13-02-2026, 09:53 PM
Justo antes de ingresar, frena los pasos. Sus ojos se mantienen al frente, no intercambiando miradas con el portero no por temor ni duda, sino por indiferencia. Aunque sea él quien tiene el poder de decisión sobre quién entra y quién no, es Kiyoshi el encargado de demostrar clase y superioridad. Aún sin verlo directamente, se percata del gesto que hace. Algo sucederá, o más bien, alguien se acerca. Se le extiende un pequeño presente el cual no es gratis, como nada lo es en este tipo de lugares.
Rápidamente se presenta la primera encrucijada. Para empezar, una persona adinerada y de poder debería ser capaz de competir aquí con su propio dinero. Lamentablemente, desde su comienzo como pirata hasta la actualidad, Kiyoshi y berries han sido colocados como antónimos en el diccionario mundial. Además, dudar y pensar también mostrará una imagen decadente, por lo que en un acto casi de reflejo, acepta la chequera y se la tiende a su compañero, encargándole el llevarla. — Asegúrate de limpiarla, no sabemos qué tan limpias traía sus manos ese tonto muchacho.
Ahora viene la parte más importante y una que puede marcar un antes y un después en la velada. Una de las precauciones que debieron tomar es la de ocultar la identidad del famoso espadachín que tienen en la tripulación, pero de un momento a otro, todo se desarma.
Sin duda, sin titubear, sus dedos escriben con una letra perfecta —rarísimo para tratarse de un médico— el nombre de su acompañante. Eso sí, se asegura de cerrar el cuaderno antes de devolverlo. Ya con todo listo, y con poderío económico suficiente para hacer lo que quiera dentro del casino, procede a entrar. Para cualquier persona, la música, los refinados clientes, las bebidas, los juegos, ese tipo de cosas debería ser lo que llame la atención. Mas Kiyoshi no es como el resto, es un distinto. Lo que disfruta de este nuevo escenario en que se plasman sus movimientos es el cambio en la temperatura. Odia el frío, se sentía horrible fuera, pero ahora está mucho más cómodo. De hecho, un suspiro de relajación escapa de sus labios. — Supongo que ya puedo relajarme. Estamos dentro. — La verdad es que ni se preocupa del hecho de haber revelado la identidad de Uker. Es un tipo sincero, jamás hubiese puesto un nombre falso.
Los primeros metros del interior se recorren con paso tranquilo, pero cabeza en alto, mirada al frente, postura recta, y sin mostrar una mísera sonrisa. Sus ojos se mueven lentos, pero constantes. Un hombre con una memoria privilegiada como él, siempre observa, siempre está atento hasta de los menores detalles. Una vez el escenario ya se encuentra dentro de su cabeza, cualquier cambio podría ser más fácil de percibir para él.
Tras haberse aprendido varias de las rutas a seguir, opta por quedarse más cerca del centro del salón. El motivo es simple: debe haber más concentración de jugadores. Si bien odia socializar con muchos, puede ser crucial en un principio hacerse notar, así nadie dudará, o eso espera, de que fue correcto dejarlo entrar. Afortunadamente está acompañado de alguien en que confía, por lo que puede controlar sus nervios siempre y cuando ninguno de los dos se aparte demasiado del otro.
El juego escogido es la ruleta, situándose a la izquierda de la misma, a solo medio metro. Alejarse mucho de todos podía desprender vibras de temor o desconfianza, sentimientos que no puede permitirse esta noche. — Esto está sucio, tontos. Limpia la ruleta. — Ordena a Uker. Luego, realiza un ademán con la mano derecha a Uker para que se acerque y utilice la chequera que le entregó. — Cinco mil. — Kiyoshi será quien dé las órdenes, Uker el que haga todo lo demás. — Al negro. — Asevera con voz fría, cruda, como si estuviese seguro de ganar, o como si tuviese tanto dinero que no le importa perder.
— Que sea rápido. El tiempo es oro, y desconozco qué tanto han limpiado este lugar. Percibo muestras de polvo bastante molestas.
Rápidamente se presenta la primera encrucijada. Para empezar, una persona adinerada y de poder debería ser capaz de competir aquí con su propio dinero. Lamentablemente, desde su comienzo como pirata hasta la actualidad, Kiyoshi y berries han sido colocados como antónimos en el diccionario mundial. Además, dudar y pensar también mostrará una imagen decadente, por lo que en un acto casi de reflejo, acepta la chequera y se la tiende a su compañero, encargándole el llevarla. — Asegúrate de limpiarla, no sabemos qué tan limpias traía sus manos ese tonto muchacho.
Ahora viene la parte más importante y una que puede marcar un antes y un después en la velada. Una de las precauciones que debieron tomar es la de ocultar la identidad del famoso espadachín que tienen en la tripulación, pero de un momento a otro, todo se desarma.
“Rackham Uker”.
Sin duda, sin titubear, sus dedos escriben con una letra perfecta —rarísimo para tratarse de un médico— el nombre de su acompañante. Eso sí, se asegura de cerrar el cuaderno antes de devolverlo. Ya con todo listo, y con poderío económico suficiente para hacer lo que quiera dentro del casino, procede a entrar. Para cualquier persona, la música, los refinados clientes, las bebidas, los juegos, ese tipo de cosas debería ser lo que llame la atención. Mas Kiyoshi no es como el resto, es un distinto. Lo que disfruta de este nuevo escenario en que se plasman sus movimientos es el cambio en la temperatura. Odia el frío, se sentía horrible fuera, pero ahora está mucho más cómodo. De hecho, un suspiro de relajación escapa de sus labios. — Supongo que ya puedo relajarme. Estamos dentro. — La verdad es que ni se preocupa del hecho de haber revelado la identidad de Uker. Es un tipo sincero, jamás hubiese puesto un nombre falso.
Los primeros metros del interior se recorren con paso tranquilo, pero cabeza en alto, mirada al frente, postura recta, y sin mostrar una mísera sonrisa. Sus ojos se mueven lentos, pero constantes. Un hombre con una memoria privilegiada como él, siempre observa, siempre está atento hasta de los menores detalles. Una vez el escenario ya se encuentra dentro de su cabeza, cualquier cambio podría ser más fácil de percibir para él.
Tras haberse aprendido varias de las rutas a seguir, opta por quedarse más cerca del centro del salón. El motivo es simple: debe haber más concentración de jugadores. Si bien odia socializar con muchos, puede ser crucial en un principio hacerse notar, así nadie dudará, o eso espera, de que fue correcto dejarlo entrar. Afortunadamente está acompañado de alguien en que confía, por lo que puede controlar sus nervios siempre y cuando ninguno de los dos se aparte demasiado del otro.
El juego escogido es la ruleta, situándose a la izquierda de la misma, a solo medio metro. Alejarse mucho de todos podía desprender vibras de temor o desconfianza, sentimientos que no puede permitirse esta noche. — Esto está sucio, tontos. Limpia la ruleta. — Ordena a Uker. Luego, realiza un ademán con la mano derecha a Uker para que se acerque y utilice la chequera que le entregó. — Cinco mil. — Kiyoshi será quien dé las órdenes, Uker el que haga todo lo demás. — Al negro. — Asevera con voz fría, cruda, como si estuviese seguro de ganar, o como si tuviese tanto dinero que no le importa perder.
— Que sea rápido. El tiempo es oro, y desconozco qué tanto han limpiado este lugar. Percibo muestras de polvo bastante molestas.
OFF ROL
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