El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto]
#23
El aire en el campamento de la División 86 se volvió súbitamente pesado, cargado con una vibración que no procedía del viento. Kibai, agachado sobre los restos de una mochila mientras seguía charlando con Stroud, congeló su movimiento. Su nariz se arrugó con un espasmo violento; por encima del hedor a carne podrida de los suministros abandonados, detectó algo mucho más primitivo y letal. Era un aroma a almizcle rancio, a saliva ácida y al aliento fétido de depredadores que no conocían el cepillo de dientes, solo el desgarro de la fibra muscular.

Por el rabillo del ojo, captó un parpadeo de color rojo oscuro deslizándose entre los troncos de los helechos gigantes. Eran sombras que no encajaban con el movimiento errático de las hojas. Con una parsimonia gélida, Kibai se puso en pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Su mirada amarilla se clavó en la espesura del sur, donde cinco de aquellas siluetas empezaban a cercar su posición con una coordinación que recordaba a un pelotón de fusilamiento.

—Comandante —dijo Kibai, su voz era un ronroneo bajo, desprovisto de miedo pero saturado de una anticipación salvaje—. Parece que la División 86 no es lo único que vamos a encontrar hoy. Tenemos invitados. Y vienen con hambre.

Sin esperar una orden directa, el Mink dio un paso al frente. Sus garras se movieron con una eficiencia mecánica, soltando los broches de la capa de la Marina que descansaba sobre sus hombros. La prenda cayó al suelo con un susurro, revelando la musculatura tensa y fibrosa que se escondía debajo. En un mismo movimiento fluido, su mano derecha se cerró sobre la empuñadura de Raimei. El metal de la hoja brilló con un destello azulado bajo la luz filtrada de la jungla, mientras pequeñas chispas de Electro empezaban a bailar por su pelaje erizado.

—Al menos —añadió con una sonrisa llena de colmillos que no auguraba nada bueno— esta noche no tendremos que masticar las provisiones que hemos traído. Cenaremos carne fresca.

Cuando estuvo enfrente de sus rivales, Kibai se agazapó rugiendo con fuerza hacia los saurios, saboreando con satisfacción el momento, antes de lanzarse hacia delante en una nobe de chispas azuladas.

Los cinco saurios, criaturas de tres metros y medio, de puro músculo y escamas de color rojo sangre con vetas blancas y granates y crestas de hueso descubierto, respondieron al unísono a su rugido. El primero de la formación, un gran ejemplar con una cresta más prominente, vio en el pequeño Mink una presa fácil y se lanzó con las fauces abiertas de par en par. La velocidad del ataque fue tal que el aire silbó entre sus dientes, pero Kibai ya no estaba allí. Usando el impulso de su propia carga, el Mink se elevó en un salto acrobático, pasando por encima de la cabeza del reptil como una exhalación eléctrica. En el aire, Raimei descendió con la fuerza de un rayo. La hoja atravesó el cráneo del dinosaurio de parte a parte, entrando por la coronilla y asomando por la mandíbula inferior en un estallido de sangre y hueso.

Sin dejar que el cuerpo del primero tocara el suelo, Kibai aterrizó sobre el lomo del segundo. El saurio rugió, tratando de sacudirse al intruso, pero el Mink corrió por su espinazo con la ligereza de un gato. Al llegar a la base del cráneo, giró sobre su propio eje y segó la columna vertebral a la altura de la nuca con un tajo preciso. El animal se desplomó como una marioneta a la que le cortan los hilos, sus patas traseras aún espasmódicas mientras Kibai ya se proyectaba hacia el tercer objetivo.

Este tercer dinosaurio fue más cauteloso, lanzando una dentellada lateral para interceptar el vuelo del Mink. Kibai desvió la cabeza del monstruo con un puntapié reforzado con Electro en el hocico, pero esta vez no usó su espada para el golpe final. Con un movimiento de prestidigitador, liberó un enjambre de sus avispas venenosas directamente en la boca abierta del lagarto. Los insectos, zumbando con una furia sorda, se internaron en la garganta del animal, inyectando su veneno entumecedor en los tejidos blandos. El dinosaurio comenzó a tambalearse, soltando sonidos ahogados mientras su sistema nervioso empezaba a colapsar bajo el martirio químico de las avispas.

Kibai no se detuvo a observar la agonía. El cuarto y el quinto saurio habían aprendido la lección y cargaron juntos, intentando flanquearlo. Sin embargo, el Mink entendía el entorno mejor que ellos. Corrió hacia un par de árboles centenarios, rebotando contra los troncos con una agilidad que desafiaba la gravedad. Usó las cortezas como trampolines, trazando un patrón en zigzag que confundió los sentidos de los depredadores. En un abrir y cerrar de ojos, Kibai se deslizó por debajo de sus vientres, sus cuchillos cortando los talones de Aquiles de ambos animales en un solo paso rasante.

Los dos gigantes cayeron de bruces, sus patas inútiles golpeando la tierra removida del campamento. Antes de que pudieran intentar levantarse usando sus extremidades delanteras, Kibai saltó sobre sus cabezas, acabando con ellos con dos estocadas rápidas en la base del cerebelo. El silencio regresó al claro, solo roto por el zumbido de las avispas y el estertor del tercer dinosaurio, que yacía en el suelo con los músculos paralizados.

Kibai se acercó al superviviente con la calma del carnicero que evalúa su trabajo. Con un silbido corto y agudo, ordenó a sus avispas salir del interior del animal. Los insectos emergieron de las fauces del reptil, volviendo a los compartimentos del equipo del Mink. El dinosaurio, con los ojos desorbitados por el terror y el dolor, vio cómo la punta de Raimei se situaba sobre su pupila.

—Ha sido un buen combate. —sentenció Kibai.

Con un movimiento seco, atravesó el ojo del saurio, hundiendo la hoja hasta la empuñadura. El cuerpo tuvo un último espasmo violento antes de quedar completamente inerte. Kibai fue a extraer el arma pero una súbita oleada de cansancio lo invadió. Su corazón latía demasiado rápido para lo breve del encuentro, y una de sus sienes enviaba moelstos pulsos a través de su cráneo. Extañado, reparó en algo que le hizo perder el color del rostro: en la zona del interior del bíceps, una raja  en la tela blanca, seguramente producto de alguna de las garras de los dinosaurios dejaba ver el pelaje que había debajo. Lo que hizo arpetar la mandíbula a Kibai fue el tono violáceo de unas manchas que se advertían entre el amarillo y el negro habtiual. Con cuidado de que no se le notase la gravedad de su expresión, el mink extrajo el arma de un tirón brusco, limpió la sangre de la hoja en el pelaje de su antebrazo y recogió su capa del suelo con un movimiento fluido, volviéndosela a abrochar asegurándose de cubrir bien su brazo.

Se giró hacia Stroud y el resto de la División 60, con el pelaje todavía chispeando suavemente y una expresión de satisfacción que solo un mink que acaba de masacrar a cinco monstruos podría mantener. Sus compañeros también habían procurado dar cuenta del resto de lagartos gigantes, cuyos cadáveres rodeaban ahora el campamento.

— Comandante, el perímetro sur está despejado. —dijo, señalando los cinco cadáveres rojos con la punta de su bota.— Espero que nadie vaya a ponerse quisquilloso si la cena de hoy sabe bastante salvaje, porque yo no pienso desperdiciar esta carne.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1495 + 0 = 1495
Energia: 1256 - 265 = 991
Espiritu: 321 + 0 = 321


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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - por Kibai - 16-02-2026, 09:40 PM

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