08-11-2023, 02:44 PM
Mientras Ikirami daba los últimos bocados a su desayuno picante, cuyos sabores intensos aún danzaban en su paladar, notó cómo una figura cautivadora se acercaba a la mujer del sombrero de ala ancha que había captado su interés anteriormente. La persona que se aproximaba era de una belleza casi intimidante, portando un vestido negro que a Ikirami le pareció fascinante. El vestido no solo era de un corte exquisito, sino que también revelaba cicatrices imponentes que serpenteaban por su cuerpo como ríos que narraban historias de dolor y supervivencia. "Eso tuvo que doler", pensó Ikirami con una mezcla de asombro y una curiosidad morbosa, mordiéndose el labio mientras su mente hilaba teorías sobre las batallas que habrían dejado tales marcas.
Observó detenidamente al resto de la gente que bullía en el establecimiento, pero ninguno poseía la magnetismo que destilaban esos dos. Eran personas de aspecto corriente, sus vidas y presencias parecían tan predecibles como el ciclo del sol. Carentes de misterio o intriga, apenas eran sombras difusas en el fondo de su conciencia.
Ikirami sabía que tenía obligaciones pendientes en el puerto y, con el último trozo de desayuno consumido, se preparó para levantarse. Pero justo en ese instante, un tercer personaje irrumpió en la escena, uniendo su presencia a la de la misteriosa pareja que había capturado su atención. Era un hombre de estatura prominente, con músculos definidos que tensionaban la tela de su vestimenta negra y una capa que ondeaba tras él como la estela de un cometa nocturno. Su cabello negro y rebelde le confería un aire indomable, y su postura irradiaba la seguridad de quien ha enfrentado incontables desafíos. Ikirami, sorprendida y un poco azorada por el atractivo de aquel guerrero, desvió rápidamente la mirada, volviendo a sentarse en un intento de disimulo, y colocó su libreta abierta frente a ella, fingiendo escribir en ella mientras su mente se debatía entre la curiosidad y la cautela.
"Una mujer de ojos peligrosos que desayuna como si saboreara sangre, una criatura de hermosura andrógina con cicatrices que cuentan epopeyas de dolor y misterio, y un guerrero cuya mera presencia desata una tormenta ardiente en mis sentidos... Debo descubrir sus historias", se dijo internamente, sintiendo cómo la escritora y la observadora en ella se entrelazaban, ávidas de desentrañar los enigmas de aquel trío.
Aunque su deber la llamaba hacia el puerto, donde debía inspeccionar unos barcos sospechosos de albergar mercancías ilícitas, la oscuridad que había germinado en su interior durante sus días de cautiverio la mantenía anclada al asiento. "Solo un momento más", se convenció a sí misma, permitiéndose satisfacerse en la observación. El deber podía esperar; las historias que se desenvolvían ante ella, no. Con los ojos disimuladamente clavados en el grupo, se prometió que solo dedicaría unos minutos más a este ejercicio de observación antes de atender sus responsabilidades. Después de todo, la intriga era un antojo difícil de ignorar para alguien con su pasado y sus inclinaciones.
Observó detenidamente al resto de la gente que bullía en el establecimiento, pero ninguno poseía la magnetismo que destilaban esos dos. Eran personas de aspecto corriente, sus vidas y presencias parecían tan predecibles como el ciclo del sol. Carentes de misterio o intriga, apenas eran sombras difusas en el fondo de su conciencia.
Ikirami sabía que tenía obligaciones pendientes en el puerto y, con el último trozo de desayuno consumido, se preparó para levantarse. Pero justo en ese instante, un tercer personaje irrumpió en la escena, uniendo su presencia a la de la misteriosa pareja que había capturado su atención. Era un hombre de estatura prominente, con músculos definidos que tensionaban la tela de su vestimenta negra y una capa que ondeaba tras él como la estela de un cometa nocturno. Su cabello negro y rebelde le confería un aire indomable, y su postura irradiaba la seguridad de quien ha enfrentado incontables desafíos. Ikirami, sorprendida y un poco azorada por el atractivo de aquel guerrero, desvió rápidamente la mirada, volviendo a sentarse en un intento de disimulo, y colocó su libreta abierta frente a ella, fingiendo escribir en ella mientras su mente se debatía entre la curiosidad y la cautela.
"Una mujer de ojos peligrosos que desayuna como si saboreara sangre, una criatura de hermosura andrógina con cicatrices que cuentan epopeyas de dolor y misterio, y un guerrero cuya mera presencia desata una tormenta ardiente en mis sentidos... Debo descubrir sus historias", se dijo internamente, sintiendo cómo la escritora y la observadora en ella se entrelazaban, ávidas de desentrañar los enigmas de aquel trío.
Aunque su deber la llamaba hacia el puerto, donde debía inspeccionar unos barcos sospechosos de albergar mercancías ilícitas, la oscuridad que había germinado en su interior durante sus días de cautiverio la mantenía anclada al asiento. "Solo un momento más", se convenció a sí misma, permitiéndose satisfacerse en la observación. El deber podía esperar; las historias que se desenvolvían ante ella, no. Con los ojos disimuladamente clavados en el grupo, se prometió que solo dedicaría unos minutos más a este ejercicio de observación antes de atender sus responsabilidades. Después de todo, la intriga era un antojo difícil de ignorar para alguien con su pasado y sus inclinaciones.
