11-02-2026, 05:50 AM
Caminé a su lado sin apurar el paso, dejando que el mercado nos tragara de a poco. La arena tibia cedía bajo mis pies descalzos, deslizándose entre los dedos con una suavidad casi íntima, obligando a mis caderas a balancearse con un ritmo natural, despreocupado, imposible de fingir. El murmullo de la gente volvió a envolvernos como un telón que se cierra sin apagar del todo la escena, pero ya no era protagonista. Ahora era fondo.
Escuché su pregunta completa. No hubo vacilación en su voz, tampoco desafío: solo una curiosidad sostenida, firme. Eso me gustó más de lo que pensaba admitir.
No me detuve al responderle. Preferí que me mirara en movimiento.
— No — dije con calma — No es lo normal.
Giré apenas el rostro hacia él, lo suficiente para que pudiera ver el esbozo de mi sonrisa insinuarse y desvanecerse. El sol dibujaba líneas doradas sobre mis hombros desnudos; el pareo se ajustaba y aflojaba con cada paso, revelando por segundos la curva alta de mi muslo antes de volver a cubrirlo con una transparencia deliberadamente traicionera.
Mis alas se acomodaron solas, extendiéndose un poco más antes de plegarse con lentitud. El gesto desplazó el aire alrededor, levantando algunos mechones de mi cabello y obligándolo a apartar la vista apenas para no recibir arena en los ojos. El cofre golpeó suave contra mi cadera en un compás constante, rítmico, como un recordatorio de que incluso cuando coqueteo... nada queda al azar.
—Tampoco es algo que haga por impulso — añadí — Ni por costumbre. Es todo un tema.
El mercado ofrecía frutas abiertas que brillaban húmedas, pescados plateados sobre hielo triturado, especias suspendidas en pequeñas nubes aromáticas. Me detuve frente a un puesto de verduras, inclinándome lo justo para observar mejor la mercancía. El movimiento tensó la línea de mi espalda, marcando la curva natural hasta la base de mis alas, mostrando el patrón encadenado del gran tatuaje que se doblaba acentuando la curva de los glúteos, y el pareo volvió a deslizarse apenas hacia un costado antes de que lo corrigiera con un gesto lento de los dedos.
Señalé un par de raíces frescas. El vendedor empezó a envolverlas sin que yo tuviera que decir mucho. La familiaridad habla por uno.
— Vivo sola — continué mientras retomaba el paso una vez pagado, acomodando la canasta en el antebrazo — Cerca del río, como te dije. No es un refugio ni una fortaleza… pero es mío.
Lo miré entonces. De lleno, sin sonrisa pero nada de seriedad.
El viento empujó mi cabello hacia atrás y dejó mi cuello completamente expuesto durante un segundo demasiado consciente.
— Y no invito a cualquiera a cruzar ese umbral.
Seguí caminando antes de que el silencio se volviera demasiado denso. El sonido de mis pulseras acompañó el vaivén de mis brazos, tintineando suave cada vez que el cofre rozaba mi costado. Mi andar no era apresurado ni lento: era medido. Seguro. Cada paso sostenía la misma cadencia con la que había sostenido su mirada minutos atrás.
— Si te propuse almorzar, Shin, es porque tu actuar me bastó como para saber que no sos torpe con lo que tocás — declaré — Ni con lo que decís.
No hubo inflexión acusatoria ni rubor. Fue una afirmación tranquila.
Me detuve frente al puesto de pescado. Esta vez me incliné un poco más, apoyando una mano en el borde de madera mientras evaluaba las piezas. La posición dejó mis alas levemente separadas, proyectando sombra sobre mi espalda baja y delineando aún más la silueta. Elegí con cuidado, intercambié unas palabras con la mujer detrás del mostrador, y pagué sin apuro.
Cuando me enderecé, el movimiento fue deliberadamente lento. El pareo cayó otra vez en su lugar con pereza elegante.
— Mi seguridad no pasa por cerrar puertas — añadí mientras retomábamos la caminata, sin miedo a que la charla se perdiera — Pasa por saber a quién dejo acercarse… y hasta dónde.
