15-02-2026, 09:53 PM
Isla de Baterilla - Pueblo Baquella
Día 2 de Verano - Año 17
Día 2 de Verano - Año 17
El archipiélago de Baterilla siempre ha tenido dos caras: la postal idílica de arenas blancas que atrae a los navegantes y la asfixiante espesura de su vegetación interior, donde el aire se vuelve sólido y el olor a madera húmeda lo impregna todo. Hoy, esa dualidad se ha quebrado de forma abrupta. En el camino de servidumbre que conecta los muelles principales con el aserradero de la zona norte, el silencio habitual de la selva ha sido sustituido por el zumbido de las moscas y el crujido de la madera astillada.
Un de los convoyes de camino a los aserraderos no ha llegado a su destino. Tres carros de transporte pesado, diseñados para soportar toneladas de materia prima, yacen volcados en mitad de la ruta. Las marcas de las ruedas en el barro seco sugieren una frenada de emergencia, seguida de un impacto lateral seco. No hay rastro de disparos de cañón ni de explosiones; quienquiera que haya asaltado el cargamento, lo hizo con la precisión quirúrgica de quien conoce el terreno y no desea llamar la atención más de lo estrictamente necesario. Las cuerdas de cáñamo que aseguraban los troncos y los suministros han sido cortadas con filos excepcionalmente limpios, y los tablones que debían servir para las defensas de la infraestructura local han desaparecido, dejando tras de sí solo el rastro de arrastre que se pierde entre los helechos gigantes que custodian la entrada a la jungla profunda.
La importancia de este cargamento no reside únicamente en su valor monetario. Para la administración local, el aserradero es el corazón de la logística en este sector de Baterilla. Perder un envío completo de tal magnitud no es solo un golpe a las arcas, es un desafío directo a la autoridad de la Marina en la isla. Si el cargamento no aparece antes de que la humedad empiece a pudrir la madera o de que los asaltantes logren sacarlo por alguna cala clandestina, el mensaje será claro: la Ley no llega más allá de la línea de costa.
A varios kilómetros de distancia, en la base de la Marina, el calor del mediodía se filtra a través de las persianas metálicas del barracón de la División 75. El ambiente es denso. El sonido de las botas contra el suelo de hormigón y el tintineo de los correajes de cuero forman el hilo musical de una unidad que sabe que el descanso ha terminado. En una de las paredes, un mapa topográfico de la isla está lleno de anotaciones tácticas y chinchetas que marcan los puestos de vigilancia, pero hoy, el punto de interés es una mancha roja que señala la ruta hacia el aserradero.
En el centro de la estancia, el Den Den Mushi de comunicaciones emite un carraspeo metálico. El caracol, que lleva grabado el número de la división en su caparazón, parece cansado por las horas de transmisión constante. Finalmente, la voz del Sargento de la base, una voz curtida por décadas de servicio y disciplina férrea, resuena a través de los altavoces con una autoridad que no admite réplica.
—Atención, División 75. Dejen lo que estén haciendo y escuchen con atención. —El tono del sargento es seco, despojado de cualquier floritura—. Hace menos de una hora se ha confirmado el asalto total al convoy del aserradero. El informe inicial habla de un ataque coordinado. No ha habido supervivientes entre los escoltas civiles para dar un testimonio directo, pero la escena habla por sí sola: se han llevado hasta el último clavo del cargamento. No buscaban dinero de los bolsillos de los conductores; buscaban el suministro.
El oficial hace una pausa, permitiendo que la gravedad de la situación se asiente entre los presentes.
—El cargamento es vital para las reparaciones de la flota y la infraestructura de defensa. Baterilla no puede permitirse mostrar debilidad. Su misión es inmediata: desplácense al punto del asalto, aseguren el perímetro y rastreen la mercancía. No me importa si tienen que dar la vuelta a cada piedra de esa jungla o interrogar a cada estibador del puerto. Encuentren el cargamento y traigan de vuelta a los responsables, preferiblemente encadenados.
La transmisión termina con un clic seco, dejando el barracón en un silencio que solo dura unos segundos. La orden está dada. La jurisdicción de la Marina ha sido violada en su propio patio trasero y la respuesta debe ser proporcional a la afrenta.
Para los integrantes de la unidad, el reto no es solo el combate, sino el entorno. La jungla de Baterilla es un laberinto verde donde el rastreo se vuelve una pesadilla bajo el sol abrasador. Sin embargo, no hay espacio para la duda. Kael Omuyaga, Nyra Kuroshiro y Choi Hae-won tienen ahora la responsabilidad de restaurar el orden. Los uniformes, aún impecables, pronto se llenarán del polvo y la resina de la isla, pero es el precio a pagar por mantener la justicia en estas aguas.
El camino hacia el aserradero es ahora una herida abierta en el mapa de la isla. Mientras recogen su equipo y se preparan para la partida, los marines saben que el tiempo es su peor enemigo. Cada minuto que pasan en el barracón es un minuto que los saqueadores aprovechan para internarse más en la espesura o para dividir el botín. El orgullo de la División 75 está en juego, y en un mundo donde el equilibrio de poder es tan frágil como una rama seca, un fracaso en una misión de recuperación de este calibre no es una opción.
La caja de Pandora
