13-02-2026, 06:55 AM
La risa grave de Kazan todavía vibraba en el aire cuando el dado terminó de asentarse.
Cinco.
Mis ojos descendieron lentamente hacia la cifra, como si no quisiera apresurar el juicio. El humo de su pipa se enroscaba alrededor de su rostro, dándole un aire casi mítico, como si el propio mar hubiera decidido tomar forma y sentarse frente a mí. Una sonrisa apenas perceptible curvó mis labios. —Vaya… veamos que pasa, las probabilidades son 50/50 ¿me entiendes? —Sus probabilidades habían aumentado, todavía pensando en el momento que había mencionado las condicionantes del favor. Mi mirada permaneció unos segundos sobre el dado antes de elevarse nuevamente hacia él. Su código. Los códigos… siempre habían sido un tropiezo para muchos.
He visto hombres romperse por ellos. He visto otros usarlos como excusa para justificar cobardías. Y también he visto a unos pocos, muy pocos, sostenerlos como si fueran la única tabla a la que aferrarse en medio del naufragio. No podía entender del todo esas limitantes. No en carne propia. Mi brújula no funcionaba con líneas tan rígidas. Las reglas, para mí, eran herramientas. Pero no las cuestionaría. No era mi lugar.
Al asegurarnos del resultado, me incliné hacia adelante sin decir palabra. Tomé el dado entre mis dedos, sintiendo el peso diminuto y traicionero del cubo como si de pronto hubiera adquirido intención propia. Lo moví dentro de mi mano cerrada, escuchando el golpeteo seco contra mis nudillos. Una vez. Dos. Tres. Como si al agitarlo pudiera negociar con la Fortuna, convencerla de que reconsiderara su capricho.
Exhalé por la nariz y lo lancé. El dado giró con un rebote limpio sobre la manta, rodó describiendo un pequeño arco imperfecto… y se detuvo demasiado pronto.
Un uno.
El silencio que siguió fue casi insultante. Mi mirada quedó fija en la cifra como si, al sostenerla el tiempo suficiente, pudiera transformarse en otra cosa. Pero no. Allí estaba. Solitario. Redondo. Innegable. Un uno. Una risa baja, breve e incluso divertida. —Vaya… Parece que hoy la dama tiene un sentido del humor particularmente cruel ¿me entiendes? — Alcé la vista lentamente hacia Kazan. No había rabia en mi expresión, tampoco vergüenza abierta. Solo una incredulidad contenida. No por perder… sino por la forma. Un cinco frente a un uno no era una derrota cerrada. Era una declaración del azar.
Me recosté ligeramente hacia atrás, apoyando el peso en las manos mientras volvía a mirar el dado por última vez. —Supongo que ya sabemos a quien pretende humillar la fortuna. — Sacudí apenas la cabeza, dejando escapar el aire con calma. Luego regresé la mirada a la suya, firme ahora. —Un trato es un trato. Has ganado, Kazan. Así que déjame iniciar… El verdadero motivo de mis viajes es muy simple: Negocios. Un mercader no solo comercia bienes tangibles, mi estimado Kazan ¿me entiendes? —

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