Esta vez sí, una sonrisa leve apareció. No dulce ni ingenua. Cómplice.
Me acerqué apenas más al avanzar, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos —su hombro— sin tocarlo. La diferencia era mínima, pero suficiente para que el calor de su cuerpo se volviera perceptible bajo el sol.
— Y vos — dije, mirándolo de reojo — supiste preguntar antes de avanzar. Eso suma, es todo un tema.
Su comentario sobre el postre se deslizó entre nosotros como una chispa. No me sobresaltó. Tampoco la apagué.
— El postre no suele servirse sin haber probado bien el plato principal — respondí — Y yo cocino despacio.
Tomé un manojo de hierbas aromáticas en el siguiente puesto. Las acerqué a mi rostro y cerré los ojos un instante. El gesto elevó ligeramente mi pecho al inhalar profundo, vibrando apenas, como si también respiraran conmigo.
Cuando abrí los ojos, lo miré.
— Pero no te hagas drama — añadí con voz más baja — Si llegamos hasta ahí… vas a saberlo.
Dejé que mis dedos rozaran el borde de la canasta antes de soltar las hierbas dentro. El sonido seco contrastó con la suavidad del momento.
— No suelo dejar lugar a dudas cuando algo me gusta... y creo que eso se nota.
Reanudé la marcha, esta vez lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos casi rozaran al balancearse. La tensión bien sostenida vale más que cualquier contacto precipitado.
— Si querés, podes comprar algo para después del postre — dije como quien no quiere la cosa — Y si en el trayecto cambiás de idea…
Alcé un ala con suavidad, señalando el resto de puestos del mercado sin explorar. El movimiento abrió espacio, desplazó aire, hizo que la tela ligera del pareo se agitara alrededor de mis piernas.
— Siempre estás a tiempo de volver sobre tus pasos. Yo no persigo a nadie.
Lo miré de frente una vez más antes de girar el cuerpo. La luz del sol marcó el contorno de mi figura con claridad descuidada. No había vergüenza en mi postura y tampoco urgencia.
Seguí caminando, segura, con la brisa empezando a colarse entre los puestos y a enfriar la piel expuesta de mis hombros.
Todavía faltaba un tramo para llegar hasta las cercanías del río.
Pero ya podía sentirse.
Escuché su pregunta completa. No hubo vacilación en su voz, tampoco desafío: solo una curiosidad sostenida, firme. Eso me gustó más de lo que pensaba admitir.
No me detuve al responderle. Preferí que me mirara en movimiento.
— No — dije con calma — No es lo normal.
Giré apenas el rostro hacia él, lo suficiente para que pudiera ver el esbozo de mi sonrisa insinuarse y desvanecerse. El sol dibujaba líneas doradas sobre mis hombros desnudos; el pareo se ajustaba y aflojaba con cada paso, revelando por segundos la curva alta de mi muslo antes de volver a cubrirlo con una transparencia deliberadamente traicionera.
Mis alas se acomodaron solas, extendiéndose un poco más antes de plegarse con lentitud. El gesto desplazó el aire alrededor, levantando algunos mechones de mi cabello y obligándolo a apartar la vista apenas para no recibir arena en los ojos. El cofre golpeó suave contra mi cadera en un compás constante, rítmico, como un recordatorio de que incluso cuando coqueteo... nada queda al azar.
—Tampoco es algo que haga por impulso — añadí — Ni por costumbre. Es todo un tema.
El mercado ofrecía frutas abiertas que brillaban húmedas, pescados plateados sobre hielo triturado, especias suspendidas en pequeñas nubes aromáticas. Me detuve frente a un puesto de verduras, inclinándome lo justo para observar mejor la mercancía. El movimiento tensó la línea de mi espalda, marcando la curva natural hasta la base de mis alas, mostrando el patrón encadenado del gran tatuaje que se doblaba acentuando la curva de los glúteos, y el pareo volvió a deslizarse apenas hacia un costado antes de que lo corrigiera con un gesto lento de los dedos.
