(Hace 1 año)
Como cada mañana Gideon se había despertado a las 7 de la mañana para poder atender a los animales del refugio. Había desayunado algo rápido, se había fumado el primer cigarrillo del día y había salido de casa hacia el recinto.
Recogió todos los cuencos en las que colocaba la comida par los animales y los limpió en la pila que más cerca le quedaba. Un par de perros le perseguían mientras hacía su trabajo. Sus padres le habían hecho hincapié en que no les cogiera cariño a ninguno de los animales que allí convivían y mucho menos darles nombre. Ya era tarde. A los pocos días de la llegada de cada animal Gideon les tenía asignado un nombre y su hermana pequeña, Gwen, ya se había encariñado totalmente. Ese era el problema de ser tan empáticos, pero sin duda lo peor venía cuando los animales decidían marcharse. Su hermana lloraba desconsoladamente y a Gideon le tocaba hacer de tripas corazón.
Una vez rellenó los comederos y barrió un poco el establo, se sentó a ver el amanecer en el patio. Los perros, a los Gwen había llamado Cici y Jojo se sentaron junto a él y Cici apoyó la cabeza sobre su muslo. Gideon le acariciaba mientras veía como el sol subía poco a poco y escuchaba al resto de animales moverse tras él. Poco a poco todo cobraba vida. Le encantaba poder disfrutar de esos momentos en el que el mundo parecía quieto aun cuando todo seguía en movimiento.
Sintió acción en su pecho, Omi se había despertado. Omi era el hurón que había llegado hacía unos 4 meses al refugio, desde el primer día se había pegado a Gideon como una lapa. Así que, después de un par de semanas de discusiones con sus padres, lo había adoptado. Omi vivía con él y casi siempre lo llevaba en su chaqueta, su madre le había cosido en su abrigo un bolsillo lo suficientemente grande como para que pudiera estar cómodo.
— Vaya, vaya, hoy estabas dormilón, eh. — saludó a la pequeña cabeza que sobresalía de su abrigo. Lo acarició un poco y el hurón husmeó el exterior para después volver a acomodarse en su bolsillo.
Su hermana no tardaría en despertarse, así que decidió volver a casa. Le prepararía el desayuno, ya que sus padres se habían marchado a la ciudad para hacer unos recados. Hoy estarían ellos dos solos casi todo el día.
En cuanto llegó a la casa Gwen le recibió con un abrazo.
— ¿Has sacado ya a Cici y a Jojo a pasear? —preguntó con toda la energía que no tenía Gideon.
— Buenos días, a ti también —le dio una palmadita en la cabeza y fue hacia la cocina para prepararle un sandwich—. No, te estaba esperando como siempre.
Su hermana rió y se sentó en la pequeña mesa de la cocina. Gideon no tardó demasiado en prepararle la comida y esperó apoyado en la ventana a que Gwen se lo comiera, mientras se fumaba otro cigarrillo.
— Hoy te toca cepillar a los dos caballos, darle un baño al zorro y mirar si alguno necesita algo en especial. Cuando termines le damos el paseo a Cici y Jojo — Gideon parpadeó de manera excesiva en ese momento. Llevaba ya un par de meses con ese problema. Su madre estaba empeñada en que era culpa de los den den mushis. Todo era culpa suya.
— Vale, a sus órdenes mi capitán —rió Gwen.
Gwen acababa de terminar con las tareas que le había dado esa misma mañana y habían hecho un descanso para comer, después sacarían a los perros a pasear.
Gideon no era el mejor cocinero, pero cualquiera sabía recalentar la comida que le habían dejado sus padres. Así que eso hizo y ambos comieron en silencio hasta que escucharon aullidos y gemidos que provenían del refugio. A Gwen se le abrieron los ojos como platos y soltó inmediatamente la cuchara con la que había estado comiendo. Gideon se levantó rápidamente de la silla y miró por la ventana, no era capaz de ver demasiado, pues varios árboles no le dejaban demasiado visión. Lo que sí vio fue una tela ondeando en el aire. Alguien había colocado una bandera, anunciando su llegada. No era un alguien cualquiera, eran piratas. Gideon se giró y encontró a su hermana pequeña justo detrás. Omi se había asomado a través de su abrigo y gimoteaba al escuchar los ruidos.
— Gwen no te despegues de mi.
Su hermana le agarró de la manga y siguió sus pasos. Gideon aprovechó para quitar de encima de la mesa sus platos, no dejar rastro. Sus padres le habían dado indicaciones por si algo así ocurría, no era la primera vez. Lo dejó como pudo y corrió hasta el salón. Pateó con el suelo, junto al sofá, y este cedió. Su padre había construido una especie de habitación del pánico en la que poder refugiarse en caso de cualquier tipo de peligro. Ser Skypean no era tarea fácil.
Abrió rápidamente la habitación e hizo bajar a Gwen junto a Omi, unos segundos después ya estaba en la pequeña escalera intentando cerrar con todas sus fuerzas la compuerta. “Estaremos seguros” no dejaba de repetírselo, una y otra y otra vez. Abrazó con fuerza a su hermana, la cual acariciaba entre lágrimas a Omi. Ambos sabían lo que les esperaba en los establos. Destrucción, crueldad, injusticia…
Escucharon cómo los piratas entraban en su casa y revolvían absolutamente todo. Gideon sintió cómo su hermana temblaba y las lágrimas comenzaron a caer sin reparo por su rostro. Nunca había sentido tanta impotencia, pero no podía hacer absolutamente nada contra una banda de piratas entera. Lloró y lloró, agarrando a su hermana con fuerza, hasta que sus padres volvieron a casa esa noche. Gideon juró y perjuró que perseguiría a los piratas y haría su sueño realidad a costa de cobrarse sus recompensas.
Sin embargo, los siguientes meses no serían más que un bucle de tristeza y desesperación que le hacía soñar con las imágenes que unas horas más tarde vería en aquel establo que tantos buenos recuerdos le había otorgado.
