente y, a la vez, una heroína. El corazón todavía repicaba con violencia, a juego con el oleaje que rompía en la orilla, cuando una pequeña risa hilarante brotó de mi garganta.
Sonaba rota, pero más real que ninguna.
No era capaz de refrenar esa sensación que mezclaba euforia, angustia y vergüenza.
¿Qué se le dice a la persona que salvó tu vida cuando un gracias suena demasiado vacío?
Me dejé ir hacia atrás. La espalda golpeó contra la arena pero no me importó. Seguía riendo cuando estiré los brazos a mi costado y todo en mí se llenó de arena. Mi pecho era un vaivén incesante atrapado por aquella risa que me permitía, por una vez, mandar a la mierda la opinión que otros pudieran tener de mí.
—Hostias, esto sienta bien —la risa se atenuó. Giré el rostro, aún tumbado, para volver a mirarla—. La verdad, sí que tienes aspecto de ángel. Te queda bien el apodo que te puse. —Me froté los ojos con el antebrazo—. Gracias… y eso… —Tomé una amplia bocanada de aire—. Me salvaste la vida esa noche. Te lo debo.