Señalé un par de raíces frescas. El vendedor empezó a envolverlas sin que yo tuviera que decir mucho. La familiaridad habla por uno.
— Vivo sola — continué mientras retomaba el paso una vez pagado, acomodando la canasta en el antebrazo — Cerca del río, como te dije. No es un refugio ni una fortaleza… pero es mío.
Lo miré entonces. De lleno, sin sonrisa pero nada de seriedad.
El viento empujó mi cabello hacia atrás y dejó mi cuello completamente expuesto durante un segundo demasiado consciente.
— Y no invito a cualquiera a cruzar ese umbral.
Seguí caminando antes de que el silencio se volviera demasiado denso. El sonido de mis pulseras acompañó el vaivén de mis brazos, tintineando suave cada vez que el cofre rozaba mi costado. Mi andar no era apresurado ni lento: era medido. Seguro. Cada paso sostenía la misma cadencia con la que había sostenido su mirada minutos atrás.
— Si te propuse almorzar, Shin, es porque tu actuar me bastó como para saber que no sos torpe con lo que tocás — declaré — Ni con lo que decís.
No hubo inflexión acusatoria ni rubor. Fue una afirmación tranquila.
Me detuve frente al puesto de pescado. Esta vez me incliné un poco más, apoyando una mano en el borde de madera mientras evaluaba las piezas. La posición dejó mis alas levemente separadas, proyectando sombra sobre mi espalda baja y delineando aún más la silueta. Elegí con cuidado, intercambié unas palabras con la mujer detrás del mostrador, y pagué sin apuro.
Cuando me enderecé, el movimiento fue deliberadamente lento. El pareo cayó otra vez en su lugar con pereza elegante.
— Mi seguridad no pasa por cerrar puertas — añadí mientras retomábamos la caminata, sin miedo a que la charla se perdiera — Pasa por saber a quién dejo acercarse… y hasta dónde.
Esta vez sí, una sonrisa leve apareció. No dulce ni ingenua. Cómplice.
Me acerqué apenas más al avanzar, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos —su hombro— sin tocarlo. La diferencia era mínima, pero suficiente para que el calor de su cuerpo se volviera perceptible bajo el sol.
— Y vos — dije, mirándolo de reojo — supiste preguntar antes de avanzar. Eso suma, es todo un tema.
Su comentario sobre el postre se deslizó entre nosotros como una chispa. No me sobresaltó. Tampoco la apagué.
— El postre no suele servirse sin haber probado bien el plato principal — respondí — Y yo cocino despacio.
Tomé un manojo de hierbas aromáticas en el siguiente puesto. Las acerqué a mi rostro y cerré los ojos un instante. El gesto elevó ligeramente mi pecho al inhalar profundo, vibrando apenas, como si también respiraran conmigo.
Cuando abrí los ojos, lo miré.
— Pero no te hagas drama — añadí con voz más baja — Si llegamos hasta ahí… vas a saberlo.
Dejé que mis dedos rozaran el borde de la canasta antes de soltar las hierbas dentro. El sonido seco contrastó con la suavidad del momento.
— No suelo dejar lugar a dudas cuando algo me gusta... y creo que eso se nota.
Reanudé la marcha, esta vez lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos casi rozaran al balancearse. La tensión bien sostenida vale más que cualquier contacto precipitado.
— Si querés, podes comprar algo para después del postre — dije como quien no quiere la cosa — Y si en el trayecto cambiás de idea…
Alcé un ala con suavidad, señalando el resto de puestos del mercado sin explorar. El movimiento abrió espacio, desplazó aire, hizo que la tela ligera del pareo se agitara alrededor de mis piernas.
— Siempre estás a tiempo de volver sobre tus pasos. Yo no persigo a nadie.
Lo miré de frente una vez más antes de girar el cuerpo. La luz del sol marcó el contorno de mi figura con claridad descuidada. No había vergüenza en mi postura y tampoco urgencia.
Seguí caminando, segura, con la brisa empezando a colarse entre los puestos y a enfriar la piel expuesta de mis hombros.
Todavía faltaba un tramo para llegar hasta las cercanías del río.
Pero ya podía sentirse.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
