12-02-2026, 04:37 AM
》13 de Invierno del Año 16, Mercado Central de Samba.
El invierno en Samba tiene una costumbre incómoda: vuelve todo más pesado.
Las telas de los puestos no flotan; tironean. El viento marino se cuela entre las calles como un ladrón elegante y empuja a la gente sin pedir disculpas. La fruta huele más intensa cuando el aire es frío, como si quisiera defender su dulzura del clima hostil. Nadie pasea: todos avanzan como hileras de hormiga buscando su espacio en las cuevas.
Yo también.
Cuatro metros de anatomía desmedida atravesando un mercado que fue pensado para proporciones más... "diplomáticas". Alas plegadas con disciplina. Hombros apenas inclinados. Cada paso medido como si el suelo pudiera ofenderse.
No soy torpe porque ya aprendí a no serlo, pero soy consciente de que, a veces, sí altero el entorno.
Voy entrando en el pasillo central cuando una ráfaga decide ponerse juguetona.
El toldo del puesto de frutas se infla de golpe, como una vela que recuerda demasiado tarde que alguna vez fue barco. Mi ala derecha, perfectamente plegada, intercepta el viento entre las plumas apenas un segundo. No lo golpea: lo redirige.
Y ese pequeño desvío hace magia.
El toldo se sacude, una cuerda vibra. El primer cajón tiembla con dignidad endeble.
Y entonces...
CATÁSTROFE COLORIDA
Los tomates saltan como si alguien hubiera gritado hasta enrojecer la garganta con un “libertad”. Las naranjas salen despedidas con entusiasmo cual respingo deportivo. Una pirámide de manzanas se desarma en cámara lenta y después decide acelerar. Un cajón cae sobre otro con el dramatismo exagerado de quien llevaba años esperando una excusa perfecta para tirar el lance.
No hay orden. No hay estrategia.
Solo fruta huyendo en todas direcciones.
El mercado queda en silencio medio segundo mientras la sinfónica escurridiza, viscosa y saltarina queda de fondo.
Un tomate aterriza bajo mi bota que al paso se aplasta con un sonido húmedo. Otro rebota contra mi pierna y sale disparado hacia la izquierda como si tuviera un plan propio.
Parpadeo.
Bueno.
Eso fue… inesperado.
El vendedor sin poder contener la avalancha mira el suelo, luego los cajones, luego el toldo traidor, y finalmente emprende el ascenso visual hasta mi cara. El viaje le toma su tiempo.
Yo me quedo donde estoy, realmente desconcertada sin saber cómo continuar. Respiro, y el aire frío dibuja un suspiro visible frente a mi boca.
Una naranja pasa rodando entre mis piernas. La detengo con la punta del pie antes de que alcance la zona de tránsito intenso.
Alrededor, el mercado decide que esto es entretenimiento invernal gratuito. Alguien ríe. Un niño intenta atrapar una manzana fugitiva. Dos personas ya especulan sobre responsabilidades legales que claramente nadie piensa asumir.
— Juro que esto parece actuado, pero no lo es... es todo un tema — digo lo bastante alto para que el dueño del puesto lo escuche. Realmente no soy consciente de que fue "más o menos" mi culpa, es cuestión de casualidad causal... ¿o algo así?
Una ráfaga vuelve a mover el toldo caído, como si quisiera participar otra vez.
Y entonces lo veo por el rabillo del ojo.
Un tomate, sobreviviente heroico y fugitivo, rueda directo hacia la trayectoria de una mujer que avanza distraída, cargando bolsas, mirando cualquier cosa menos el suelo brillante de pulpa.
La escena se arma sola.
El tomate gira.
La bota ajena avanza.
El invierno contiene la respiración.
Yo no.
— ¡Cuidado! — grito cuanto lo más que puedo, con una voz que no está diseñada para pasar desapercibida.
imagencita
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
