Una Vikinga amable [Presente relativo]
#5
Sigrid parpadeó dos veces cuando la voz de Akira cayó desde el cielo como un relámpago con hambre de brocheta, y por un instante la gigantesca soldado raso llevó la mano a la frente como si buscara confirmar que no estaba teniendo una visión producto del calor, porque claro que no lo había visto durante todo el día, pero no esperaba verlo aterrizar como una gaviota descarada y abrazar a los dos discutidores como si fueran amigos de infancia, así que la vikinga soltó una carcajada profunda que resonó en el callejón, grave y cálida, como tambor de guerra pero sin amenaza, solo diversión sincera, mientras cruzaba los brazos bajo el pecho y negaba con la cabeza con esa expresión entre paciente y divertida que solo alguien acostumbrado a lidiar con reclutas nerviosos y aldeanos testarudos podía tener.

—Akira, si ibas a caer del cielo al menos trae cerveza de verdad, no promesas para estos señores —respondió con tono burlón, pero enseguida su mirada se volvió más firme, médica y marine al mismo tiempo, observando a los dos hombres como quien revisa una herida antes de coserla —Nadie aquí se va a ningún lado hasta que me expliquen qué pasa, sin gritos, sin empujones y sin romperse los huesos, que luego soy yo quien tiene que entablillar muñecas y limpiar narices sangrantes, ¿sí? Despues se pueden ir a beber con mi compañero —alzó un dedo enorme como advertencia suave, inclinándose un poco para quedar a la altura de los tres, su sombra cubriéndolos como techo de tormenta, pero sus ojos claros brillando con calma sincera — Chicos, yo no vine a este pueblo a llenar celdas por discusiones tontas, vine a proteger y a curar, así que respiren hondo, díganme qué pasó y si después siguen enfadados, les invito un pan con queso en el mercado y hablamos como gente civilizada, ¿trato? —

La vikinga soltó el aire despacio, recordando las palabras que siempre repetía cuando alguien alzaba la voz, porque sabía que la fuerza no era solo músculo ni tamaño, sino paciencia, y porque aunque su alabarda descansara lejos, su uniforme bastaba para recordar que estaba allí como Marine incluso en día tranquilo, y aun así no podía evitar sonreír de lado al mirar a Akira, sacudiendo la cabeza como quien regaña a un hermano menor. —Y tú, deja de asustar a la gente cayendo del techo, que un día me vas a provocar un infarto a un abuelo y me tocará reanimarlo con las manos llenas de migas de tu brocheta —añadió con risa baja, antes de volver a los hombres con tono más suave —Vamos, chicos, hablen, que una discusión se cura más fácil que una fractura, y créanme, yo prefiero mil veces escuchar historias tontas que limpiar sangre en mis días libres. —

Uno de los hombres, moreno y con el delantal aún manchado de harina, se rascó la nuca con torpeza mientras evitaba mirar a la vikinga directamente, como si su tamaño le obligara a pensar mejor las palabras antes de soltarlas, y al final soltó un suspiro largo que olía a cansancio más que a rabia. —Es por unas cajas de naranjas, Marine… yo soy de la frutería de la esquina, y esta mañana dejé tres cajas marcadas con mi sello para llevarlas al mercado grande, pero cuando volví del puerto faltaba una, y la encontré en su puesto —dijo señalando al otro, con un gesto medio indignado medio avergonzado —No digo que la robara, pero estaba ahí, y yo tengo deudas con el proveedor, si me falta mercancía me cobran igual y ya debo dos semanas de alquiler, no puedo perder más. Yo le pedí que me la devolviera, él dice que la compró a un chico que pasó vendiendo barato, pero la caja tiene mi marca, ¿cómo no voy a sospechar? Solo quería que lo entendiera, que no es por orgullo, es porque si pierdo esas frutas, pierdo el puesto y mi hija come de ese puesto, señora Marine.—

El otro hombre, más joven y con la muñeca vendada de manera descuidada, apretó los labios como si se tragara la vergüenza antes de hablar, mirando un segundo la venda torcida que Sigrid seguramente corregiría en cuanto pudiera, y luego levantó la voz no con furia sino con frustración cansada. —¡Porque yo no soy ladrón! —soltó, pero enseguida bajó el tono, consciente de la mirada tranquila de la vikinga —Yo tengo un carrito de jugos, y un chico del puerto me vendió la caja barata, barata de verdad, y pensé que era porque estaban algo golpeadas. No vi ninguna marca, o si la vi no la entendí, yo no sé leer bien esos sellos, cuando este señor vino gritándome delante de los clientes, me sentí humillado, como si ya me hubiera condenado sin escucharme. Yo trabajo desde antes del amanecer, tengo a mi madre enferma en casa, y si la gente cree que robo, nadie me compra jugo, nadie. Solo quería que me dejara explicar, pero él me agarró del cuello del carrito, yo empujé su mano, y ya empezamos a gritarnos como idiotas. No quiero problemas, Marine solo quiero vender en paz y que mi madre tenga medicina esta semana.—

Sigrid no pudo evitar girar el rostro hacia su compañero, buscando en los ojos de Akira ese brillo travieso que siempre escondía una mente rápida, porque para la vikinga la fuerza servía para detener golpes, pero las soluciones reales nacían de pensar con calma. Era evidente que había algo torcido en la historia, un hueco entre las palabras de ambos hombres donde se escondía la verdad, y la gigante sintió ese cosquilleo familiar de cuando un diagnóstico empezaba a aclararse en su cabeza: ninguno de ellos era realmente culpable, sino víctimas de un tercero que había tomado lo ajeno y lo había vendido al otro sin remordimiento. Se cruzó de brazos con suavidad, la alabarda descansando contra la pared como un gigante dormido, y habló con esa sinceridad que siempre la acompañaba, incluso cuando vestía uniforme. —¿Qué crees que debamos hacer, Akira? —preguntó con naturalidad, aunque sabía perfectamente que él no estaba en servicio ese día, aun así, conocía su corazón y sabía que no se quedaría mirando como espectador cuando podía ayudar a arreglar algo roto.
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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RE: Una Vikinga amable [Presente relativo] - por Sigrid Birkisson - 17-02-2026, 02:16 AM

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